Frontispicio
Edgar Mereles Ortíz.
“Un disfraz no los hace indígenas
y un indígena no se disfraza para
defender su identidad.”
Hermenegildo García.
La apropiación cultural de la SCJN.
El jueves 26 de febrero los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación sesionaron de manera itinerante en el municipio de Tenejapa, Chiapas. Aún cuando la certeza jurídica de las resoluciones de los órganos jurisdiccionales se sostiene, entre otras características, en la ubicación de la sede y de los estrados para la realización de las sesiones del pleno de la Corte, los ministros itinerantes decidieron, sin fundamentar jurídicamente, sesionar fuera del edificio ubicado en la avenida Pino Suárez de la Demarcación Cuauhtémoc de la Ciudad de México, sede de los Poderes de la Unión, uno de ellos, el judicial.
Pero no satisfechos en sus afanes de turismo judicial, los ministros hicieron de la justicia un carnaval y del indigenismo, su comparsa. Ataviados con prendas, bastones y accesorios de los grupos étnicos, indígenas y oriundos de ese lugar sin que en ello existiera una actitud de identidad, sentido de pertenecía o solidaridad con las causas de los grupos sociales, campesinos, estudiantiles de mujeres y hombres del Estado de Chiapas.
Los ministros representan una investidura, un poder del Estado, una organización jurídica y política. El indígena es su tierra, la semilla que se convierte en masa, el río que nutre los bosques, la montaña que protege su misterio y misticismo, las nubes que navegan como espíritus de sus dioses, el canto que es la voz de su fe, la palabra que es el tuétano de su nacionalidad en esta nación de naciones. El indígena es el muerto por defender el éxodo de las mariposas, la mujer que llora por conocer la violencia entre sus piernas antes que el amor entre sus manos; el anciano que vive de la nostalgia por que le arrebataron sus semillas y lo atascaron de alcohol para sepultarlo en el olvido.
Los ministros no fueron a un encuentro con la historia, a allanar caminos de injusticia y hacer justicia para los que nunca han tenido nada, no son nadie y no hay alguien que recuerde sus caras. Los ministros fueron como los franceses en Michoacán, los anglosajones en Nayarit, los españoles en Tlaxcala, los alemanes en Chiapas, fueron a invadir, a recitar palabras huecas que nada tiene que ver con la miseria en la que los cafetaleros negocian con Nestlé y Starbucks para vender sus productos a precio de hambre, dolor y muerte.
Las ministras fueron a lucirse como Carlota en Morelos o como Josefina en España, un gesto de turismo que supla el entendimiento. Los ministros fueron a pasearse como Maximiliano en Chapultepec o como el Zar Alejandro en las campiñas francesas haciendo gala de sus mezquindades que son más honorables que la ignorancia de sus invadidos.
Fueron como Hernán en Cholula, conquistando, deslumbrando, sometiendo, apropiándose de lo ajeno, arrebatando el mando porque mandar es lo único que tiene importancia. Eso son los mandones de la Corte que no conocen las lenguas que oyen, no entienden los clamores de la sumisión que clama por una mejor vida. Son los mandones de la Corte que fueron a visitar santuarios sin respetar las creencias, caminaron sobre las mismas lajas por donde los jesuitas, dominicos y franciscanos crucificaban a lo paganos hijos de Quetzalcóatl.
Para acabar pronto, ni siquiera tuvieron el talento, carácter ni valentía para otorgarle a las comunidades indígenas y afromexicanas el reconocimiento a sus sistemas de autogobierno como una estructura de cuarto nivel de gobierno, por la sencilla razón de que los caciques mestizos y criollos o extranjeros no lo permiten.
El espectáculo es lo de hoy. Nueve representes del sistema judicial de la federación han descubierto que la Suprema Corte necesita de la exhibición, que la justicia necesita de incienso que tizne a todos, que los despojados reclaman más ostentación de camionetas muchachonas, más alhajas en las ministras, más corte ingles en los atuendos de los ministros.
Esta muestra de poder apenas está empezando.
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