Perseguir migrantes también está dejando sin trabajo a estadounidenses
Por Daniel Lee
Las políticas antimigrantes en los Estados Unidos quedaron atrapadas en una contradicción imposible de ocultar: prometieron proteger el empleo de los ciudadanos estadounidenses, pero terminaron debilitando la economía que aseguraban defender.
El nuevo informe del National Bureau of Economic Research tira uno de los discursos más repetidos en la política estadounidense reciente: la idea de que los migrantes “quitan trabajos”. La realidad es mucho más incómoda para quienes construyeron capital político a partir del miedo.
Las redadas, detenciones y deportaciones masivas no fortalecieron el mercado laboral; lo fracturaron. Y lo hicieron golpeando tanto a inmigrantes como a trabajadores nacidos en Estados Unidos.
El estudio encabezado por las economistas Chloe East y Elizabeth Cox revela un dato devastador para la narrativa antiinmigrante: por cada arresto realizado por ICE, seis trabajadores indocumentados dejaron de laborar, pero también un ciudadano estadounidense perdió su empleo.
La razón es simple y profundamente reveladora: la economía moderna funciona como una cadena interdependiente. La agricultura, la construcción y la manufactura no sobreviven únicamente con discursos patrióticos ni consignas electorales.
Sobreviven gracias a millones de trabajadores invisibles que sostienen industrias completas mientras realizan labores que gran parte de la población local rechaza o no cubre en número suficiente. Cuando esa fuerza laboral desaparece abruptamente, las empresas producen menos, venden menos y comienzan a despedir también a trabajadores estadounidenses.
Lo más preocupante es que esta política migratoria se ha construido sobre una narrativa emocional antes que económica. Se culpó al migrante del desempleo, de la inseguridad y hasta del deterioro social, porque políticamente resulta rentable fabricar enemigos visibles en tiempos de incertidumbre.
Sin embargo, los datos vuelven a demostrar que el problema no eran los trabajadores extranjeros, sino un modelo económico profundamente desigual que necesita mano de obra barata mientras públicamente la condena. Estados Unidos ha vivido durante décadas beneficiándose del trabajo migrante en silencio, pero al mismo tiempo alimentando discursos que criminalizan a quienes recogen alimentos, levantan edificios o mantienen operando fábricas enteras. La hipocresía es evidente: se necesita al migrante para sostener la economía, pero se le convierte en amenaza para ganar elecciones.
El golpe más contundente para esta visión llega incluso desde sectores conservadores y empresariales. Que The Wall Street Journal reconozca que deportar trabajadores “reduce oportunidades de empleo para estadounidenses” demuestra que el debate ya no puede sostenerse únicamente desde la ideología.
La evidencia económica contradice la retórica política. Y mientras continúan las redadas y la persecución migratoria, las comunidades locales pierden dinamismo, las empresas reducen operaciones y el miedo reemplaza a la productividad.
Al final, las políticas construidas sobre prejuicios terminan destruyendo exactamente aquello que prometían proteger. Porque cuando una nación convierte la migración en chivo expiatorio de todos sus problemas, tarde o temprano termina golpeando su propia economía, su estabilidad social y su credibilidad democrática. Así las cosas. Hasta la próxima…
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