Sanar la Memoria Histórica ante el discurso del “ojo por ojo”
Luis Vega
Francisco Robles Ortega hizo un llamado de esperanza a los católicos y en general a los mexicanos; el cardenal de Guadalajara no se anduvo por las ramas y planteó: la Iglesia Católica propone un año de “reconciliación y sanación de la memoria”.
A las puertas del Centenario de la Guerra Cristera, uno de los episodios más dolorosos y complejos de la historia nacional, Robles Ortega lanza un reto: eliminar la confrontación en redes social que destruyen el tejido social. O lo que es lo mismo: bajarle dos rayitas a la polarización política y religiosa.
Desde las redes sociales hay grupos que “invitan a la división y al ataque”, con gran facilidad las convicciones, religiosas, políticas o de identidad derivan en discursos de confrontación. El arzobispo llama a parar en serio la violencia verbal.
“En un escenario de tanta violencia como el que de momento vivimos, confiamos en que juntos trabajaremos por la unidad del país, para superar cualquier división; por la paz, para superar cualquier tentación de violencia; por la justicia, para fortalecer el tejido social. De esa manera, los cristianos seremos luz del mundo y sal de la tierra, tal y como hicieron los mártires mexicanos”, dijo.
Robles Ortega, un cardenal mexicano a punto de la jubilación y en uno de sus mejores mensajes como dirigente de la jerarquía plantea que la “reconciliación de la memoria” va más allá de una conmemoración histórica (de la Guerra Cristera), apunta en reconocer luces y sombras, errores y aciertos, y asumir que hubo víctimas de todos los bandos.
Ahí está el verdadero desafío: cómo traducir la memoria crítica en una práctica cotidiana que desactive la polarización. Porque no basta con recordar; hay que aprender, y aprender implica renunciar a la comodidad del discurso incendiario, incluso cuando genera aplausos y seguidores, dice el cardenal.
“En un escenario de tanta violencia como el que de momento vivimos, confiamos en que juntos trabajaremos por la unidad del país, para superar cualquier división; por la paz, para superar cualquier tentación de violencia; por la justicia, para fortalecer el tejido social. De esa manera, los cristianos seremos luz del mundo y sal de la tierra, tal y como hicieron los mártires mexicanos”, dijo.
Reitera: “Aquí radica uno de los puntos más incómodos del debate: los extremismos actuales no necesitan armas ni levantamientos, basta con algoritmos, cámaras de eco y un lenguaje moral absoluto que convierte al otro en enemigo. Que esto ocurra dentro de sectores católicos es particularmente preocupante, no solo por la contradicción con el mensaje evangélico, sino porque revela una incapacidad de procesar el desacuerdo sin recurrir al ataque”.
“La Guerra Cristera dejó claro que cuando las convicciones se absolutizan y se imponen, el resultado no es la victoria, sino la ruptura social”.
“Un siglo después, los escenarios son distintos, pero las tentaciones persisten. Hoy no hay persecución religiosa, pero sí discursos que buscan reinstalar la lógica del “ojo por ojo”, ahora amplificada por la velocidad y el anonimato digital.
La apuesta por la reconciliación de la memoria es, en el fondo, una apuesta por el futuro. Recordar lo que no debe repetirse, admirar a quienes mantuvieron su fe sin recurrir a la violencia y aceptar los errores propios son actos profundamente políticos en el mejor sentido del término: buscan preservar la convivencia. En tiempos de extremos, quizá el gesto más radical sea ese: insistir en que la fe solo tiene sentido si contribuye a la paz y no a la división.
La advertencia de la Iglesia frente al extremismo en redes y su apuesta por la reconciliación de la memoria es una invitación a pensar el presente con mayor responsabilidad ética. La historia demuestra que cuando las convicciones se endurecen y se convierten en identidades excluyentes, el diálogo se rompe y la violencia encuentra terreno fértil. Hoy, en un país marcado por la polarización y el ruido digital, recordar ese aprendizaje es un acto de lucidez.
La Cristiada no fue una gesta nacional, fue un levantamiento costoso en vidas humanas y considerado un error por la mayoría de los católicos de su tiempo.
Recordarla con madurez implica honrar a las víctimas y asumir que la fe no se defiende con las armas. En un México plural y herido por nuevas violencias, la memoria histórica solo tiene sentido si sirve para reafirmar una convicción básica: la paz se construye con diálogo, educación y respeto mutuo, no con imposiciones ni fusiles.
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