El turismo invisible y los datos que los gobiernos aún no ven

Irene Muñoz

Por: Irene Muñoz

En un mundo que presume avances tecnológicos en todos los frentes, el turismo sigue siendo medido con herramientas del siglo pasado. Las estadísticas oficiales continúan ancladas en el número de pernoctas y en los registros de entradas por aeropuertos, ignorando la creciente complejidad del fenómeno turístico contemporáneo.

La realidad es que hoy, más que nunca, existen viajeros que no figuran en los reportes oficiales como son excursionistas de un solo día, nómadas digitales que no se hospedan en hoteles, visitantes que llegan para un evento y se marchan sin dejar rastro en las encuestas tradicionales. Todos ellos conforman lo que podríamos llamar el “turismo invisible”, una masa flotante de personas que consume, impacta y transforma los destinos sin ser contabilizada formalmente.

Esta ceguera estadística no es menor. Al subestimar la verdadera magnitud del turismo, los gobiernos diseñan políticas públicas sobre una imagen incompleta. Invierten en promoción sin saber realmente quiénes llegan, desde dónde o por qué. Saturan destinos sin anticipar la carga real sobre su infraestructura. Aplican normativas que no alcanzan al visitante real. Mientras tanto, otras regiones ya empezaron a corregir esta miopía. España, por ejemplo, ha dado pasos contundentes con plataformas como Dataestur y la Plataforma Inteligente de Destinos, que integran datos de múltiples fuentes como INE, Turespaña, redes sociales, apps de movilidad y terminales aéreas, para ofrecer una visión actualizada, dinámica y predictiva del turismo. En Andalucía, la inteligencia artificial ya se usa para anticipar flujos turísticos, personalizar experiencias y evitar la saturación de puntos clave como Sevilla y la Costa del Sol.

La investigación científica también ha hecho lo suyo. Estudios como el de Salas-Olmedo y Rojas demuestran que combinar fuentes digitales como PanoramioFoursquare y la red permite mapear con mucha mayor precisión la movilidad turística urbana que los censos tradicionales. A su vez, la literatura emergente sobre big data y turismo plantea que la única forma de entender el verdadero alcance territorial del fenómeno es integrar múltiples fuentes y metodologías. Pero esta promesa tecnológica también viene con una advertencia, como señala Weaver (2021), el uso masivo de datos puede derivar en una vigilancia sistemática del viajero, donde la persona es reducida a un patrón de consumo, despojada de contexto y de agencia.

México, mientras tanto, sigue operando con un modelo obsoleto. Las fuentes oficiales como INEGI y SECTUR ofrecen datos que sin duda son útiles pero limitados. No hay integración con fuentes como sistemas de geolocalización, datos bancarios, plataformas digitales ni movilidad urbana. En consecuencia, se toman decisiones estratégicas con mapas que no muestran todos los caminos, y con cifras que no reflejan todos los cuerpos. Esta subestimación tiene efectos concretos, ciudades que no planean bien su infraestructura, inversiones mal orientadas, programas de promoción que ignoran a sus públicos reales. No saber cuántos visitantes tiene un destino es tan grave como no saber cuántos ciudadanos viven en él.

Urge entonces entrar en una transformación profunda. Primero, debemos construir una infraestructura de datos turísticos integrada, que conecte lo público con lo privado y lo analógico con lo digital. Segundo, se necesita gobernanza clara y transparente a partir de datos abiertos, anonimizados y accesibles para quienes planifican, emprenden o investigan. Tercero, debemos medir más allá del ingreso económico, considerar la huella ambiental y el impacto social de cada visitante, visible o no. Y cuarto, diseñar marcos éticos que protejan la privacidad de las personas frente a una tecnología que todo lo ve.

No es solo una cuestión técnica. Es una decisión política. Seguir ignorando al turismo invisible es perpetuar la desigualdad en la distribución de sus beneficios y sus costos. Es diseñar ciudades para una ficción estadística, mientras se desatiende al visitante real. Es dejar que los datos disponibles se pierdan por falta de voluntad, de inversión o de visión. Aceptar esta nueva complejidad, en cambio, nos abre la puerta a una planificación más justa, estratégica y sostenible. Nos obliga a mirar más allá de lo evidente, a medir lo que importa y a gobernar con los pies en el suelo. Porque solo cuando vemos al turista completo, el que se queda y el que no, así como el que aparece en el registro y el que no, podremos aspirar a construir destinos que funcionen mucho mejor para todos.


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