El día que el odio entró a Teotihuacán
20 DE NOVIEMBRE DE 2023. CIUDAD DE MEXICO. RETRATOS DE IRENE MUÑOZ PARA SU COLUMNA EN EL UNIVERSAL. FOTO: GERMAN ESPINOSA
Irene Muñoz
La violencia que irrumpió en Teotihuacán no solo dejó víctimas; fracturó una certeza que la industria turística global había asumido durante décadas: que los grandes espacios patrimoniales son, por definición, territorios seguros. Lo ocurrido no puede leerse como un hecho aislado ni como un episodio más de inseguridad. Es, en esencia, una manifestación de violencia simbólica alimentada por discursos de odio que encuentran eco en individuos radicalizados.
El agresor no solo atacó, construyó una narrativa. De acuerdo con testimonios, dirigió sus agresiones a visitantes extranjeros en función de su origen y raza, incorporando incluso referencias históricas para justificar su acto. Este elemento transforma por completo la dimensión del suceso, cuando el turismo se convierte en un blanco deliberado, el impacto deja de ser local y se vuelve global, inmediato y profundamente emocional.
Teotihuacán, símbolo de la grandeza cultural de México, nunca había registrado un evento de esta naturaleza. Esa condición lo colocaba dentro de un imaginario de seguridad incuestionable; por eso, el golpe fue doble. No solo se vulneró un espacio físico, sino que se erosionó la confianza en uno de los principales referentes de identidad nacional frente al mundo. Y en turismo, la confianza lo es todo. No importa cuántos datos respalden que se trata de un caso excepcional; la percepción se impone sobre la realidad. En cuestión de horas, décadas de posicionamiento pueden verse comprometidas por la velocidad de la comunicación global.
A esto se suma un factor incómodo pero imprescindible, la creciente normalización de discursos de división, superioridad cultural y odio, incluso desde espacios de poder o legitimidad pública. Cuando se tolera o incentiva la narrativa de “nosotros contra ellos”, se crea un terreno fértil para que individuos radicalizados traduzcan esas ideas en actos violentos. No se trata de establecer causalidades simplistas, sino de reconocer responsabilidades estructurales. El lenguaje construye realidades, y en un mundo hiperconectado, los mensajes que deshumanizan pueden escalar rápidamente.
El caso de Teotihuacán no es aislado en el contexto internacional. Ataques como el de Luxor en 1997, los atentados en Túnez en 2015 o el de Christchurch en 2019 evidencian un patrón claro que establece que cuando la violencia con carga ideológica irrumpe en espacios simbólicos, el daño es humano, pero también reputacional, económico y estructural. Incluso intentos fallidos han sido suficientes para detonar alertas internacionales y afectar la percepción de seguridad.
Hoy, el impacto inmediato no se mide aún en cifras, sino en la narrativa que comienza a construirse fuera del país. Alertas diplomáticas, cobertura internacional y cuestionamientos sobre los protocolos de seguridad son reacciones naturales. Preguntas como cómo ingresó un arma a uno de los sitios más vigilados del país se convierten en detonadores de desconfianza, y esto ocurre en un momento particularmente sensible, cuando México se prepara para ser anfitrión de la Copa Mundial FIFA 2026.
Ante este escenario, el control de daños no puede limitarse a minimizar el hecho ni a insistir en su carácter aislado, esa narrativa es necesaria, pero insuficiente. Hoy, la gestión de crisis es, ante todo, gestión de percepción. La respuesta debe ser inmediata, coordinada y estratégica pues no basta con reforzar la seguridad, es indispensable que el visitante la perciba. Controles de acceso más estrictos, presencia visible de seguridad y comunicación clara de protocolos no son solo medidas operativas, sino mensajes.
De igual forma, la comunicación internacional debe ser directa, transparente y constante. En un entorno hiperconectado, el silencio amplifica el miedo. Embajadas, operadores turísticos y medios requieren información oportuna y coherente, porque si el vacío informativo lo llenan otros, la narrativa se pierde.
Sin embargo, este episodio también revela una dimensión más profunda, la radicalización individual. El turismo, por su naturaleza abierta, es especialmente vulnerable a este tipo de amenazas. No existe sistema de seguridad capaz de anticipar completamente a un individuo motivado por ideologías extremistas, esto obliga a replantear no solo los protocolos turísticos, sino las políticas públicas en prevención, salud mental y control de discursos de odio.
El turismo global vive hoy en una paradoja: nunca ha sido tan relevante como motor económico y cultural, pero tampoco había estado tan expuesto a la incertidumbre. Aun así, la gente sigue viajando, porque viajar es aspirar, descubrir, conectar. Pero esa aspiración es frágil y depende de una emoción básica: la confianza.
Lo que está en juego tras lo ocurrido en Teotihuacán no es su valor cultural ni la viabilidad del destino, que permanecen intactos, sino la capacidad del país para gestionar la narrativa que sigue. Las crisis son inevitables; lo que define su impacto es la respuesta. México tiene hoy la oportunidad, y la responsabilidad, de demostrar que puede enfrentar un episodio de esta magnitud con inteligencia, transparencia y firmeza.
Porque en turismo la decisión de viajar no se toma con datos, sino con emociones. Y será la emoción que prevalezca, y sea miedo o confianza, la que determine la percepción global del país.
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