Finalmente, el destino nos alcanzó
Por: Enrique Jacob Rocha
El Mundial está a la vuelta de la esquina, y, con él, el país se aproxima a uno de esos momentos excepcionales en que una nación se expone ante los ojos del mundo sin intermediarios, sin filtros, sin margen para la narrativa. Es el peor momento posible para cobrar consciencia de lo que pudo haber sido y no fue.
Hace ocho años, con la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) en Texcoco, no se enterró una obra: se arrojó por la borda una posibilidad histórica de desarrollo. El NAIM no era un proyecto de infraestructura más, ni una discusión técnica entre modelos de conectividad. Era una apuesta de escala civilizatoria: un nodo destinado a redefinir la inserción de México en los flujos globales, a ampliar su capacidad logística, a fortalecer su competitividad y a producir una nueva geografía del desarrollo en el corazón del país. Cancelarlo, cuando llevaba un 33 por ciento de avance constructivo, fue un error histórico. Hoy estamos pagando la factura.
El costo que no desaparece
Hay decisiones públicas cuyo error no se agota en el instante en que se anuncian. La gravedad de aquella cancelación se aprecia, en primer lugar, en su irracionalidad financiera: se destruyó una obra con recursos cuantiosos ya comprometidos —muchos respaldados por capital privado— para trasladar al erario una carga multimillonaria sin obtener infraestructura funcional alguna. Se disolvió la lógica del proyecto, pero se conservaron sus costos. México terminó pagando como si hubiera querido modernizarse, pero sin modernización. Los derechos de uso aeroportuario que habrían servido para construir una obra estratégica terminaron comprometidos al pago de bonos por una obra que nunca existió.
Sin embargo, reducir el daño al terreno contable sería no comprender la verdadera trascendencia del error. Lo más oneroso fue su dimensión histórica. México renunció a construir el hub aeroportuario que habría articulado buena parte de la conectividad aérea de América Latina. La conectividad es una forma de poder: los países que lo entienden convierten su infraestructura en plataforma de influencia y crecimiento; los que no, observan cómo otros ocupan el espacio que ellos mismos decidieron abandonar. El ganador fue Panamá. La pérdida fue nuestra: una posibilidad concreta de colocarnos en otra escala de interlocución regional, desaprovechada por decreto.
Una promesa de justicia territorial
Aún más profunda fue la renuncia territorial. El nuevo aeropuerto estaba llamado a convertirse en el detonador de una transformación largamente postergada en la zona oriente del Estado de México: una región marcada por la precariedad urbana, la desigualdad acumulada y el abandono estructural. Allí donde durante décadas se asentó una parte crucial de la fuerza laboral metropolitana sin que el desarrollo llegara con la misma intensidad, la obra prometía algo más importante que una terminal aérea: prometía centralidad metropolitana. En su estimación más conservadora, el proyecto generaría más de 400 mil empleos formales y comenzaba ya a reorganizar expectativas educativas, productivas y de movilidad social en torno a esa nueva vocación.
Para cientos de miles de habitantes del oriente mexiquense, la posibilidad de trabajar cerca de casa no era cosa menor: era la diferencia entre vivir y sobrevivir. Era la posibilidad de reducir trayectos de cuatro o cinco horas diarias, de acercar ingreso y hogar, de restituir tiempo, dignidad y horizonte. El aeropuerto no era únicamente un nodo de movilidad internacional; era una promesa de justicia territorial, quizás la más concreta que se había formulado para esa región en décadas.
Junto con la obra central se había previsto una constelación de inversiones complementarias: infraestructura hidráulica, vialidades, conectividad y mejoramiento del entorno urbano. No eran obras accesorias; eran parte del sentido transformador del proyecto. Su cancelación no detuvo solo una construcción emblemática: clausuró una cadena de intervenciones que habrían elevado la resiliencia, la capacidad urbana y el valor económico de una región entera. Hoy, frente a las lluvias, frente al deterioro de la movilidad, frente a la fragilidad de la infraestructura metropolitana, esa ausencia se vuelve particularmente elocuente.
La paciencia implacable de la realidad
Las malas decisiones de gobierno nunca desaparecen del todo. Pueden administrarse discursivamente durante un tiempo. Pueden justificarse con argumentos morales, con consultas cuya legitimidad nadie debatió con seriedad, o con una narrativa de reivindicación popular. Pero la realidad tiene una paciencia implacable. Espera. Se acumula, y un día comparece.
Ese día parece haber llegado. Lo que hoy enfrenta el gobierno no es una suma casual de contratiempos, sino la emergencia simultánea de problemas incubados durante años. La CNTE no es solo una expresión de radicalidad sindical espontánea: es también el resultado de promesas irresponsables, de concesiones políticamente rentables en el corto plazo pero fiscalmente inviables en el largo. El poder suele olvidar que cada ofrecimiento crea una expectativa, y que toda expectativa frustrada regresa convertida en presión. Lo que antes funcionó como instrumento de negociación o de legitimación, más tarde se convierte en un actor que reclama, bloquea y desborda.
Algo semejante ocurre con la ciudad. Durante años se ha pospuesto el mantenimiento de lo esencial, se ha normalizado el deterioro, se ha administrado la insuficiencia como si fuera paisaje inevitable. Pero las ciudades también tienen memoria, y cuando las lluvias llegan, cuando la movilidad colapsa, cuando los baches se multiplican y la infraestructura muestra su fatiga, lo que emerge no es una contingencia aislada: es el saldo acumulado de la desatención.
Lo que el mundo verá
La ironía histórica es severa. México está por recibir visitantes de todo el mundo en uno de esos momentos excepcionales en que una nación se exhibe, se representa y se deja juzgar sin intermediarios. De haber existido Texcoco, esa ventana habría podido ser la entrada a un país que se pensaba a sí mismo en clave de grandeza moderna. En su lugar, ofreceremos un aeropuerto urbano envejecido, insuficiente, remendado; una ciudad vulnerable al colapso hídrico; un paisaje público que en demasiados puntos comunica descuido antes que ambición.
No se trata de una cuestión estética. La infraestructura también es discurso. Habla de la seriedad de un país, de su capacidad de ejecución, de la calidad de su Estado, de la forma en que concibe el futuro. Lo que millones de visitantes verán no será solo un problema de operación urbana: verán, en cierta forma, la materialización de una época política.
El símbolo que queda
Acaso ése sea el punto más hondo de todo esto: la cancelación del NAIM no fue un episodio aislado, sino el símbolo inaugural de una forma de gobernar que confundió demolición con transformación, agravio con justicia, voluntad política con viabilidad histórica. El símbolo de una administración que decidió sacrificar capacidad por relato, institucionalidad por impulso.
Si el proyecto hubiera continuado, hoy probablemente hablaríamos de una metrópoli mejor conectada, de una plataforma logística más robusta, de una zona oriente con mayor dinamismo económico y de mejores condiciones urbanas. No tendríamos resueltos todos nuestros problemas —desde luego que no—, pero habríamos elegido avanzar en lugar de retroceder. Habríamos apostado por ampliar capacidades, no por cancelarlas.
En cambio, llegamos a este momento con una deuda que permanece, una oportunidad perdida que pesa y una realidad que empieza a exhibir, sin maquillaje, el costo de haber confundido popularidad con visión de Estado.
Por eso el título no es una metáfora excesiva. Finalmente, el destino nos alcanzó. No como fatalidad, sino como consecuencia. Lo que hoy aparece frente a nosotros no es simplemente el fracaso de una obra cancelada. Es algo más incómodo: el fracaso de una idea de gobierno que prometió transformación y nos entrega deterioro.
