La educación mexicana en la pandemia

 
Pedro Isnardo de la Cruz y Juan Carlos Reyes
 
 
Futuro incierto, el México-mañana se nos desdibuja, se nos escurre como agua de las manos.
 
Demasiados y complejos problemas en la era de la improvisación y del voluntarismo.
 
Central para los procesos de innovación y competitividad es el modelo educativo, hoy destruido porque la dirección está en manos de los dirigidos, de los medios, no hay fin último.
 
Y como corolario del fatalismo la pandemia nos aplasta, un esfuerzo de vacunación cuyos resultados no abarcan el uno por ciento de la población mexicana de 129 millones.
 
Asentamos aquí que las vacunas serían distribuidas con criterios geopolíticos; ese es el tamaño y peso específico del Estado mexicano en el concierto internacional. La retórica no alcanza.
 
El mundo se fragmenta, se cuestionan los esquemas de orden estatal, los sistemas de salud y de pensiones, los mercados y los equilibrios hacia la paz mundial.
 
La trípode hegemónica -China, Rusia y los Estados Unidos de América-, recrean procesos de construcción hegemónica con los recursos de que disponen. El resto de las naciones se deben alinear, mientras la retórica nacionalista se evidencia desdén a la sociedad en los hechos.
 
Los expertos coinciden en que el proceso de enseñanza aprendizaje no volverá a ser igual, aunque el zoom y el aula virtual resulten recursos que maximizan fines y valores implícitos propios de la tecnologización de la educación.
 
Justo en este proceso global, los estándares globales de evaluación y adopción de modelos educativos (con las pruebas PISA como punto hegemónico culminante), la uniformidad de los saberes, la formatización de las prácticas de aprendizaje, llevando al extremo de tratar a cada niña/o como una máquina de reproducción de la ideología de la competencia y la individualización (Phillippe Meurieu).
 
Frente a ello, la palabra, la comunicación, los afectos y entendimientos resultan indispensables.

Los alumnos se agotan, se distraen, se hartan, se aburren, encuentran monótono e incómodo la rigidez de la cámara, lo impersonal que resulta atender al docente desde un ordenador, la cotidianidad de la tecnología que les des individualiza y ante la que la profesora/el profesor, desaparecen progresivamente frente al ordenador, el smart phone y la última novedad tecnológica didáctica.

El COVID seca las finanzas del Estado, destruye la economía e inflama órganos y también el ánimo social; la desesperanza crece, la depresión parece marcar el signo de nuestro tiempo.

Ahora, millones de niños y jóvenes abandonan las aulas (por la pandemia/la falta de dinero/la necesidad de trabajar), en los espacios de la educación pública y, también, en los de la educación privada.

En su último estudio, el profesor de carrera Alvarado Garibaldi, sustenta la insensatez característica de mantener sexenio tras sexenio en las últimas décadas, el guión de políticas públicas homogéneas para una juventud heterogénea: “a pesar de que la coyuntura fue una oportunidad extraordinaria para explorar nuevas formas de vinculación institucional, no se ha generado aún entre el gobierno y los jóvenes mexicanos una relación distinta a la que caracterizó a las administraciones emanadas del Partido oficial, ni se modificaron la orientación, los contenidos, ni la forma de diseñar y ejecutar la política pública para este sector de la sociedad.” (Alvarado, Salvador, 2019, Apuntes para una política de juventud, Orfila, México).

Debemos insistir en que no son suficientes el sentido común, la semaforización artificial epidemiológica y la preservación de la economía como parámetros para que docentes y alumnado de todos los niveles regresemos a las clases.

Como bien señala Manuel Gil Antón citando a Gustavo Galli, “frente a la liviandad ignorante, hay que romper con el sentido común entendido como un pensamiento superficial, que no advierte que hay muchas variables, y además se entrelazan, en la posibilidad del regreso presencial a las escuelas y las aulas suspendido desde el inicio del confinamiento (…) Sólo un ejemplo: los alumnos, profesores y trabajadores no aparecen en las escuelas, no brotan en el patio de recreo, sino que se trasladan.”

“En muchas ocasiones el camino a la escuela es corto y sin recargar a los ya de por sí congestionados medios de transporte en la ciudad, pero en otros lo incrementaría en millones de traslados/personas, en horarios muy específicos, lo cual puede, con ganas de cerrar una grieta abrir otra y quizá mayor: el incremento de contagios de forma muy grande. Sólo si no comprenden a la escuela como lugar de encuentro pueden decir esas cosas. La escuela no es ellxs y nosotrxs. Al menos no para mí y para gran parte de mis compañerxs docentes” (Galli).

Sin educación no hay progreso, ni libertad, ni dignidad: crecerán las masas consumistas, moldeables y sujetas a la manipulación demagógica, materialista, vacía, que acreciente la drogadicción y la escuela criminal como opciones ilusorias de destino y el suicidio, como herramienta liberadora.

Definitivamente no nos cayó como anillo al dedo la rueda fatalista, el caos y la confusión. No sabemos si sólo nos falta atestiguar que los soldados saldrán a dar clases en nuestra República.

Necesitamos asumir la pandemia como un desafío de reeducación pública en el diálogo, en la escucha, en la deliberación, en el abordaje colectivo de sus consecuencias y sus lecciones.

Evitemos que se mantenga esta espiral de desencanto educativo en nuestra niñez y juventud, el abandono de Estado de los docentes y sus capacidades pedagógicas para transformar desde el aula las directrices globales, para reconstruir el sentido de coeducación emocional (Caroline Jambon), de preservación del ejercicio pleno de los derechos de niñas, niños y jóvenes.

Una educación en la no se les impongan parámetros y contenidos irreflexivamente: aboguemos por una educación que preserve sus autonomías, inclusiva y con auténtico sentido de construir nuevas comunidades armónicas y sostenibles.

El Estado está rebasado, agotado, exhausto.

Solo la sociedad civil habrá de empujarlo para su renovación.

Surgirá una educación cívica, consciente y critica que dibuje la cohesión social y un macroproceso de unidad nacional. Estamos demasiado confrontados. Esta disrupción será temporal.