Mujeres en el poder: la transformación que no llegó Del techo de cristal al techo sistémico

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Por Yessica De Lamadrid

Las mujeres ya llegaron al poder. Lo incómodo es aceptar que el poder no cambió con ellas.

Durante décadas, la pregunta central de la agenda política de las mujeres fue clara: ¿cómo lograr que las mujeres lleguen al poder?

Hoy, esa pregunta empieza a quedarse corta. Porque el problema ya no es el acceso. El problema es lo que el sistema les permite hacer una vez adentro.

Hace unos días, en el marco de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer (CSW70) en Naciones Unidas, la conversación giró en torno a un fenómeno que empieza a repetirse en distintas democracias: el aumento sostenido de la representación femenina en posiciones de poder. Presidentas, primeras ministras, liderazgos parlamentarios, organismos internacionales. El dato es innegable. El avance también.

Pero la pregunta relevante ya no es cuántas mujeres han llegado. La pregunta es otra: ¿qué ha cambiado realmente en la arquitectura del poder desde que llegaron?

La respuesta, aunque incómoda, es cada vez más clara. No lo suficiente.

Más mujeres, el mismo sistema

La experiencia comparada muestra un patrón consistente.Las mujeres han logrado romper el techo de cristal, han accedido a posiciones que durante décadas les fueron negadas. Pero al llegar, se encuentran con algo distinto, un sistema político que NO fue diseñado para ser transformado desde dentro.

Las reglas formales e informales que estructuran el poder —partidos, financiamiento, redes de negociación, dinámicas territoriales— permanecen prácticamente intactas.

La representación avanzó. El poder no se redistribuyó. Y eso produce una paradoja silenciosa, más mujeres en el poder… sin una transformación del poder.

El techo que no se ve

Durante años, el principal obstáculo fue visible: el acceso.Hoy enfrentamos algo más complejo. Un límite menos evidente, pero más profundo. Podríamos llamarlo el techo sistémico del poder. No impide llegar, pero condiciona la permanencia y el margen real de acción una vez que están adentro.

Este techo sistémico es un conjunto de reglas, inercias y acuerdos que operan por debajo de la superficie institucional. No se anuncian. No se votan. Pero determinan el alcance real del poder político.

Y ese techo no se rompe con elecciones históricas.  De hecho, se perpetúa con cada estructura que no cambia.

La trampa de la narrativa simbólica

Las democracias contemporáneas han perfeccionado una estrategia particularmente eficaz, sustituir la transformación por el símbolo. Celebran el momento histórico. Amplifican el símbolo. Construyen la narrativa de avance. Y con eso, muchas veces, lo reemplazan.

La llegada de una mujer al poder se convierte en evidencia narrativa suficiente de progreso, el sistema se legitima, pero no necesariamente se modifica. Ahí está la trampa. El símbolo no es falso, pero es insuficiente. Y cuando el símbolo sustituye a la transformación, el sistema gana tiempo… sin cambiar.

La ilusión de la paridad

Hemos avanzado en representación, pero la representación no es sinónimo de poder. La paridad numérica no garantiza paridad en decisiones, recursos, influencia, ni en permanencia

Sin cambios en las reglas estructurales, la igualdad se vuelve aparente. Funciona en el discurso, pero se diluye en la práctica. No es un sistema que excluya abiertamente a las mujeres, es un sistema que las incluye, sin ceder el control.

El siguiente nivel del debate

Durante años las mujeres luchamos por abrir la puerta. Hoy el desafío es otro, transformar el sistema que está detrás de esa puerta para que no vuelva a edificar otro techo de cristal.

Eso implica intervenir en lo que realmente sostiene el poder, por ejemplo, las reglas internas de los partidospolíticos, el acceso al financiamiento, las redes informales de decisión, y sobre todo, las condiciones de permanencia política

No es una agenda simbólica. Es una agenda estructural.La democracia del siglo XXI no se medirá por cuántas mujeres llegan al poder. Se medirá por algo más exigente, por la capacidad de ese poder para cambiar sus propias reglas.

Porque sí, las mujeres llegan… pero el sistema permanece,entonces no estamos frente a una transformación.Estamos frente a una simulación. Una simulación sofisticada, funcional y políticamente rentable.

Un sistema que ha aprendido a adaptarse lo suficiente para sobrevivir, sin cambiar lo necesario para ceder el control.

Este es el punto más incomodo de todos, NO estamos frente a la transformación del poder, estamos frente a su versión más inteligente de conservación.


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