Batalla tecnológica
Por: Azul Etcheverry
La inteligencia artificial ha dejado de ser una tecnología del futuro para convertirse en uno de los principales escenarios de competencia económica, tecnológica y geopolítica del presente. Estados Unidos y China encabezan esta carrera, pero lo que está en juego va mucho más allá de determinar cuál de los dos países desarrolla la herramienta más eficiente. La verdadera disputa consiste en definir quién establecerá las reglas de una tecnología capaz de transformar industrias, modificar la seguridad internacional y cambiar la manera en que millones de personas trabajan, se informan y toman decisiones. Por ello, el avance de la inteligencia artificial exige no solo innovación, sino también reglas claras que permitan aprovechar sus beneficios sin convertirla en una nueva fuente de riesgos globales.
En los últimos años, la inteligencia artificial ha avanzado de manera exponencial y se ha incorporado a actividades que forman parte de la vida cotidiana. Desde organizar una agenda, automatizar servicios y procesar grandes cantidades de información hasta apoyar investigaciones científicas y desarrollar nuevas tecnologías, sus aplicaciones son cada vez más amplias. Esta expansión ha generado una competencia particularmente intensa entre las empresas estadounidenses y chinas, que buscan desarrollar modelos capaces de ofrecer mejores resultados, mayor velocidad y menores costos. La carrera tecnológica se ha convertido así en una extensión de la rivalidad estratégica entre ambas potencias.
China ha demostrado que las restricciones impuestas por Estados Unidos no han sido suficientes para frenar su desarrollo tecnológico. A pesar de las sanciones y de las limitaciones para acceder a determinados componentes y tecnologías estadounidenses, empresas chinas han continuado desarrollando soluciones de inteligencia artificial y, en algunos casos, han contribuido a reducir los costos de acceso a estas herramientas. Esto tiene una consecuencia geopolítica importante: mientras la inteligencia artificial se vuelve más accesible, aumenta también la posibilidad de que los países del llamado Sur Global puedan incorporarse a esta transformación tecnológica sin depender completamente de las grandes potencias occidentales.
Pero la velocidad con la que avanza esta tecnología también está generando preocupaciones que no pueden ignorarse. Algunos sistemas de inteligencia artificial han demostrado comportamientos inesperados y capacidades para identificar vulnerabilidades en sistemas informáticos, incluso bajo determinadas condiciones en entornos desconectados de internet. Estos episodios han alimentado el debate sobre el grado de autonomía que debe permitirse a estos sistemas y sobre quién debe asumir la responsabilidad cuando una inteligencia artificial toma decisiones que pueden tener consecuencias reales para personas, empresas o gobiernos.
La preocupación se vuelve todavía mayor cuando la inteligencia artificial entra en el terreno militar. Durante el conflicto entre Israel e Irán, surgieron reportes sobre el uso de sistemas de inteligencia artificial en procesos relacionados con la identificación de objetivos y la planificación de operaciones militares. La posibilidad de que una tecnología pueda participar en decisiones relacionadas con ataques plantea una pregunta que la comunidad internacional no puede seguir posponiendo: ¿hasta dónde debe llegar la autonomía de una máquina cuando una decisión puede significar la vida o la muerte de una persona? El desarrollo tecnológico no puede avanzar más rápido que nuestra capacidad para establecer límites éticos y jurídicos.
China parece haber entendido que la competencia por la inteligencia artificial también será una disputa por las reglas que gobernarán su desarrollo. En ese contexto, junto con otros países, impulsa espacios de cooperación internacional orientados a establecer mecanismos de gobernanza para la inteligencia artificial, particularmente en el Sur Global. La creación de organismos como la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial busca abrir un espacio para que los países en desarrollo tengan participación en una discusión que durante demasiado tiempo ha estado dominada por Estados Unidos, China y las grandes empresas tecnológicas. México, sin embargo, no forma parte actualmente de este esfuerzo, mientras que Brasil, Venezuela, Cuba y Nicaragua sí participan como países latinoamericanos.
La posición de México resulta especialmente relevante por su papel dentro de las cadenas globales relacionadas con la tecnología. El país se ha convertido en un importante centro para la producción y distribución de insumos vinculados con la inteligencia artificial, solo por detrás de China y en competencia con economías asiáticas como Malasia, Vietnam y Tailandia. Sin embargo, ser un actor relevante en la cadena de suministro no significa necesariamente estar preparado para aprovechar plenamente la revolución tecnológica. La adopción de estas herramientas todavía es desigual entre la población y persisten importantes retos en materia de infraestructura, educación digital, protección de datos y regulación.
México necesita, por ello, acelerar la construcción de un marco jurídico que permita aprovechar la inteligencia artificial sin dejar espacios de incertidumbre frente a sus posibles abusos. Ya existen disposiciones legales que permiten sancionar determinadas conductas, como la manipulación de imágenes de una persona sin su consentimiento, pero el desafío es mucho mayor. Se necesitan reglas que definan responsabilidades, protejan los datos personales, combatan la desinformación y establezcan límites claros para el uso de sistemas de inteligencia artificial por parte de empresas, instituciones públicas y fuerzas de seguridad. Regular no significa frenar la innovación; significa crear las condiciones para que esta pueda desarrollarse de manera responsable.
La inteligencia artificial representa, en definitiva, un nuevo frente de la competencia global. Estados Unidos y China están disputando el liderazgo tecnológico, mientras otros países buscan evitar quedar relegados a ser únicamente consumidores de una tecnología que transformará sus economías y sociedades. Para México, el desafío consiste en aprovechar su posición estratégica dentro de las cadenas de suministro, impulsar el desarrollo de talento y participar activamente en las discusiones internacionales sobre su gobernanza. La inteligencia artificial no debe convertirse en una carrera en la que el único objetivo sea llegar primero. El verdadero liderazgo será de aquellos países capaces de desarrollar tecnología avanzada y, al mismo tiempo, establecer límites que protejan a las personas, la seguridad y la democracia. Si el mundo no logra construir esas reglas ahora, podría terminar intentando regular una tecnología cuyos riesgos ya sean mucho más difíciles de controlar.
