“El mayor engaño del diablo es convencernos de que no existe”
-Charles Baudelaire 

Cual inteligente sujeto maligno, no imaginable siquiera en las peores películas de terror.

Predecible, hombres y mujeres de poder, negando la evidencia mortífera, buscan obte-ner ventaja, medallas falsas para sus egos enfermos.

Pero para ello necesitamos corresponsabilidad ciudadana y comunitaria.

Los dogmas ideológicos trasnochados, las presiones geopolíticas aplastantes, el mer-cado, las trasnacionales opacan los débiles esfuerzos de los Estados-nación por obtener vacunas.

La ONU y la frágil acción coactiva de la OMS, no parecen ordenar el desorden mundial.

El virus avanza, se reproduce, destruye, asesina.

La gente niega, intentan no ver la realidad, están agotadas, cansadas del encierro, de la manipulación y de los resultados insuficientes.

Es momento del caos, todos opinan, todos tienen solución y explicación.

Es clave leer y divulgar solo aquello que tenga evidencia y contundencia científica y el nivel de alcance de la ciencia biomédica.

Disciplina en el aislamiento y en la utilización de las medidas sanitarias exitosas, como la mascarilla, el cubrebocas y el aseo constante de manos y cara.

La vacuna sólo evita muerte y desarrollo grave de las nuevas cepas, no es cura, solo evita infecciones graves y eventualmente la muerte.

Solo la ciencia y la solidaridad son luces ciertas para iluminar nuestro presente.

Las ideologías no curan el virus, no lo detienen, incluso estorban porque atrasan el avance de la ciencia y distorsionan la acción sanitaria.

Mantener el clima de polarización política, es la mejor forma de anular el papel de con-fianza en la ciencia, en la vacuna y en la capacidad de organizarnos contra los diversos problemas, riesgos y desafíos que enfrentamos, no sólo el de la pandemia.

Sin confianza en las instituciones, sin estrategia gubernamental eficaz de salud pública y sin política de vacunación sostenible, nadie puede exigir ni imponer prioridades a la sociedad en medio de la pandemia.

Citemos a Heidi Larson, una mujer con trayectoria de estudio de comunidades a las que se ignora su parecer y siempre en convivencia con menores árabes, judíos, musulmanes e hindúes. Aquí un hallazgo de la respetada antropóloga londinense:

“Los niveles más bajos de confianza en las vacunas se encontraron en los países con los niveles más altos de educación y los mejores sistemas de atención de la salud; siete de los diez países más reticentes a las vacunas estaban dentro de la Unión Europea”.

Sin un proceso para revertir la desinformación científica, sin espíritu epidemiológico ni confianza social en las autoridades y en la ciencia, es como seguir dilapidando la con-fianza en nosotros mismos y los líderes anulando su deber.

No sólo pueden mapearse los segmentos etarios, las comunidades y grupos vulnera-bles que no se han vacunado, sino también donde se localizan y porqué la resistencia a la vacunación, si no los umbrales de protección social seguirán en estándares bajos pa-ra superar la estela de transmisión y mortandad.

Diversos hilos finos problematizan nuestros escenarios.

La lección pregunta de COVID-19, es si la autoridad comprende a la gente. No al revés.

La economía vs resguardo, incluida la no asistencia a clases.

Como dice una entrañable amiga citando a un reputado inmunólogo “los menores, muertos, no podrán asistir a clases”.
La verdad no es el mejor momento para reanudar labores.

Hay que escuchar las voces de las comunidades de profesoras y profesores de todos los niveles y educandos, antes de ignorar su parecer y sus decisiones.

Primero la salud y la seguridad pública, luego la educación y la economía.

Cuba tiene vacuna, pero por su cuestionado modelo de gestión pública no puede cubrir todo su territorio y colocarla.
Sin embargo, no vacunarse sólo reproduce la capacidad del virus de seguir infectando: sin vacuna un sujeto al ser infectado por las nuevas cepas tiene menores posibilidades de sobrevivir.

Así evitamos mayores contagios y si se dan, serán menos agresivos con nuestra gente.

Así lo insiste Larson “¿De qué servirán nuestras vacunas de alta tecnología si no hay suficientes personas que las tomen?”
La que esté a nuestro alcance, no hay vacunas malas. El rumor y contagio emocional digital revoluciona la desconfianza.
No vacunarse no parece sensato ni solidario, pero dado el nivel de desinformación ma-siva y el torrente de rumores, la vacilación y la resistencia a la vacuna pueden prevalecer.

Es importante darle vida democrática al desafío actual:

“Reclamar la libertad de decidir por uno mismo, nos dice Emmanuel Hirsch, incluso en detrimento del otro, no es asumir una libertad. Se trata de anexar un derecho a riesgo de pervertir su significado: de hecho, sólo es defendible en la medida en que pueda prevalecer el principio de reciprocidad”.

La pandemia nos lleva a cuestionarnos nuestro sistema de vida, integralmente trastoca los valores y empuja a una reflexión profunda sobre nuestro proceso civilizatorio.

La epidemia hace tambalear los regímenes proto socialistas y también los liberales: cuestiona los liderazgos por completo, incluso observa la acción pastoral de los dirigen-tes religiosos en todo el orbe.

La solidaridad humana escasea, al final, el mercado sí ha postrado a la humanidad con egoísmo.

¿Humanidad para qué? ¿Hacia dónde y con quiénes?

Debe haber respeto por la gente, por sus duelos, las tragedias y sufrimientos sociales asociados a coronavirus y otras desigualdades graves que afronta, de ahí la importancia de la información franca desde la política y la ciencia, de lo que sustenta este desafío inevitablemente común.

Por eso la política epidemiológica no puede depender de un esfuerzo individualizado ni de centralizar la atención de la República en una sola voz científica, y menos si su prin-cipal vocero federal es dechado de ausencia de visión estratégica biomédica, impru-dencias y declaraciones contradictorias.

Su efecto disuasivo es masivo y catastrófico. El daño político a la Presidencia sigue su curso.

Dado que la ciencia avizora que los brotes epidémicos futuros serán más letales y con-tagiosos y que lo que enfrentamos no es una crisis pasajera, una labor del ciudadano y las comunidades del Siglo XXI, asertivos y conscientes, es apoyar la aplicación de las vacunas.

¡Urge ponerlas!