EL ESCRUTINIO NUNCA TERMINA
Por FREDDY SERRANO DÍAZ
Estratega Político
Una vez se acaba una elección, con ventaja amplia o con margen estrecho, vale la pena preguntarse: ¿qué tan buenos somos para asumir el triunfo o la derrota?
El que gana celebra. A veces se excede: lanza comentarios hirientes contra los vencidos y olvida que mañana ese mismo gobierno que ayudó a elegir puede dejarlo “en visto”. Así alimenta una ilusión que se diluye con los días.
El derrotado no es inferior al reto. Le cuesta aceptar la pérdida, reacciona con rabia y, como si fuera poco, se aferra a una ilusión que solo busca deslegitimar al rival.
Esto es lo que viven nuestras democracias latinoamericanas: una sed de poder enceguecida que se aleja de la autoridad. Porque la autoridad no se grita. Se construye con buen ejemplo, con acciones inesperadas y con ese toque secreto de la sabiduría que no discute.
En el escrutinio suben los votos, suben las tensiones, suben los egos. Pero no sube la grandeza. Ahí se revela quién entendió el juego: *ganar sin humillar, perder sin destruir*. Un país no necesita vencedores que celebren con saña, ni vencidos que lloren conspirando.
Sin haberse preparado para perder, los derrotados miran los pliegos con lupa. Olvidan que el poder prestado se devuelve. Y cuando se devuelve, la gente recuerda cómo lo usaste: si fuiste generoso en la victoria o mezquino en la derrota.
El escrutinio al final no cuenta solo votos: cuenta carácter. Nunca termina y siempre abre paso a nuevos retos.
Por eso la pregunta no es si sube la votación. La pregunta es si sube la estatura. Porque al final, cuando los hilos se desenredan y el conteo termina, solo queda una cosa: la memoria de cómo jugaste. Y esa, a diferencia de los votos, no se puede recontar.
