Si Corea del Sur exportó K Pop, el Estado de México puede exportar identidad
Ana Karina fernández
Por: Ana Karina Fernández
Cada vez que hablamos de cultura en México, la conversación suele comenzar en el mismo lugar: conservación, patrimonio, tradiciones y memoria. Todo eso importa, pero pocas veces hacemos la pregunta que cambió el destino económico de varios países: y cómo convertimos esa riqueza cultural en una industria sostenible que genere empleo, inversión y crecimiento sin perder autenticidad?
Mire usted querido lector, culto y conocedor, la respuesta no está en inventar algo nuevo. Está en observar qué hicieron quienes ya recorrieron ese camino.
Vera usted, de todos los modelos internacionales, quizá el más inspirador para el Estado de México no sea Francia, cuya historia cultural se consolidó durante siglos, sino Corea del Sur. No porque ambos territorios sean iguales, sino porque Corea entendió que su mayor activo no estaba bajo el suelo, sino en su identidad.
Hace apenas unas décadas, Corea del Sur no era reconocida mundialmente por su cultura. Hoy exporta música, cine, gastronomía, diseño, videojuegos, moda, cosmética y contenidos audiovisuales. El resultado no fue producto del azar. Fue consecuencia de una estrategia donde gobierno, empresas, universidades y sector creativo trabajaron bajo una misma visión.
Ese es precisamente el aprendizaje que puede adoptar el Estado de México, no copiar contenidos sino copiar el método.
Porque el Estado de México ya posee aquello que ningún presupuesto puede comprar: historia, patrimonio, identidad y diversidad cultural.
La verdadera tarea consiste en convertir esos activos en una cadena de valor.
Si quisiéramos construir un instructivo sencillo, el primer paso sería hacer un inventario inteligente de los activos culturales y turísticos del estado. No únicamente registrar cuántos existen, sino identificar cuáles tienen capacidad real para atraer visitantes, generar experiencias, detonar inversión y posicionar una marca territorial.
No todos los activos producen el mismo impacto económico. Por eso es indispensable priorizar.
El segundo paso sería agrupar esos activos bajo rutas temáticas. En lugar de promocionar destinos de manera aislada, podrían desarrollarse circuitos gastronómicos, artesanales, arqueológicos, textiles, religiosos, naturales o de turismo creativo que incentiven estancias más largas y un mayor gasto por visitante.
El tercer paso consiste en profesionalizar la experiencia.
Hoy el turista ya no busca únicamente observar. Busca participar. Quiere aprender un oficio artesanal, cocinar con productores locales, recorrer talleres, convivir con artistas, escuchar historias y vivir experiencias que no pueda replicar en otro lugar.
Ahí comienza el verdadero valor agregado.
El cuarto paso implica incorporar al empresariado como socio estratégico.
La cultura difícilmente podrá escalar si depende exclusivamente del presupuesto público. Necesita inversión privada, patrocinadores, operadores turísticos, desarrolladores tecnológicos, medios de comunicación, plataformas digitales, hoteles, restaurantes y emprendedores capaces de transformar el patrimonio en experiencias sostenibles.
No se trata de privatizar la cultura sino de multiplicar su capacidad de generar bienestar.
El quinto paso consiste en desarrollar una marca cultural del Estado de México.
Las marcas territoriales más exitosas del mundo no venden monumentos sino emociones, historias y estilos de vida.
Cuando alguien piensa en Japón, inmediatamente aparecen ciertos símbolos.
Cuando alguien piensa en Italia, sucede lo mismo.
Cuando alguien escucha Corea del Sur, aparecen referencias culturales muy concretas.
El Estado de México también necesita construir una narrativa clara sobre aquello que lo hace irrepetible.
Después viene un componente que suele olvidarse: la medición.
Toda política pública necesita indicadores porque no basta con contar asistentes a un festival, hay que medir ocupación hotelera, consumo local, nuevas empresas creativas, empleos generados, inversión atraída, incremento del gasto promedio del visitante, número de proyectos exportables, contribución de la economía cultural al producto interno bruto estatal.
Lo que no se mide difícilmente puede mejorarse… ni escalarse.
Otro elemento indispensable es garantizar continuidad.
Los grandes proyectos culturales del mundo sobrevivieron porque trascendieron gobiernos.
Las estrategias cambian de ritmo cuando cambian las administraciones, pero la visión debe permanecer.
Por eso resulta tan importante que la futura Ley de Cultura nazca con una perspectiva de largo plazo y con mecanismos que permitan consolidar políticas públicas permanentes.
También sería deseable fortalecer la vinculación con universidades, centros de investigación y escuelas creativas.
La innovación cultural requiere talento y el talento necesita oportunidades para quedarse, producir y emprender dentro del propio estado.
Finalmente, ningún modelo puede funcionar sin comunicación.
La riqueza cultural que no se cuenta termina siendo invisible.
Hoy las plataformas digitales permiten que un artesano llegue a compradores internacionales, que un festival sea conocido fuera del país o que una tradición local se convierta en un atractivo turístico global.
La comunicación dejó de ser un complemento para ser parte del producto.
Quizá la mayor lección que deja Corea del Sur es precisamente esa: entendieron que la cultura no era un gasto que debía protegerse, sino un activo que debía potenciarse.
El Estado de México parte de una ventaja enorme. No necesita construir identidad.
Ya la tiene.
Lo que necesita es construir un ecosistema que permita convertir esa identidad en desarrollo económico sostenible.
Y justamente por eso considero sumamente valiosa la iniciativa impulsada por la secretaria de Cultura y Turismo del Estado de México, Nelly Carrasco, así como por la subsecretaria de Cultura, Fátima Olivares.
Abrir una mesa de diálogo con el empresariado para reflexionar sobre la futura Ley de Cultura demuestra una disposición que pocas veces vemos en el diseño de políticas públicas: escuchar antes de decidir.
Cuando el gobierno incorpora la experiencia del sector privado, de los creadores, de los especialistas y de quienes todos los días generan inversión y empleo, las posibilidades de construir una legislación útil aumentan considerablemente.
Ojalá esta conversación sea el punto de partida de un modelo que coloque al Estado de México como el laboratorio nacional de la economía cultural.
Si logra demostrar que el patrimonio puede protegerse mientras genera prosperidad, que la cultura puede convertirse en una industria sin perder autenticidad y que gobierno, ciudadanía y empresas pueden construir juntos una visión compartida, otros estados inevitablemente observarán el resultado.
Las mejores políticas públicas siempre encuentran la manera de replicarse.
Quizá dentro de algunos años, cuando otros gobiernos busquen ejemplos exitosos para impulsar sus propias industrias culturales, ya no sea necesario mirar únicamente hacia Corea del Sur o Francia.
Tal vez el referente esté mucho más cerca.
Tal vez el caso de estudio que otros quieran replicar nazca justamente en el Estado de México.
Just saying…
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