BTS, el concierto que rebasó a un país

IRENE-MUNOZ

20 DE NOVIEMBRE DE 2023. CIUDAD DE MEXICO. RETRATOS DE IRENE MUÑOZ PARA SU COLUMNA EN EL UNIVERSAL. FOTO: GERMAN ESPINOSA

BTS, el concierto que rebasó a un país

Irene Muñoz.

La confirmación de que BTS incluiría a México en su gira mundial parecía, al inicio, una noticia más de entretenimiento; y terminó siendo mucho más que eso, fue una demostración del tamaño económico, cultural y social del fenómeno global más poderoso que ha producido Corea del Sur en el siglo XXI y, al mismo tiempo, una radiografía de cómo el mundo cambió más rápido de lo que gobiernos, industrias e instituciones alcanzan todavía a comprender.

 

Desde el anuncio de las fechas, la Ciudad de México entró en un estado paralelo. Hoteles elevaron ocupaciones, aerolíneas detectaron incrementos en búsquedas, agencias, restaurantes y comercios comenzaron a crear promociones temáticas y miles de personas viajaron desde distintos estados y países para asistir a los conciertos. La derrama económica estimada superó los 1,800 millones de pesos y el Estadio GNP Seguros registró llenos absolutos durante las tres noches.

 

Pero lo verdaderamente extraordinario no ocurrió únicamente dentro del estadio, ocurrió cuando un grupo surcoreano descubrió el tamaño emocional del público mexicano.

 

Aunque J-Hope, integrante de BTS, advirtió a sus compañeros que se llevarían una grata sorpresa, al llegar al país se mostraron impresionados por la intensidad de las fans mexicanas al tener cánticos en coreano perfectamente sincronizados, proyectos colectivos de luces, traducciones instantáneas y una energía que dominó las redes sociales internacionales durante días. México y Corea del Sur no comparten idioma, historia ni siquiera continente, y aun así, decenas de miles de jóvenes conectaron emocionalmente con siete artistas nacidos a más de 11 mil kilómetros de distancia.

 

Ahí apareció una de las imágenes más potentes de esta década, la ciudadanía global. Las nuevas generaciones ya no construyen identidad solamente desde la nacionalidad o la geografía. Viven en comunidades digitales donde el idioma dejó de ser barrera y donde la afinidad emocional pesa más que las fronteras. Una joven mexicana puede sentirse hoy culturalmente más cercana a un artista coreano que a muchas expresiones tradicionales de su entorno. Y eso quedó demostrado de manera monumental con BTS.

 

Lo mismo ocurrió anteriormente con Taylor Swift en Estados Unidos y América Latina o con Coldplay en Asia, pero el caso BTS tiene un elemento distinto, la organización colectiva de su fandom. Las ARMYs no funcionan solamente como fans; operan como una comunidad global capaz de movilizar personas, generar conversación pública, presionar instituciones y transformar ciudades completas, y México lo comprobó desde la venta de boletos.

 

La reventa masiva y la desaparición instantánea de entradas detonaron un movimiento digital que terminó escalando hasta la Procuraduría Federal del Consumidor. Las ARMY mexicanas se organizaron para denunciar y exhibir a revendedores, exigir transparencia y presionar públicamente a empresas y autoridades. Lo que parecía una simple molestia de consumidores terminó evidenciando las debilidades estructurales de la industria del entretenimiento en México.

 

Con la visita llegó también el episodio más polémico, la visita de BTS a la presidenta de la República. Lo que inicialmente parecía un encuentro diplomático y cultural rápidamente fue percibido por parte de las ARMYs como un intento de utilizar y capitalizar políticamente la presencia del grupo. Las imágenes y narrativa oficial detonaron una reacción inmediata, miles de fans publicaron mensajes y cartas rechazando el uso político de BTS y recordando que el fenómeno pertenece a una comunidad global, no a una narrativa partidista.

 

Y ahí apareció otra realidad incómoda, aunque se intentó presentar el anuncio del regreso de BTS a México en 2027 como un logro político, la realidad es que fueron las propias ARMY quienes construyeron las condiciones para que eso ocurriera. Fueron ellas quienes agotaron tres estadios, quienes hicieron tendencia global a México, quienes generaron derrama económica, turismo y movilización urbana. BTS no confirmó volver por diplomacia, confirmó volver porque encontró en México uno de los fandoms más intensos y organizados del planeta.

 

La imagen más poderosa de todo ni siquiera ocurrió dentro del estadio. Mientras más de 60 mil personas asistían a los sconciertos del sábado y domingo, alrededor de 40 mil fans se congregaron afuera en lo que bautizaron como la “Zona A(fuera)”. Tomaron carriles de Río Churubusco, puentes peatonales y zonas aledañas para cantar, bailar y sincronizar sus Army Bombs aunque no pudieran ver el escenario completo. Sin acceso oficial, sin producción, sin boleto; solo con el poder de comunidad.

 

Quizá esa sea la verdadera lección de lo que ocurrió con BTS en México, el entretenimiento dejó de ser solamente entretenimiento. Hoy los grandes fenómenos culturales movilizan economía, turismo, emociones, espacio público y conversación política al mismo tiempo.

 

Mientras muchos gobiernos todavía intentan entender cómo conectar con las nuevas generaciones, decenas de miles de jóvenes demostraron que ya existe una ciudadanía global organizada que no necesita compartir idioma, bandera ni territorio para sentirse parte de algo mucho más grande.

 

BTS vino a México a dar tres conciertos, pero terminó demostrando que el mundo que conocíamos ya cambió y nos demostró que rebasó a un país.


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