Padres ausentes, gobiernos confundidos y adolescentes educados por TikTok

Ana Karina fernández

Ana Karina fernández

Por Kary Fernández 

Querido lector… ya sabe que lo mío es hablar del elefante en la sala: hoy pensemos en una escena silenciosa que se repite todos los días en millones de hogares. Un adolescente sentado frente a una pantalla. Un algoritmo decidiendo qué ve, qué cree y qué desea. Y unos padres que creen que su hijo está “entretenido” cuando en realidad está siendo educado por una máquina diseñada para capturar atención.

La conversación pública todavía pretende discutir si las redes sociales son buenas o malas. Esa discusión llegó tarde. El problema real es otro. Durante más de una década los adultos entregaron la educación emocional, sexual, social y política de los adolescentes a plataformas cuyo negocio es mantenerlos pegados a la pantalla el mayor tiempo posible.

TikTok no es una red social inocente. Es una máquina de ingeniería psicológica extremadamente sofisticada.

Un estudio de la Universidad de Oxford sobre algoritmos de recomendación advierte que plataformas como TikTok utilizan modelos de aprendizaje automático diseñados para identificar patrones de comportamiento y maximizar el tiempo de consumo del usuario. En otras palabras el algoritmo aprende qué te captura y después te lo sirve en dosis infinitas.

 

La consecuencia es simple y brutal. El adolescente ya no elige lo que ve. El algoritmo elige lo que el adolescente cree que eligió.

 

Esto tiene un impacto profundo en la formación de identidad. Según el informe Digital 2024 de We Are Social y Meltwater los jóvenes entre 16 y 24 años pasan en promedio más de tres horas diarias en redes sociales. En muchos casos TikTok concentra la mayor parte de ese tiempo.

 

Tres horas al día parecen poco cuando se dicen rápido. Pero multiplicadas por un año representan más de mil horas de exposición a contenidos diseñados por algoritmos. Mil horas de influencia constante en la percepción del cuerpo… del éxito, del sexo… de la política y del valor personal.

Eso no es entretenimiento. Eso es educación informal. No solicitada!

Mientras tanto los adultos siguen repitiendo el mismo discurso cómodo. “Los jóvenes están pegados al celular”.

Lo que casi nadie pregunta es por qué.

La respuesta incómoda es que el celular se convirtió en el sustituto más barato de la presencia adulta.

La investigadora Jean Twenge de la Universidad Estatal de San Diego ha documentado que el incremento del uso intensivo de redes sociales en adolescentes coincide con un aumento significativo en síntomas de ansiedad y depresión entre jóvenes desde 2012. Su análisis publicado en el Journal of Abnormal Psychology señala que los adolescentes que pasan más tiempo en redes tienen mayor probabilidad de reportar problemas de salud mental.

Pero incluso ese dato suele interpretarse mal.No se trata solo de cuánto tiempo pasan en redes. Se trata de quién está moldeando su visión del mundo.

Durante generaciones esa función correspondía a la familia, la escuela y la comunidad. Hoy ese lugar lo ocupan algoritmos que priorizan contenido emocionalmente intenso, porque lo que genera reacción… genera permanencia.

La lógica es simple. El contenido que indigna retiene más atención que el contenido que educa.

Por eso los adolescentes reciben una dieta constante de dramas extremos, estéticas imposibles, discursos simplificados sobre política y versiones caricaturizadas del éxito.

Y mientras esto ocurre los gobiernos intentan reaccionar con la herramienta más torpe que conocen.

La prohibición. Año 1001…

En varios países ya se discuten restricciones al uso de redes sociales para menores de edad. En Estados Unidos algunos estados han impulsado leyes que obligan a las plataformas a implementar controles parentales más estrictos. En Europa la Unión Europea avanza en regulaciones dentro del Digital Services Act para limitar ciertos mecanismos de manipulación algorítmica.

El problema es que estas iniciativas parten de un error conceptual.

Creen que el problema es la tecnología.

No lo es, querido lector, culto… y conocer!

El problema es la ausencia.

Los adolescentes no buscan algoritmos porque aman la tecnología. Buscan algoritmos porque los algoritmos siempre están disponibles. No se cansan no juzgan no exigen conversación incómoda ni presencia emocional.

El algoritmo está ahí cuando nadie más está.

Y esa es la verdadera tragedia silenciosa de esta generación.

No es que los jóvenes estén obsesionados con TikTok. Es que TikTok llenó el vacío que dejaron adultos distraídos por sus propios teléfonos.

Mientras los padres discuten si prohibir aplicaciones los adolescentes siguen formando su visión del mundo en espacios digitales que no están diseñados para educar sino para capturar atención.

El resultado es una generación extraordinariamente informada en fragmentos y peligrosamente desorientada en contexto.

Saben identificar tendencias virales en segundos pero tienen dificultad para construir pensamiento complejo. Consumen miles de microhistorias al día pero rara vez encuentran adultos dispuestos a sostener conversaciones largas.

No es culpa de los jóvenes.

Ellos simplemente habitan el ecosistema que los adultos construyeron. Construimos!

Un ecosistema donde la atención es el recurso más valioso y donde las plataformas compiten ferozmente por capturarla.

La pregunta entonces no es si debemos prohibir TikTok.

La pregunta es mucho más incómoda.

Quién está educando realmente a los adolescentes mientras los adultos discuten en redes sociales sobre si las redes sociales son el problema?

Just saying…


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