Nacida en la posguerra, Angela Merkel creció en un país que ya no existe. Detrás del muro que dividió Alemania, la joven Angela, de bajo perfil, decidió estudiar física y ocupar luego un discreto trabajo en un centro de investigación en Berlín. Tras caer el muro en 1989, cayeron también los años obscuros que oprimían las libertades y controlaban el ir y venir de las personas, desde su forma de pensar y vivir, hasta la forma en la que participaban en la política.

Durante la reunificación, Merkel comenzó a involucrarse en los asuntos públicos, específicamente con el CDU, partido católico conservador donde los intelectuales de derecha encontraban punto de encuentro y reunión. Era la época de Helmuth Kohl -junto con Merkel quienes más años han sido Cancilleres- y con ideas claras y disciplina férrea, inició su ascenso para ser ministra, luego presidenta de su partido y finalmente, la imbatida Canciller de la cuarta economía del mundo, la responsable de Europa, la mujer más poderosa del planeta por 10 años según Forbes.

Angela, la inusual política, distinta a la figura de los férreos cancilleres alemanes de la historia, sin grandes habilidades para dar sonoros discursos en la plaza pública, tiene un temple y facilidad de negociación inagotable, un pensamiento estructurado, y una congruencia absolutamente notable. Si hay un líder mundial que haya roto paradigmas positivamente en la política es esta mujer; física, nacida en Alemania del este, que de campaña en campaña, desde el “ya me conocen” hasta “lo lograremos”, enarboló la causa de zurcir las heridas de Alemania, consolidar su reunificación, dotar al país de un liderazgo que los llevó a la cima de Europa, y en el camino, enfrentar las dificultades de la crisis del 2008, la eurozona, el Brexit, los migrantes, a China y a Rusia, a los Estados Unidos de Trump, y los clamores nacionalistas que irrumpieron como una sombra poderosa por toda el continente.

Su talento negociador ha sido determinante para forjar los principios de este siglo XXI. No existe cumbre mundial en la que su voz no haya traspasado las fronteras de Europa; no ha existido proceso de negociación mundial en el que su habilidad para el consenso no hubiera sido determinante. Desde el cambio climático, la defensa del Euro y las tensiones geopolíticas complejas de nuestros tiempos, la Canciller que dice “no ganes discusiones, resuelve problemas” nunca baso su liderazgo en discusiones de género o de ideologías; pragmática y científica, convirtió el ejercicio de la política en una vuelta a los orígenes de la misma: discutir, incluir, acordar y cumplir.

Angela Merkel, sin duda habrá dejado pendientes complejos y seguramente quedarán en el tintero muchos retos que enfrenta su país y Europa, sin embargo, pese a no tener una postura firme en lo que respecta a la lucha del feminismo, evitó esa discusión y simplemente se encargó de generar una narrativa que la alejara de debates comprometedores y se situó como una de las grandes lideres mundiales de las últimas décadas.

Su legado, el más importante en mi opinión, fue el de devolver prestigio y rigor a la política, lejos de la corrupción, los excesos y abusos; lejos de la frivolidad y la propaganda, pero muy cerca de los Alemanes, que le dicen Angie. Merkel, siempre imbatida, nunca vencida en las urnas, después de 16 años en el poder, sigue gozando de una popularidad y una autoridad moral que la convierten desde ya en la política más exitosa de nuestros días.