CELEBRAR LA VIDA

Pbro. Dr. Daniel Valdez García

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

Con esta reflexión pretendo aportar elementos que iluminen nuestra actual cultura y homenaje a los fieles difuntos, llamado en México “Día de muertos”.

Todas las épocas y todos los pueblos han dedicado días en su calendario de celebraciones para honrar a sus muertos. En el Oriente es ineludible el recordar el legado de sus muertos, y para las culturas prehispánicas de América Latina era asunto de honor que se mezcló con la llegada del Evangelio al continente y al paso de los años de ha tornado entre profana y religiosa e incluso raya entre el vicio y el fanatismo.

En la Iglesia católica celebramos el 1º de noviembre la solemnidad del Día de Todos los Santos, y el día 2 honramos la memoria de los fallecidos con el Día de los Fieles Difuntos. Se trata de dos acontecimientos que en ocasiones pueden llegar a confundirse, pero que presentan diferencias, a pesar de que en ambas se rememora a los seres queridos.

1. 1. UN POCO DE HISTORIA

Los primeros cristianos, como consta los escritos del Nuevo Testamento y otros escritos, tras ascensión de Jesús se reunían para celebrar «El Día del Señor», ¡Jesucristo ha resucitado! Es el gran mensaje cristiano, el motivo más profundo de alegría, pues ha vencido a la muerte y al pecado para siempre, que volverá glorioso para establecer la vida eterna (Hechos 2, 20; 20,7; 2 Tesalonicenses 2, 2; 2 Pedro 3, 10; Apocalipsis 6, 17; 16, 14; Didajé; San Ignacio de Antioquía, “Carta a los magnesios”; San Justino mártir, “Apología”, 1, 69; Orígenes; Jerónimo de Estridón), y durante las persecuciones del año 64 al 313, cuando los cristianos eran martirizados… Asistían a la Cena del Señor con esfuerzo y peligro para su vida… No fue hasta el 7 de marzo del año 321, cuando Constantino I el Grande decretó que el domingo sería observado como el día de reposo civil obligatorio (Codex Justinianus, lib. 3, tit. 12, 3).

Es a partir del siglo II los cristianos se reunían en la catacumbas en Roma y comenzaron a celebrar sobre la tumba de los mártires, se celebra el día de la muerte de alguno de ellos porque ese día se nace a la vida eterna vinculado estas celebraciones con la resurrección de Cristo se fueron uniendo a la celebración de la «Eucaristía», tras las persecuciones de los emperadores romanos diversos mártires coincidían el mismo día de su muerte se dio la necesidad de poner un día de celebración en común para honrarlos, fue el papa Bonifacio IV quien dio inició formalmente lo que más tarde se conocería como el “Día de Todos los Santos” el 13 de mayo en el año 609, en la dedicación del Panteón de Roma como Iglesia en honor a la Virgen María y a todos los mártires. La fecha actual del 1 de noviembre fue establecida por el papa Gregorio III al dedicar una capilla en la Basílica de San Pedro de Roma en honor a todos los santos, en un principio esta celebración se limitaba a Roma, fue en el año 837 que el papa Gregorio IV ordenó la observancia oficial del Día de Todos los Santos cada 1º de noviembre y extendió su celebración a toda la Iglesia.

1. 2. LA LOGICA DE LA VIDA

Si algunos cristianos murieron en olor de santidad e indudable martirio, hubo cristianos que murieron de manera natural como todos los seres humanos, aquellos que fueron beatificados o canonizados tienen una fecha establecida para hacer presente sus testimonios como vidas ejemplares, los otros que han acaecido y hasta donde se sabe son llamados “fieles difuntos”, para lo cual el texto del Antiguo Testamento del 2 Macabeos 12, 46 ha sido de gran inspiración para orar por los difuntos como gran obra de piedad. En la llamada “Díptica” la Iglesia primitiva en Roma acostumbraba a anotar en dos listas pareadas los nombres de los vivos y los muertos por quienes se había de orar. Y desde el siglo VI los monjes benedictinos dedicaban el día posterior a la celebración de Pentecostés a orar por los difuntos. En el año 998, el monje benedictino San Odilón de Francia instituyó esta celebración que tiene lugar el 2 de noviembre y fue adoptada por Roma en el siglo XVI, a partir de entonces comenzó a rememorarse entre los católicos de todo el mundo. La finalidad de la dedicación a la oración por todas las almas de los que han acabado su vida terrenal y aún permanecen en estado de purificación, es para que la Iglesia purgante acabe dicha etapa, alcance la presencia de Dios y goce de la vida eterna.

De manera concreta en México, con la llegada de los conquistadores se dio el mestizaje que cundió también la cultura, la religión y hasta la política. Los pueblos originarios de estas tierras tiene un complejo entramado para celebrar a los ancestros fallecidos constituyéndose uno de los hechos más representativos y trascendentes de la vida comunitaria. Al parecer, es una de las celebraciones mayoritarias, posiblemente, superando a la misma celebración de la Navidad, de tal manera que dicha celebración se torna identitaria y tipifica la cosmovisión de cada grupo y su entorno.

En el imaginario colectivo, las celebraciones anuales destinadas a los muertos representan de igual manera un momento privilegiado de encuentro no sólo de los hombres con sus antepasados, sino también de los integrantes de la propia comunidad entre ellos. Por ejemplo, en los vecindarios urbanos o en las localidades más apartadas, durante varios días, suelen tener lugar diversos encuentros, ya sea de carácter preparatorio o de índole ritual, que propician numerosas interacciones de grupos, de familias o de comunidades enteras entre sí y con sus muertos. Es realmente hermoso y motivador ver cómo las personas reservan espacios y tiempos para estar con la familia, poner su ofrenda, ambientación, visitar los panteones y convivir en una celebración que supera la muerte y se torna en vida de multicolores formas, aromas, sabores, colores, rezos, ritos que mezclan prácticas, creencias y manifestaciones diversas para honrar a los muertos.

Todo lo anterior es un reto a la re-cristianización y evangelización porque ha ido perneando el sincretismo desde el norte de nuestro vecino país con la celebración pagana del Halloween, de lo cual los hermanos no católicos tomaron posiciones apologéticas en defensa de la fe y algunos católicos han asumido dichas actitudes con posturas más detractoras que evangelizadoras, pues hay papás que visten a sus niños de personajes de las tinieblas y el terror sin mala intención; y por supuesto que para los jóvenes todo lo que significa fiesta, integración y celebración tiene su propia atracción. Y aunque esto se ha tornado más en una mercadotecnia y motivo para reactivar la economía, de eso no hablo porque no es el motivo de este mensaje. Sin embargo, insisto re-cristianizar y evangelizar es el camino y la tarea inacabable de la Iglesia que celebra la vida que nos ha sido dad en Jesucristo (2 Timoteo 1, 9).

1. 3. CELEBRAMOS LA VIDA

Jesucristo al resucitar ha inaugurado una nueva creación más esplendorosa que la primera, porque eso vivir la vida de Dios, pues no sólo resucitó para vivir como había venido, sino para nosotros pudiésemos vivir la vida eterna a la que Dios nos ha llamado desde el inicio de la creación. Dice san Pablo: «Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra» (Efesios 1, 3-10).

«No es Dios de muertos, sino de vivos: por que para Él todos están vivos» (Mateo 22, 32). Con esta afirmación, Jesús nos recuerda que ni la muerte, ni el sepulcro tienen la última palabra en nuestras vidas, sino que todos estamos llamados a una vida resucitada con Él. Pues Dios Padre que nos ama profundamente, nos ha creado para la vida y no para la muerte. Y la vida que nos espera, es la vida en Dios: donde todo llega a su plenitud y todo queda transformado. Por eso, cada vez que honramos la memoria de nuestros fieles difuntos y no sólo en un tradicional y vistoso “Día de muertos”, todos los días podemos nuestras las palabras el apóstol san Pablo: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Más gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Corintios 15, 55-57).

No nos regodeamos en la muerte, no nos sentimos fracasados ante el pecado que nos arrebata la gracia, sino que celebramos a los santos y honramos a los muertos con la más humilde de todas las virtudes, con la esperanza que es como una brasa o una semilla de mostaza, tan necesaria y tan importante para no perder el sentido de la vida, ya que esta pandemia hizo víctimas a muchos de nuestros seres queridos. Digamos junto con san Pablo: «Yo, por mi parte, mediante la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí» (Gálatas 2, 20); y reflexionemos con la estrofa, que tanto santa Teresa de Jesús como san Juan de la Cruz, tienen en sus poemas: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”.

Finalmente, comparto este sencillo poema que hice para honrar la memoria de mis padres:

Amados padres, estoy con ustedes,
a pesar del tiempo y de la muerte.
Viven en mente, porque el amor es
más fuerte que la misma muerte.

Mucho me dolió su partida,
pero más grande es mi gozo,
venida el cielo su bendición es bienvenida,
y es motivo de renuevo alborozo.

Amadísimos padres, no los olvido,
mientras vivo el sol acaricia mi faz,
Dios me libre de tal descuido,
y a él le pido los tenga en paz.