Por: Armando Ríos Piter
Las vallas se alzan para proteger el recinto oficial de la iconoclasia, en ellas se lee la palabra “Narcoestado”. Una palabra que fue pintada, borrada y vuelta a pintar. En distintos medios se aprecia la foto de un joven; con una mano se cubre los ojos debido al gas lacrimógeno circundante, con la otra, ondea una bandera nacional con el Palacio Nacional como fondo.
En las redes, circulan videos con granaderos que agreden a patadas a un joven que yace en el suelo, la voz de Claudia Sheinbaum en “off” que dicta, “en México no se usa la fuerza del Estado para reprimir a nadie”. Con igual impulso se difunden otros videos, con la imagen de un policía que es cocido a golpes por varios manifestantes, los medios reportan que cien integrantes de las fuerzas del orden resultaron heridosy critican que “en la marcha de jóvenes, hubo pocos jóvenes y viejos conocidos”. Narrativas antagónicas, cada quien conforme a su posición política -opositora u oficialista- da su propia versión de la #MarchaNacional.
En un país dividido y confrontado, se delinea una compleja encrucijada. ¿Mantener el rumbo o cambiarlo? Sirvan las tres definiciones que aparecen en el diccionario, para entender la histórica coyuntura que vivimos: 1) lugar en donde se cruzan dos o mas caminos; 2) ocasión que se aprovecha para hacer daño a alguien, emboscada, asechanza; 3) situación difícil en que no se sabe qué conducta seguir. Vale la pena reflexionar sobre cada una de estas definiciones, pues eso es precisamente lo que enfrenta el país y en lo que habrá que exigir liderazgo a Claudia Sheinbaum.
En este contexto, ¿Se vale pensar que las cosas deben seguir por el mismo rumbo? Se han encontrado dos caminos diferentes. El primero, el mismo de siempre, en el que las autoridades y los políticos, simplemente buscan excusas o “pajas en el ojo ajeno” (fue culpa de Calderón, de la Derecha, etc.), el segundo, aquél en el que sea posible construir algo diferente, de manera conjunta, sin divisiones ni polarizaciones. En un país en el que co-gobierna la delincuencia, junto con la clase política, es indispensable hacer un alto en el camino.
¿Es posible -en este río revuelto- diferenciar los intereses mezquinos de unos cuantos, de aquellos que son verdaderamente públicos? En un país en el que cada quien está al asecho para sacar raja, la verdad, la templanza y la cordura cobran una relevancia inusitada.
¿Podría la presidenta hacer una convocatoria en la que el planteamiento sea, #SanarAMéxico, sin distingo de grupos, colores o partidos? La historia nos ha demostrado que los y las estadistas surgen, precisamente en este tipo de encrucijadas. Hay una oportunidad, aprovechémosla todos.
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