La medianía del gobierno y sus balances

Llegamos a la mitad del sexenio. Han sido tres años complicados y difíciles para un gobierno que se ha propuesto transformar al país. Más allá de derramar tinta y palabras, ya sea con loas o diatribas para esta administración, creo que el debate y la discusión deberían enfocarse en las lecciones que nos ha dejado hasta hora lo presidencia de Andrés Manuel López Obrador y qué vamos a hacer con ellas.

Una vez termine el sexenio, el presidente se irá, pero se quedará su legado, muy probablemente su discurso permeará el quehacer político durante algunos años y su manera de ejercer la política determinará la ruta a seguir.

Creo que no debemos subestimar el poder que ha tenido en una amplio sector de la población mexicana la retórica reivindicatoria del presidente. A lo largo de su trayectoria López Obrador les ha hablado a los marginados, a los desprotegidos, al pueblo de a pie que vive al día. Desde los albores de su carrera política, el tabasqueño supo muy bien cómo conectar con esa gran mayoría que hay en México, y sus amplias giras por el país no fueron meros baños de pueblo; él salió a entender cuál era la realidad de este país.

Y después de dos intentos fallidos por llegar a la silla presidencial, López Obrador cristalizó por fin el anhelado sueño de ser presidente. Podemos discutir si ese discurso tendrá o no repercusiones importantes para el futuro del país, si sus políticas públicas y programas sociales de verdad se encaminan a reducir la desigualdad y la pobreza, o si el diseño de su gobierno tiene miras a largo plazo, pero la realidad es que el país ha cambiado y la popularidad de quien lo gobierna está intacta, pese a todas las críticas que está administración carga en ciernes.

Desde luego todo lo que ha hecho este gobierno se puede debatir, y los datos y cifras están ahí: la economía se ha mantenido relativamente estable, pero permanece la incertidumbre antes los arranques y exabruptos de un presidente a veces demasiado temperamental. Ha habido incrementos significativos al salario mínimo y si bien hubo errores en el manejo de la emergencia sanitaria, el país nunca vio escenarios como los de El Salvador ni aplico estrictas medidas que coartaran la libertad de los ciudadanos.

Quizá el terreno de lo institucional sea el más interesante, puesto que la apuesta de este gobierno ha sido irregular, por un lado se ha planteado cambiar formas y maneras y evitar excesos y corrupción, por el otro hemos experimentado un notorio desgaste de los contrapesos y una asignación de presupuesto poco menos que equitativa.

La justificación oficial ha sido que todo ellos se hace con el objetivo de que se cumplan las metas de la 4T.

Todo lo anterior es debatible y ya veremos cuáles serán los saldos y si nuestros sistema político será capaz de afrontarlos.

Lo que más me interesa, y que lo mencione unas líneas arriba, es el cambio de tono, los deseos de transformar al país, el eco que eso tiene en un gran mayoría y cómo vamos a trabajar con ello el día después. Para bien o para mal, la llegada de López Obrador ha significado una vuelta de tuerca en el discurso y postura de muchos actores, tanto del sector público como privado, y citando a Blanca Heredia, era algo que necesitábamos vivir como país.

Más allá de filias y fobias, de errores y aciertos, lo que importa aquí es lo que nos deja esta aplanadora política que se llama Andrés Manuel López Obrador y que ha modificado las reglas del juego en este país. ¿Cómo vamos a rescatar sus aportes? ¿Cómo vamos a combatir sus excesos? ¿De qué manera vamos a construir una oposición si disentimos? ¿Ha significado algo poner al centro de la agenda a una clase social históricamente marginada? ¿Seremos capaces de construir un país distinto a partir de este gobierno? ¿Nuestro sistema político se verá fortalecido o más bien debilitado una vez que López Obrador termine su gestión?

Son muchas preguntas que tenemos que hacernos como ciudadanos, porque si bien la responsabilidad de gobernar recae en un grupo de individuos con acceso directo el poder, la responsabilidad de evaluar, premiar, castigar y dar continuidad o no a un proyecto de país, esa, es nuestra. Valoremos, en la medianía de este gobierno, con qué vale la pena quedarse y con qué no.