Criterio independiente – El predicador

Don Informante repite la misma frase cada día a las seis en punto para abrir el noticioso.

—La ficción es finita, la realidad es infinita.

Con ese estribillo invita a romper el ayuno informativo mientras en el estómago escurre un chorro caliente de café sin azúcar. Reinicia la rutina de cada amanecer. Comienza con la ingesta cotidiana de informaína y cafeína para liberar noticina y adrenalina, dos sustancias que estimulan el sistema nervioso, dos adicciones que compiten con las notificaciones y publicaciones de Facebook® y Twitter® que están a la mano sin despegar la cabeza de la almohada con sólo estirar el brazo para alcanzar el teléfono inteligente colocado en la mesa de noche junto a la cama.

Don Informante escaló desde una posición de reportero hasta convertirse en una celebridad de la empresa Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). Él es la imagen de TIC. Toda su trayectoria de comunicador está en ese programa matutino. Su voz es marca registrada. Vive de decir qué ocurrió. Nació para recrear lo que pasó y si fuera necesario inventar y reinventar hechos. Desde niño reveló secretos y confidencias de otros. A corta edad, la expresión “no le digas a nadie” le produjo un interés malsano en su inocencia, pero ahora, la petición “no lo publiques, por favor” le produce dinero en su cuenta bancaria. Hay ocasiones en que calla una parte de lo acontecido. A veces maldice, otras medio dice. También recorta sucesos o los acomoda según el efecto que pretende provocar en el auditorio. Tal vez, algo en él resulta predecible: dirá cualquier cosa porque no sabe qué es permanecer en silencio. La práctica de esta palabra la desconoce, aunque conoce su significado. “Abstención de hablar” leyó en el Diccionario de la Real Academia (DRA) y tachó ese término con marcador de aceite negro porque lo conmovió. Muchas palabras del DRA las borró porque lo inquietaron. Ante tal perdida de significados y para verse imparcial, remarcó otras con tintas luminiscentes. Entiende el verbo callar. “Omitir o no decir algo” descubrió en el DRA, le gustó, lo subrayó con un lápiz guiado por una regla y lo iluminó con un plumón fluorescente. Por el DRA se convenció de que lo suyo es divulgar: “poner al alcance del público algo”.

Su infancia fue la de un precoz informador. Siendo adolescente con frecuencia vistió una sotana y usurpó el sitial en el confesionario ubicado al interior del edificio de culto. Después de un tiempo de suplantar al confesor, casi linchan al pastor del templo de la comarca pues le acusaron de violar el secreto de confesión. Un crimen grave para la comunidad creyente que confiaba en alguien para amortizar sus mortificaciones. El escándalo se precipitó cuando la vida privada se volvió asunto público. Los pecados de unos contados a otras y los de unas narrados a otros. En la planeación de la ejecución tumultuaria que resultó frustrada, Don Traficante fue quien organizó las fuerzas opositoras al párroco. Enfureció cuando clausuraron la cafetería de la escuela bajo la sospecha de venta de sustancias adictivas. Ofuscado por las pérdidas causadas al cerrar ese punto de venta, sus sospechas eran certezas, sus preguntas eran respuestas.

—¿Quién, si no el pastor sabía de las galletas sabor mariguana y las donas glaseadas con cocaína?

(Continuará…)

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