MIGRANTES: LA FUERZA LABORAL QUE MÉXICO SIGUE SIN APROVECHAR
Por: Daniel Lee
Mientras el debate público continúa atrapado entre discursos de control fronterizo, deportaciones y seguridad nacional, una realidad económica comienza a imponerse con fuerza: México enfrenta un déficit estructural de trabajadores que podría convertirse en uno de los principales obstáculos para su crecimiento durante la próxima década.
La afirmación realizada por Dana Graeber, jefa de misión de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), resulta tan contundente como reveladora. Según la representante internacional, México tendría la capacidad de cubrir más de 13 millones de vacantes laborales mediante la incorporación de población migrante. No se trata de una cifra menor. Es una señal inequívoca de que la migración ha dejado de ser únicamente un fenómeno humanitario para convertirse en un asunto estratégico de desarrollo económico.
Durante años, el país observó la migración exclusivamente como una problemática asociada al tránsito hacia Estados Unidos. Sin embargo, la nueva realidad regional obliga a replantear esa visión. México ya no es solamente un país de origen o de paso; se está convirtiendo también en un país de destino para miles de trabajadores provenientes de Centroamérica, Sudamérica, el Caribe e incluso de otras regiones del mundo.
Mientras sectores productivos enteros reportan dificultades crecientes para encontrar mano de obra, millones de personas migrantes permanecen atrapadas en la informalidad, la incertidumbre jurídica y la precariedad laboral.
Industria manufacturera, construcción, agricultura, logística, transporte, turismo y servicios enfrentan déficits de personal que amenazan su competitividad. Al mismo tiempo, miles de migrantes con experiencia, capacitación y disposición para trabajar encuentran enormes barreras administrativas para regularizar su situación migratoria y acceder a empleos formales.
El problema no es la falta de trabajadores. El problema es la falta de voluntad política para construir mecanismos eficientes de integración laboral. Las declaraciones de la OIM ponen sobre la mesa una verdad incómoda para muchos sectores políticos: los migrantes no representan una carga económica; representan una oportunidad económica.
Diversos estudios internacionales han demostrado que cuando una persona migrante accede a la formalidad laboral, aumenta su capacidad de consumo, contribuye mediante impuestos, fortalece los sistemas de seguridad social y dinamiza las economías locales. Lejos de desplazar trabajadores nacionales, suelen cubrir vacantes que permanecen desocupadas o que enfrentan escasez de personal.
Sin embargo, persiste una visión burocrática que continúa asociando la regularización migratoria con riesgos administrativos, cuando la evidencia demuestra exactamente lo contrario. Regularizar significa ordenar, supervisar, registrar y aprovechar el potencial productivo de una población que ya se encuentra presente en el territorio nacional.
#Las OrganizacionesMigrantesMexicanas han seguido con atención este debate. Desde distintos espacios binacionales se ha insistido en que México debe comenzar a aplicar hacia los migrantes que llegan al país los mismos principios de dignidad, inclusión y oportunidades laborales que exige para los mexicanos que trabajan en Estados Unidos.
Integrantes de la organización #FuerzaMigrante han señalado en diversas ocasiones que la movilidad humana debe entenderse como una herramienta de desarrollo compartido y no como un problema de seguridad pública. Para esta organización, la integración laboral de las personas migrantes fortalece las cadenas productivas, genera riqueza y contribuye a la estabilidad económica regional.
De igual manera, dirigentes de federaciones de clubes de migrantes mexicanos en Estados Unidos han sostenido que la experiencia migratoria demuestra que las economías más dinámicas son precisamente aquellas que logran incorporar exitosamente a trabajadores provenientes de distintos países. La historia de los mexicanos en Estados Unidos constituye la mejor prueba de ello. Durante décadas, millones de connacionales han sostenido sectores fundamentales como la agricultura, la construcción, los servicios, la manufactura y el transporte, generando riqueza para ambas naciones.
Resulta entonces contradictorio exigir oportunidades para los mexicanos en el extranjero mientras se limitan las posibilidades de integración para quienes buscan construir una nueva vida en México.
La discusión también adquiere una dimensión demográfica. El envejecimiento poblacional comienza a sentirse en diversas regiones del país. Cada vez más empresas enfrentan dificultades para reemplazar personal jubilado o cubrir posiciones técnicas especializadas. En este contexto, la migración puede convertirse en un factor de equilibrio para el mercado laboral.
Países como Canadá, Alemania o España han comprendido que la movilidad humana es parte de la solución a sus desafíos económicos. México podría recorrer una ruta similar si abandona la visión reactiva que históricamente ha caracterizado su política migratoria.
La oportunidad es enorme. Más de 13 millones de vacantes representan producción, inversión, crecimiento y competitividad. Representan también millones de historias de personas que buscan trabajar, aportar y construir un futuro digno.
La pregunta ya no es si México necesita trabajadores migrantes. La pregunta es cuánto tiempo más está dispuesto a desperdiciar una fuerza laboral capaz de impulsar su desarrollo económico.
Porque mientras algunos continúan viendo a los migrantes como un problema, los datos comienzan a demostrar que podrían ser una de las respuestas más importantes para el crecimiento del país en las próximas décadas.
La migración no debe administrarse desde el miedo.
Debe gobernarse desde la inteligencia económica.
Y en ese terreno, México aún tiene una enorme deuda pendiente.
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