José Adolfo murat columnista

Por: Jose Adolofo Murat

 

Esta serie comenzó con una pregunta que nadie hace cuando empieza un Mundial: ¿de quién es, realmente, el partido que estás viendo?

 

Ocho semanas después, tenemos la respuesta.

 

I. El pacto que quedó grabado en video

 

Diciembre de 2025. Kennedy Center, Washington. Gianni Infantino, presidente de la FIFA, entrega a Donald Trump el primer “Premio de la Paz FIFA” de la historia — creado tres semanas antes, sin consultar al Consejo de la organización, a medida para el momento. Trump recibe el premio. Infantino declara, ante las cámaras, que el presidente puede contar “con mi apoyo y el de toda la comunidad del fútbol.”

 

Esa imagen es el punto de partida de todo lo que ocurrió después.

 

Lo documentamos en el primer artículo de esta serie: la FIFA no es una organización deportiva. Es un mecanismo de poder que desde Havelange hasta Infantino ha operado con la misma lógica — más equipos, más países, más delegados leales, más poder político disponible para quien lo necesite. En 1974 eran 16 equipos. En 1998, 32. En 2026, 48. Cada expansión generó aproximadamente mil millones de dólares adicionales en ingresos. Y cada expansión requirió aliados políticos para sostenerla.

 

Trump era el aliado más poderoso que la FIFA había tenido jamás. Y el Mundial 2026 era el pago.

 

 

 

II. El manual de Mussolini

 

Benito Mussolini había visto exactamente un partido de fútbol en su vida cuando se convirtió en el hombre más poderoso de Italia. No importó. Su instinto político era más preciso que cualquier estadístico deportivo. Entendió de inmediato lo que el fútbol era en realidad: no un deporte, sino una tecnología de masas. Una máquina para fabricar obediencia, patriotismo y la ilusión de pertenecer a algo más grande que uno mismo.

 

Lo documentamos en el segundo artículo de esta serie. Mussolini organizó el Mundial de 1934 en Italia y lo ganó — con la decisiva ayuda, según cronistas de la época, de decisiones arbitrales que beneficiaron sistemáticamente al anfitrión. Construyó estadios monumentales, renombró el deporte en italiano, convirtió la selección en extensión del Estado. Y funcionó. Por un tiempo.

 

Trump siguió el mismo manual con noventa años de diferencia. Organizó el Mundial más grande de la historia, convirtió el torneo en escenario de su proyecto geopolítico, presionó a la FIFA cuando le convenía — como en el caso del delantero Folarin Balogun, suspendido para el partido de Estados Unidos contra Bélgica en octavos, cuya sanción fue levantada tras la presión americana. Balogun jugó. Estados Unidos perdió 4-1 de todas formas.

 

La diferencia fundamental entre Mussolini y Trump no es moral — es futbolística. Mussolini ganó el torneo que organizó. Trump no pudo. El fútbol, que en 1934 aún podía ser doblegado por el poder del anfitrión, en 2026 demostró que tiene su propia lógica. Y esa lógica no responde a Washington.

 

Gideon Rachman del Financial Times lo llamó “el Mundial de la conspiración” — no porque las conspiraciones fueran reales en su mayoría, sino porque el ambiente que Trump e Infantino construyeron juntos fue el caldo de cultivo perfecto para que proliferaran. En una sociedad de baja confianza, la gente culpa a la conspiración antes que al error. Y este torneo, organizado por el presidente que más activamente ha cultivado esa desconfianza, fue el experimento perfecto.

 

Navalón lo anticipó en Código Magenta con la imagen más precisa del torneo: “justo castigo a Trump — no basta con ser el más fuerte de la clase ni con tener el misil más poderoso. También tienes que saber ganar.”

 

 

 

III. La fórmula que el dinero no puede comprar

 

En el tercer artículo de esta serie establecimos la fórmula que predice el éxito en los Mundiales. No es el presupuesto de la federación. No es el número de estadios. No es la voluntad política del organizador. Son tres variables estructurales: tamaño de población, ingreso per cápita y experiencia acumulada en competencia internacional.

 

Estados Unidos tiene las tres con holgura. La mayor economía del mundo, 330 millones de habitantes, décadas de participación mundialista. El modelo, aplicado fríamente, debería dar a Estados Unidos una probabilidad razonable de avanzar en casa.

 

Quedó eliminado 4-1 por Bélgica en octavos. Canadá no pasó de grupos. México llegó a octavos. Los tres países anfitriones fracasaron en el único terreno donde el dinero y la infraestructura no son suficientes.

 

¿Por qué? Porque la fórmula de Soccernomics mide variables estructurales a largo plazo — no puede capturar lo que Daniel Coyle identificó como el factor decisivo en los grupos de alto rendimiento: la cultura. La seguridad colectiva. La vulnerabilidad compartida. El propósito común que convierte once individuos en un sistema que piensa con una sola mente.

 

España tenía eso. Argentina lo tuvo hasta que Enzo Fernández fue expulsado y el sistema se rompió con diez hombres en tiempo extra. Estados Unidos, Canadá y México — por razones distintas pero con el mismo resultado — no lo tuvieron en el momento que importaba.

 

El dinero puede construir estadios. No puede construir cultura. Y la cultura, en este Mundial, fue más poderosa que todo lo demás.

 

 

 

IV. El torneo que escapó de su organizador

 

Pero la paradoja más profunda del Mundial 2026 es esta: Trump organizó el torneo para demostrar que América es el centro del mundo. Y el torneo demostró exactamente lo contrario.

 

La final fue entre España y Argentina — dos países que no necesitan a nadie para saber quiénes son en el fútbol. El máximo goleador fue Messi, que eligió Argentina sobre España cuando tenía 13 años aunque Barcelona lo hubiera formado. La figura más celebrada de la final fue Lamine Yamal, hijo de padre guineano y madre marroquí, nacido en Badalona — el símbolo de una España que ya no define su identidad por el lugar de nacimiento sino por el lugar de formación.

 

Simon Kuper lo sintetizó antes de que comenzara el torneo, y el resultado lo confirmó: el fútbol ha creado “una jerarquía global alternativa en la que Estados Unidos es un segundón, China está ausente, las potencias europeas son humilladas y Argentina está en la cima del mundo.” Después de la final, la cima es española. Pero el punto se sostiene — el fútbol tiene su propio orden mundial, y ese orden no lo decide Washington ni Zúrich.

 

Enrique Krauze escribió el día de la final en el Reforma algo que funciona como epitafio del proyecto trumpiano en el fútbol: “como demuestra la historia del siglo XX, el verdadero gol es el de la libertad.” L a URSS ganó partidos con propaganda durante décadas. Franco politizó el Real Madrid durante cuarenta años. Y en ambos casos, el fútbol terminó siendo más grande que el proyecto político que intentó controlarlo.

 

Trump no es diferente. El fútbol lo sobrevivió a él también.

 

 

V. Lo que la FIFA ganó — y lo que el fútbol perdió

 

Sería deshonesto cerrar esta serie con una narrativa de triunfo limpio del fútbol sobre el poder. Porque la FIFA no es inocente.

 

La relación entre Infantino y Trump no fue accidental — fue funcional. La FIFA obtuvo garantías de seguridad, infraestructura y acceso al mercado americano. A cambio otorgó a Trump el escaparate geopolítico que buscaba y dobló sus propias reglas cuando el organizador lo pidió. Rachman lo documentó. El caso Balogun quedó registrado. Y la pregunta que ningún resultado deportivo responde es cuántas otras decisiones similares no dejaron huella documental.

 

Infantino declaró sobre Trump: “Dice lo que piensa. En realidad dice lo que mucha gente piensa pero no se atreve a decir.” Esa frase no es una descripción — es una identificación. El presidente de la FIFA no describiendo a un mandatario problemático sino reconociéndose en él. Dos hombres que entienden el poder de la misma manera: quién controla el espectáculo, controla la narrativa.

 

Excepto que esta vez el espectáculo se les fue de las manos. Torres anotó a los 37 segundos del segundo tiempo extra. España campeona. Y ni Trump ni Infantino pudieron hacer nada al respecto.

 

 

 

VI. El cierre — lo que este Mundial enseñó

 

Comenzamos con Mussolini y terminamos con Trump. Dos hombres, noventa años de distancia, el mismo manual.

 

En el medio, ocho artículos sobre lo que el fútbol revela cuando dejas de mirar el marcador: que la FIFA es un mecanismo de poder que aprendió de Mussolini y perfeccionó con Havelange; que las fórmulas predicen campeones pero no pueden predecir cultura; que México ganó unido mientras era gobernado por un régimen que divide; que las máscaras caen en la Fiesta aunque el poder prefiera que permanezcan puestas; que Marruecos, Cabo Verde y Japón están reescribiendo el mapa desde los márgenes; que el fútbol ha construido una jerarquía global alternativa donde el tamaño del ejército no importa.

 

Y que las arañas, cuando tejen juntas, pueden atar a un león.

 

España ganó porque once jugadores fueron más que la suma de sus partes. Argentina perdió porque el genio más extraordinario que el fútbol ha producido no pudo hacer solo lo que once jugadores organizados hicieron juntos. Trump perdió porque el fútbol tiene su propia lógica, anterior a cualquier proyecto político, más poderosa que cualquier presupuesto.

 

El verdadero gol, como escribió Krauze, es el de la libertad.

 

Y la libertad, en el fútbol como en la política, no la gana el más poderoso.

 

La gana el que mejor construyó su cultura.

 

*”El Mundial que No Te Enseñan” fue una serie de ocho artículos sobre el Mundial 2026 como espejo geopolítico, cultural y político del mundo en que vivimos. Gracias por leer.*


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