Apuntes sobre la violencia

 

El hombre nació en la barbarie, cuando matar a su semejante era una condición normal de la existencia. Se le otorgó una conciencia. Y ahora ha llegado el día en que la violencia hacia otro ser humano debe volverse tan aborrecible como comer la carne de otro.

Martin Luther King

No sé si me atrevería a afirmar que la violencia es parte fundamental de la naturaleza humana, pero estoy cierto en que es una de sus características primordiales, y una de las más lamentables sin duda. Se podría decir que los progresos en educación, psicología, ciencia y tecnología han ayudado a nuestra especie a contener o canalizar de maneras terapéuticas y saludables el impulso animal de la violencia. Está bastante claro que, tristemente, no ha sido así.

Hoy, las imágenes que nos llegan todos los días de Ucrania son quizá el más terrible y angustiante recordatorio de nuestros tropiezos como especie. Lo peor aún es que no es el único. Los episodios de violencia -hablaré aquí sólo de la física- se suceden uno tras otro en todas las latitudes y de múltiples formas.

Y no es que hayamos “normalizado” la violencia, como se suele decir. En realidad, siempre hemos convivido con ella y nuestros niveles de afectación e indignación dependen de qué tan cerca la sintamos. Y creo que no podría ser de otra manera… ¿o sí?

Con qué recursos y herramientas emocionales, económicas, intelectuales o institucionales contamos para combatir a un mal que nos persigue desde que existe registro de nuestra existencia. Y en caso de que tengamos todos los recursos que mencioné e incluso más, ¿es eso suficiente?

Dado el camino que hemos recorrido hasta ahora, parece que toda estadística nos indica que las expresiones de barbarie nos seguirán, en mayor o menor medida, allá donde vayamos. Así, pareciera que cualquier esfuerzo civilizatorio por neutralizar a la violencia es insuficiente.

Soy padre de dos hijos y el tema no solo me ocupa, me preocupa. Todos los días ellos, yo y todos, estamos expuestos ante posibles expresiones de violencia que desafortunadamente no podemos controlar. Encender la televisión y ver los noticieros, leer diarios y portales de información o incluso darse una vuelta por cualquier red social nos dará como resultado un incesante bombardeo de imágenes violentas.

Ante tal y amargo recordatorio y frente a las muy reducidas posibilidades de poder generar un cambio significativo desde lo individual, la sensación que nos queda, sin duda, es la de sálvese quien pueda. No quiero sonar demasiado pesimista, eso no va conmigo. Pero la realidad nos explota muy seguido en la cara, y a veces hay que aceptar sin cortapisas los tragos amargos.

Creo que hoy, la situación del mundo y del país nos están dando algunos de los episodios y lecciones más duros de nuestra historia reciente. Espero que seamos capaces de aprender de ello, de no repetir los errores del pasado y de convivir, pero sobre todo, saber manejar y canalizar a ese impulso que nos persigue desde siempre.

No seré ingenuo al sugerir la posibilidad de erradicar la violencia, como lo he dicho a lo largo de este texto, eso no es una opción siquiera realista. Lo que creo es que nuestro trabajo en el manejo menos nocivo de la misma, ha sido, por lo menos insuficiente. Necesitamos mirarnos a nosotros mismos y a quienes nos rodean. Necesitamos profundizar en ello y cambiar el enfoque. Si la violencia es parte de nuestra condición humana, entonces hay que encontrar mejores vías que la neutralicen. El pasado que cargamos como civilización, e incluso nuestro presente, no se cansan de recordarnos que el precio que pagamos por no hacerlo, es bastante caro.