Nada nos llevaremos

México es un país que enfrenta grandes retos. Los niveles de pobreza han sido históricamente altos y la inseguridad ha sido un flagelo constante en las últimas décadas. Millones de personas viven al día y cuando surge una eventualidad, como algún problema de salud en la familia, se las ven negras. Por eso me llama la atención que en todos los estudios internacionales que miden la felicidad de las personas, los mexicanos siempre ocupamos los primeros lugares.

No es un tema menor. Al fin de cuentas, la felicidad es uno de los objetivos principales en la vida. ¿Pero por qué somos nosotros más felices que los norteamericanos que tienen un ingreso per cápita varias veces superior al nuestro, que los escandinavos que gozan de una notable igualdad social o que los europeos que cuentan con sistemas de salud envidiables?

He revisado algunos estudios al respecto y todos coinciden en que varias son las razones que mucho tienen que ver con nuestras costumbres. La fe, por ejemplo, juega un papel importante en la felicidad de las personas, y lo mexicanos somos fervientes creyentes. Visitamos los templos, atendemos los servicios religiosos, rezamos en casa y solemos dejar la resolución de nuestros problemas “en las manos de Dios”.

Nuestras familias son numerosas. No solo se circunscriben a los padres e hijos como en otros países. También entran los abuelos, tíos, primos y sobrinos. Acostumbramos a reunirnos con frecuencia en familia, y los miembros se apoyan, se defienden y generan soporte emocional. Las comidas y los eventos en familia son sagrados.

Los mexicanos somos sociables por naturaleza. Lejos de pensar en acumular riqueza, aprovechamos nuestros ahorros para hacer grandes fiestas como bodas, XV años, bautizos, primeras comuniones y cumpleaños. Los cafés de las amigas y las carnes asadas de los amigos son espacios de fraternal convivencia que abonan a la felicidad a través de las bromas, las risas y las anécdotas.

Las relaciones laborales son importantes también. Mientras en otros países se limitan estrictamente al trabajo, aquí surgen lazos duraderos y de confianza. Los compañeros de trabajo regularmente terminan siendo grandes amigos y conviven fuera de la oficina.

Una condicionante de la felicidad, dicen los teóricos, es que enfoquemos nuestra atención en lo que tenemos y no en lo que nos falta, y el mexicano para eso se pinta solo. Aunque algunos lo critican como conformismo, la verdad es que el apetito insaciable por siempre tener más conduce a la frustración.

La felicidad, más que una emoción externa, debe verse como una habilidad personal que puede cultivarse y desarrollarse. La pandemia ha limitado la convivencia social, pero ha fortalecido la familiar, que también nos hace felices.

En aras de la felicidad, no perdamos oportunidad para convivir en familia, con los amigos, para reír, bailar, cantar. Acumulemos amistades y recuerdos memorables en lugar de riquezas y sigamos profesando nuestra fe. Cuando partamos de este mundo nada nos llevaremos, solo la alegría de haber vivido felices.