¿Y YO QUÉ GANO?
Por FREDDY SERRANO DÍAZ
Estratega Político
La democracia nos ha devuelto al sistema del trueque donde el elector latinoamericano promedio espera tasa de retornó por su voto y no es que estemos hablando de la desdeñable práctica de comprar o alquilar conciencias, es simple: esperan mínimamente que les saquen de su casa y con algo de recompensa les lleven a participar en las elecciones.
¿Sufragar debería ser voluntario, intencional y responder a una motivación personal?, por supuesto que si, sin embargo, salir a las urnas se ha convertido en una transacción que supone intercambio de favores; “no solo tú ganas”.
Está clarísimo, la confianza en quienes gobiernan y deciden está fracturada; la salud, la educación, el empleo, la seguridad, las oportunidades o las obras dependen de “quién te ayuda”, luego el voto se vuelve moneda de cambio para conseguir acceso rápido a lo que el Estado debería otorgar por derecho.
De ahí que muchos defendamos el VOTO OBLIGATORIO, eso permitiría abolir la normalización del clientelismo que va desde pagar el transporte y el desayuno para salir a votar, hasta ofrecer puestos, cupos, subsidios o materiales a cambio de apoyo.
Lamentablemente se ha vuelto una regla de juego y la gente aprende a pedir “lo suyo”, es la consecuencia de las promesas programáticas incumplidas y por las cuales el elector prefiere algo tangible e inmediato (un contrato, una ayuda), antes que un proyecto abstracto.
No es que todos lo hagan por interés, pero donde un gobierno no llega, el intercambio aparece como estrategia de supervivencia; así de simple: “ir a mi sitio de votación me cuesta tiempo y dinero”, parte del trato se convierte en recibir lo que me cuesta y algo más.
Las malas prácticas han enseñado a la gente que el dia de elecciones “dan algo” y lo pide, aunque sea solo el transporte, eso normaliza la expectativa.
No es solo “cultura del regalo”; es una mezcla de pobreza, distancia a los puestos y la costumbre de que el político resuelve lo inmediato el día electoral, el “voto de opinión” no cae del cielo, la triste realidad: convencer sin clientelismo también cuesta plata, tiempo y trabajo.
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