Criterio independiente – Tributo a las personas amadas, estimadas y reconocidas que ya no están

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Cuando la familia de don Pascual se enteró del padecimiento, conoció la verdad y la realidad del virus Covid-19.

Don Pascual murió de un infarto mientras padecía Covid-19.

A su hijo Vicente lo mató el coronavirus.

Ellos se fueron juntos con sus grandes sonrisas.

Paula, la esposa de don Pascual está delicada y sigue luchando contra este escurridizo virus.

Elizabeth, Griselda, Reyna y Verónica tres de sus hijas se recuperan del ataque viral que se ensaña con las personas, pero ahora su tragedia se hace insufrible con el padre y el hermano fallecidos.

Sólo una de las hijas de don Pascual escapó del contagio: Andrea, quien formó parte de una congregación religiosa y hoy agradece a Dios haberla aislado de cualquier mal.

César Octavio, el yerno de don Pascual quedó contagiado y va derrotando a ese virus.

Vanesa es cónyuge de Juan Carlos, hermano del yerno de don Pascual, los dos alojaron en sus cuerpos el coronavirus y lo han expulsado de manera satisfactoria.

Antonio y su esposa Teresa, quien es hermana de Vanesa, requirieron oxígeno y salen adelante del contagio que alcanzó a su hija Alejandra y a sus hijos Víctor Hugo y Julio César.

José Manuel falleció pues no pudo contra el coronavirus. José Manuel era hermano de Antonio, esposo de Teresa.

Estas personas no son un número estadístico, son seres humanos con un apellido con ascendencia y descendencia, con un nombre como el que todos tenemos.

Pocos podrán negarlo: nuestra relación con el Covid-19 es tan estrecha que ya es algo cercano para la de la mayoría de las familias mexicanas.

Lo viral es la ferocidad del virus.

Facebook, WhatsApp y llamadas telefónicas comunican a amigos y familiares los nombres de conocidos y miembros de la familia que han caído contagiados y contagiados que murieron.

Los medios informativos impresos y electrónicos publican esquelas que nombran a los caídos por la pandemia virulenta.

Artistas y celebridades, políticos no tan celebrables, intelectuales y científicos, trabajadores y servidores públicos de todos los ámbitos de gobierno, muchos son mencionados por haberse contagiado y por haber muerto a consecuencia del Covid-19.

Hay otro virus letal para la calidad de la vida cívica: decir que todo va bien, el virus de la mentira que ha infectado la vida pública de México.

Una de las cepas de este virus que mata la confianza ciudadana es faltar a la verdad como un intento de tapar las dimensiones de la presencia del Covid-19.

A la mayoría de las familias mexicanas las ha alcanzado la realidad, la verdad del Covid-19.

La popularidad de los gobernantes parece firme al estar teñida por el negro luctuoso que parece que nunca se desteñirá.

Tal vez…

Quizá el dolor oculte el enojo y la insatisfacción.

Quizá la turbación esconda la impotencia y la rabia.

Quizá el duelo que obliga a rezar 9 días y a guardar 40 días encubra complicidades y culpas.

Aún no hay vacuna contra la voluntad ciudadana que cada tres y cada seis años condena a los indolentes a padecer su propio calvario: la defenestración.