José Adolfo murat columnista

Jose Adolfo Murat

 

Imagina que antes del primer partido de este Mundial alguien te dijera el nombre del campeón. No gracias a una corazonada, no gracias a ver los entrenamientos, sino gracias a tres números que no tienen nada que ver con el talento de ningún jugador.

Esa persona existe. Y sus predicciones son incómodamente precisas.

Lo que los economistas Simon Kuper y Stefan Szymanski descubrieron al escribir *Soccernomics* fue lo siguiente: el resultado de cualquier partido internacional se puede predecir con sorprendente exactitud usando solo tres variables. No el nombre del entrenador. No la calidad del mediocampista. No el estado anímico del vestuario.

Las tres principales variables son: la población del país, su ingreso per cápita, y la cantidad de partidos internacionales que han jugado en su historia.

Eso es todo. Y generalmente explican la mayor parte de lo que ocurre en un Mundial.

*Lo que los datos dicen — y lo que calla el relato*

Los números son brutales en su sencillez.

Tener el doble de experiencia internacional que tu rival — medida en partidos acumulados a lo largo de la historia de una selección — vale aproximadamente 0.45 goles por partido a tu favor. Tener el doble del ingreso per cápita de tu oponente vale 0.08 goles. Tener el doble de población vale tan poco que el cálculo apenas registra: alrededor de un gol adicional cada treinta y tres partidos.

La lectura práctica es esta: la experiencia acumulada es el factor dominante. El dinero ayuda, pero bastante menos de lo que la intuición sugiere. El tamaño de la población importa muy poco.

Esto tiene una consecuencia contraintuitiva enorme: los países que “deberían” ganar Mundiales según el imaginario popular, los gigantes demográficos, los ricos en bruto, no son necesariamente los que ganan. Lo que predice el éxito es cuánto tiempo llevan compitiendo, aprendiendo, acumulando partidos, errores, conocimiento táctico transferido de generación en generación.

Europa Occidental lleva más de un siglo haciéndolo. Con apenas el cinco por ciento de la población mundial, la región ha dominado los Mundiales de manera que desafía cualquier explicación romántica. La explicación estructural es la red: los países de esa pequeña franja del planeta llevan décadas intercambiando entrenadores, jugadores, ideas tácticas, metodologías de academia. Aprenden unos de otros en tiempo real. Eso no es talento: es infraestructura de conocimiento acumulada. Los torneos como la Champions League cada año fortalece esa práctica real

*El caso México: lo que el quinto partido realmente dice*

México tiene una de las historias más extrañas en la literatura de los Mundiales.

Durante seis torneos consecutivos, desde 1994 hasta 2018, la selección mexicana alcanzó la ronda de dieciséis y cayó. No alcanzo a jugar el quinto partido. Seis veces seguidas. Con distintos entrenadores, con distintas generaciones de jugadores, con distinta suerte en los rivales que le tocaron. El fenómeno se volvió parte de la identidad nacional: el quinto partido como límite psicológico,  nuestro techo de cristal, como maldición, como destino.

Pero la fórmula de Soccernomics sugiere una lectura diferente — y más incómoda.

México no es una nación pobre en experiencia internacional. Tiene población grande, presencia histórica en los Mundiales, y una liga doméstica de larga tradición. Sin embargo, su ingreso per cápita coloca al país en una categoría estructuralmente distinta a la de las naciones que regularmente ganan torneos. Y más importante: la “red de conocimiento” descrita por Kuper, el intercambio constante de metodología entre países competidores de primer nivel, no ha operado para México de la misma manera que para los países europeos que aprenden unos de otros semana a semana en ligas y jugadores compartidos.

El quinto partido no es una maldición. Es un diagnóstico estructural disfrazado de narrativa mística. En este mundial que crecieron el número de países involucrados, el quinto partido se nos puede volver el sexto dentro de esta teoría.

*Lo que la fórmula no puede predecir*

Hay que ser honestos sobre los límites del modelo.

Es importante aclarar que la fórmula explica tendencias a largo plazo, no resultados puntuales. En un torneo de eliminación directa, la suerte opera con una brutalidad que ningún economista puede modelar completamente. Un gol en el minuto noventa, un penalti fallado, una lesión en el momento equivocado, estas cosas son, en términos estadísticos, ruido aleatorio. Valores estocásticos dicen los econometristas.

Los propios autores de Soccernomics son explícitos sobre esto cuando analizan clubes: en una sola temporada, los factores estructurales explican alrededor del setenta por ciento del resultado. El treinta por ciento restante es, básicamente, suerte. En un Mundial de eliminación directa, ese porcentaje de aleatoriedad se amplifica.

Esto significa que la fórmula te dice quién *debería* ganar en el largo plazo. No quién ganará este jueves.

También significa que las sorpresas son reales, pero tienen límites. Croacia puede llegar a una final (2018). Marruecos puede llegar a semifinales (2022). Pero hay un techo estadístico para el romanticismo.

*2026 y la paradoja del anfitrión*

El torneo de este año tiene dos características que complican la aplicación directa de la fórmula.

La primera es el tamaño: con 48 equipos, el número de “sorpresas estructurales” posibles crece exponencialmente. Más partidos significa más espacio para que el ruido aleatorio acumule y produzca resultados que el modelo no anticipó.

La segunda es que uno de los tres países anfitriones, los Estados Unidos, encaja perfectamente con el perfil de una potencia emergente según los criterios de Soccernomics. Entre 1980 y 2001 los autores identificaron a Estados Unidos como uno de los peores *underachievers* del mundo: un país con enorme riqueza y enorme población que rendía muy por debajo de lo que su perfil estructural prometía. Pero eso fue entonces. En los últimos veinte años, la experiencia internacional del fútbol estadounidense se ha multiplicado, la Liga MX ha ayudado a elevar el nivel continental, y el país llega a su primer Mundial en casa desde 1994 con una generación de jugadores formados en las mejores ligas del mundo.

La fórmula dice: este es el mejor momento en la historia del fútbol norteamericano. No porque hayan descubierto el talento de repente, sino porque por fin acumularon suficiente de lo único que el modelo considera decisivo: experiencia.

*La pregunta que la fórmula no hace*

Los datos explican quién gana. No explican por qué nos importa.

Kuper y Szymanski construyeron un modelo frío y preciso que predice resultados con una exactitud que desafía la narrativa del fútbol como deporte de pasión pura. Tienen razón. Y al mismo tiempo se equivocan en algo que los propios números no pueden capturar.

El fútbol no es importante porque los mejores ganen. Es importante porque a veces los que no deberían ganar, ganan. Porque el modelo falla. Porque en ese treinta por ciento de aleatoriedad que los economistas llaman “ruido” es donde viven las historias que se cuentan durante décadas. Ahí es donde se dan los Maradonas con su “mano de Dios” o los errores del “no era Penal”.

La fórmula del campeón dice quién tiene más probabilidades. Pero el fútbol, como la historia, no siempre sigue las probabilidades.

**¿Y si este torneo, en sus veintiocho sedes, con cuarenta y ocho países, en tres naciones que no se hablan igual, produce precisamente la excepción que ningún modelo anticipó?**

Para este próximo partido le deseo mucha suerte a México y su selección.

 


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