El justo medio: el equilibrio entre lo que sentimos y lo que comprendemos.

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Por: Enrique Torres Rivera

“No siempre sufrimos por sentir demasiado; muchas veces sufrimos porque nunca aprendimos a darle un lugar a lo que sentimos.” Aristóteles.

Aristóteles sostenía que la virtud se encontraba en el justo medio, lejos tanto del exceso como de la carencia.

El valor, por ejemplo, se ubicaba entre la temeridad y la cobardía; la generosidad, entre el derroche y la avaricia. Desde la filosofía clásica, esta idea ha servido durante siglos como una guía para alcanzar una vida buena y una existencia orientada hacia la plenitud.

Sin embargo, el justo medio no es una fórmula matemática ni un punto exacto al que se llega siguiendo un mapa.

La experiencia humana demuestra que el equilibrio no es un lugar fijo, sino una construcción interior que requiere tiempo, conciencia y aprendizaje.

El ser humano no nace equilibrado. Llega al mundo habitado por impulsos, necesidades, deseos, temores y contradicciones.

A lo largo de la vida, la familia, la educación, las pérdidas, los afectos, las decepciones y las experiencias van modelando la manera en que nos relacionamos con nuestras emociones. Aprendemos a amar, a temer, a confiar o a desconfiar según las huellas que la vida deja en nosotros.

Por ello, el verdadero problema nunca ha sido sentir demasiado o sentir muy poco. El problema aparece cuando aquello que sentimos deja de pertenecernos y comienza a gobernar nuestra existencia.

Hay personas que viven desde el exceso. Aman hasta olvidarse de sí mismas. Trabajan hasta agotarse. Controlan por miedo a perder. Callan durante años hasta que el cuerpo expresa aquello que las palabras nunca pudieron decir. Otras viven desde la carencia: se vuelven emocionalmente inaccesibles, renuncian a desear, dejan de confiar o levantan muros para evitar nuevas heridas.

Ambos extremos suelen ser respuestas distintas a una misma necesidad: protegerse del dolor.

Detrás de la ira muchas veces existe una herida. Detrás del perfeccionismo puede esconderse el temor a no ser suficiente. Detrás de la indiferencia suele encontrarse el miedo a volver a ser lastimado. Detrás del control aparece frecuentemente la angustia de perder aquello que se ama.

Comprender esto cambia nuestra manera de mirarnos. Dejamos de juzgar nuestras emociones como enemigas y comenzamos a escucharlas como mensajeras.

La tristeza señala pérdidas; el miedo advierte peligros; la rabia habla de límites vulnerados; la culpa señala conflictos internos. Ninguna emoción es inútil. El problema surge cuando una de ellas ocupa todo el espacio de nuestra vida.

El justo medio, entonces, no consiste en eliminar los extremos, sino en comprender de dónde nacen. No se trata de reprimir la ira ni de negar la tristeza. Tampoco de vivir sometidos a ellas. Se trata de reconocerlas, darles un lugar y decidir conscientemente qué hacer con aquello que sentimos.

La madurez emocional no significa dejar de experimentar miedo, tristeza o frustración. Significa poder detenernos y preguntarnos: ¿qué intenta decirme esta emoción? ¿Qué parte de mi historia está hablando a través de ella? ¿Estoy reaccionando al presente o respondiendo a heridas del pasado?

Estas preguntas transforman la reacción en conciencia. Y la conciencia abre la posibilidad de elegir.

En muchas ocasiones vivimos desde nuestras heridas sin darnos cuenta. Repetimos vínculos, conflictos y decisiones que nacen de viejos dolores.

Buscamos en los demás aquello que no pudimos recibir, exigimos lo que tememos perder o evitamos aquello que alguna vez nos hizo daño.

Pero la vida adulta ofrece una posibilidad distinta: comprender. Comprender no significa justificarlo todo ni borrar el pasado. Significa mirar nuestra historia con suficiente honestidad para dejar de ser únicamente sus consecuencias.

Las heridas forman parte de nosotros, pero no tienen por qué convertirse en nuestro destino.

El equilibrio auténtico aparece cuando podemos sostener nuestras contradicciones sin destruirnos por ellas. Cuando aceptamos nuestra vulnerabilidad sin convertirla en debilidad. Cuando comprendemos que sentir no es lo mismo que actuar y que toda emoción puede ser escuchada sin necesidad de obedecerla.

Quizá el verdadero justo medio no se encuentre entre dos extremos, sino entre dos maneras de habitar la vida: hacerlo desde nuestras heridas o hacerlo desde nuestra comprensión.

Las heridas nos explican; la comprensión nos transforma.

Aristóteles pensaba que la virtud era un hábito que se construía mediante la práctica. Tal vez la vida emocional funcione de manera semejante. El equilibrio no se alcanza una vez y para siempre. Se ejercita. Se pierde y se recupera. Se fortalece cada vez que elegimos responder en lugar de reaccionar, comprender en lugar de juzgar y crecer en lugar de permanecer atrapados en aquello que nos hirió.

Al final, el justo medio no es la ausencia de conflicto interior, sino la capacidad de convivir con nuestras emociones sin convertirnos en sus prisioneros. Es el lugar donde el corazón puede sentir y la conciencia puede comprender.

Y quizá allí, en ese delicado equilibrio entre lo que sentimos y lo que entendemos, se encuentre una de las formas más profundas de la libertad humana.

Disponible en: Substack


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