El dictador que inventó el gol
Por: José Adolfo murat
Benito Mussolini había visto exactamente un partido de fútbol en su vida cuando se convirtió en el hombre más poderoso de Italia.
No importó. Su instinto político era más preciso que cualquier estadístico deportivo. Entendió de inmediato lo que el fútbol era en realidad: no un deporte, sino una tecnología de masas. Una máquina para fabricar obediencia, patriotismo y la ilusión de pertenecer a algo más grande que uno mismo.
Lo que hizo a continuación cambió el fútbol para siempre — y el manual que construyó sigue vigente.
La operación calcio
Lo primero fue renombrar. El “football” — término anglosajón, extranjero, ajeno — desapareció de la terminología oficial italiana. En su lugar, Mussolini recuperó el *calcio*, un antiguo deporte florentino del siglo XV que guardaba una vaga semejanza con el fútbol moderno. El cambio era semántico, pero la señal era total: este deporte ya no pertenecía a los ingleses que lo inventaron ni a los obreros que lo popularizaron. Pertenecía al Estado fascista.
El *Duce* convirtió el fútbol en un mecanismo para, como lo describió el periodista Rafael Pérez Gay, “propagar el sentimiento de patria” — donde el fascismo equiparaba la identificación con el equipo a la identificación con el régimen. La pertenencia al grupo, la lealtad, la disciplina, la supeditación del individuo al colectivo. Todo lo que el fascismo exigía de sus ciudadanos, el fútbol lo podía enseñar en noventa minutos, con estadio lleno y bandera desplegada.
Junto al cine, la moda y el espectáculo, el deporte se convirtió en soporte del sistema político: movilización de jóvenes, propaganda y control social. Las portadas de los periódicos del régimen lo mostraban practicando esgrima, esquí y natación — el *Duce* deportista, el cuerpo del Estado encarnado en un hombre que nunca había visto un partido completo.
El primer Mundial robado
El 1934 fue el año en que el experimento alcanzó su escala máxima.
Italia organizó la segunda Copa del Mundo de la historia. La selección ganó el torneo en casa — con la decisiva ayuda, según documentaron cronistas de la época, de decisiones arbitrales que beneficiaron sistemáticamente al anfitrión. Los jugadores que competían para la Roma, el equipo rival del favorito fascista Lazio, fueron tratados como sospechosos de tibieza patriótica. Algunos fueron enviados con sus unidades militares al frente en Abisinia — la aventura imperialista con la que Mussolini pretendía reverdecer los laureles del Imperio Romano — precisamente cuando sus equipos los necesitaban.
El Inter de Milán fue forzado primero a llamarse Internazionale — nombre que los fascistas consideraban demasiado cercano a la Tercera Internacional Comunista de Stalin — y luego a rebautizarse Società Sportiva Ambrosiana. El fútbol no solo era propaganda. Era también castigo.
Italia repitió el título en el Mundial de Francia 1938. Aquellos triunfos son hoy una curiosidad histórica, un capricho del régimen que le costó al país veintitrés años de represión y muerte bajo la bandera negra del Gran Consejo Nacional Fascista.
El estadio como campo de concentración
Aquí es donde el manual se vuelve más oscuro — y donde más se resiste a ser contado.
En septiembre de 1973, el general Augusto Pinochet derrocó al gobierno democrático de Salvador Allende en Chile. Las semanas siguientes, las fuerzas militares utilizaron los estadios de fútbol del país como centros de detención masiva. El Estadio Nacional de Santiago concentró a miles de presos políticos. Allí se torturaba. Allí se ejecutaba. El mismo recinto donde se había jugado la Copa del Mundo de 1962 se convirtió, once años después, en uno de los símbolos más perturbadores de la represión latinoamericana.
El entrenador Ángel Cappa, que vivió de cerca esa historia, lo describe con una frase que no admite adornos: *”el golpe de Estado de 1973 utilizó los campos de fútbol como campos de concentración.”*
En Argentina, la operación fue inversa pero igualmente calculada. La dictadura de Jorge Rafael Videla no cerró los estadios — los llenó. Organizó el Mundial de 1978 y lo ganó. El centro clandestino de detención de la ESMA, donde se torturaba y ejecutaba a los desaparecidos, estaba a pocos kilómetros del estadio de River Plate donde Argentina levantó la copa. El mundo aplaudió de pie.
Pero Cappa señala algo que complica el análisis fácil: ese Mundial fue, paradójicamente, *”la única vez que el pueblo podía juntarse, gritar y sentirse contento, también colectivamente.”* La dictadura no solo usó el fútbol para distraer. Lo usó porque era la única válvula de alegría que no podía cerrar sin contradecir su propia narrativa de normalidad. La euforia fue real. El crimen también.
Esa doble verdad es la más incómoda del manual.
El manual que no caducó
Francisco Franco usó al Real Madrid como tarjeta de presentación internacional durante décadas — el club más ganador de Europa como demostración de que España, bajo su mando, producía grandeza. Vladimir Putin organizó el Mundial de Rusia 2018 quince meses después de que la comunidad internacional lo señalara por interferencia en elecciones extranjeras. La FIFA no encontró objeciones.
Qatar 2022 fue el torneo de un Estado que criminaliza la homosexualidad, cuya candidatura quedó marcada por investigaciones de corrupción que la FIFA archivó sin consecuencias mayores. En las obras de los estadios murieron trabajadores migrantes — la cifra de aproximadamente 6,500 muertes de trabajadores en Qatar entre 2010 y 2020, documentada por investigaciones periodísticas, permanece cuestionada en sus causas exactas pero no en su escala. Cappa no duda en nombrarla: *”6.500 de ellos muertos por falta de protección y tantos otros desastres que ni la FIFA ni ninguna otra autoridad en el mundo tienen en cuenta.”*
Hoy, Arabia Saudita compra clubes y ligas enteras — Newcastle United, contratos con Cristiano Ronaldo, Karim Benzema, Neymar — con la misma lógica con que Mussolini rebautizó al Inter: el fútbol como instrumento de legitimidad internacional, como cortina sobre lo que ocurre fuera del estadio.
Lo que vio Pasolini — y lo que perdimos
Mientras Mussolini armaba el mecanismo, Pier Paolo Pasolini lo leía desde la tribuna con la precisión de un poeta.
Pasolini dividió el fútbol en dos idiomas. Había un *fútbol poético* — el latinoamericano, el del barrio, el de la improvisación y la belleza inesperada. Y había un *fútbol en prosa* — el europeo, ordenado, eficiente, funcional. La distinción no era geográfica. Era política. El fútbol poético nacía donde el Estado no llegaba a controlar todo. El fútbol en prosa era el que el poder sabía domesticar.
Mussolini quería prosa. Siempre quiso prosa.
Lo que vio Pasolini — y lo que perdimos
Mientras Mussolini armaba el mecanismo, Pier Paolo Pasolini lo leía desde la tribuna con la precisión de un poeta.
Pasolini dividió el fútbol en dos idiomas. Había un *fútbol poético* — el latinoamericano, el del barrio, el de la improvisación y la belleza inesperada. Y había un *fútbol en prosa* — el europeo, ordenado, eficiente, funcional. La distinción no era geográfica. Era política. El fútbol poético nacía donde el Estado no llegaba a controlar todo. El fútbol en prosa era el que el poder sabía domesticar.
Mussolini quería prosa. Siempre quiso prosa.
César Menotti, el entrenador que ganó el Mundial de Argentina en 1978 — con la dictadura en el palco — articuló la contradicción con una claridad que todavía duele: *”el fútbol pertenece a la clase obrera y tiene la generosidad de hacer participar de este juego a las demás clases sociales.”* Menotti ganó ese torneo. Pero se negó a convocar a Maradona, que tenía diecisiete años, para no exponerlo a lo que el régimen representaba. Esa decisión dice más sobre el manual de Mussolini que cualquier análisis político.
Ángel Cappa cierra el argumento con una economía brutal: *”el fútbol le fue arrebatado a la gente a quien pertenece. El negocio desvirtuó su significado. Lo convirtió en una mercancía más.”*
Pero antes de que fuera una mercancía, fue un arma. Y el arma la fabricó un hombre que solo había visto un partido en su vida.
El espejo de 2026
Eduardo Galeano escribió alguna vez que el fútbol había emprendido *”un triste viaje del placer al deber.”* Lo escribió hace décadas. La frase no envejeció.
Este torneo se juega en tres países simultáneamente. Uno de ellos acaba de recibir un “FIFA Peace Prize” inventado semanas antes. Otro lo organiza desde una relación de tensión migratoria y comercial con el anfitrión principal. El tercero observa desde el norte con la distancia de quien sabe que no es el centro de la fiesta.
No hay dictadura visible. No hay estadios convertidos en campos de concentración. No hay árbitros comprados con nombre y apellido — al menos ninguno documentado todavía.
Pero la pregunta que Mussolini respondió en 1934 sigue sin respuesta satisfactoria en 2026. La formuló Cappa mejor que nadie:
¿A quién le robaron el fútbol — y cuándo dejamos de reclamarlo?
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