Reconocer la dignidad de las víctimas de la violencia, condición para lograr la paz

Luis Vega opinión

Por: Luis Vega

Una de las conclusiones importantes del Segundo Diálogo Nacional por la Paz fue: reconstruir la paz desde lo local con visión nacional y compromiso colectivo.

En el evento participaron más de 1,200 líderes sociales, religiosos, académicos, empresariales, autoridades locales y, sobre todo, víctimas de la violencia en México.

Don Ramón Castro, obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia Episcopal Mexicana lanzó un SOS a todo el país: !El país está herido (¿de muerte?) por la violencia y es urgente que todos trabajemos para tener paz!

El obispo en nombre de los obispos mexicanos y de todos los participantes del Segundo Diálogo Nacional manifestó que que “la paz no es una utopía, sino una tarea creativa y generativa que México está llamado a asumir como tarea urgente”.

Llamó a “escuchar con honestidad, poner a las víctimas al centro y pasar de los discursos a compromisos verificables. Recordó que “la paz se construye desde los territorios, con procesos de largo plazo, responsabilidad ética de todos los actores y una esperanza organizada que no se rinde. La paz no se improvisa: se construye juntos y nos corresponde a todos”, dijo.

En lo que me pareció un mensaje humanista (teológico y antropológico) excepcional, Castro Castro dijo que las víctimas son “el lugar teológico”, porque la paz no se construye ignorando el sufrimiento, maquillando las cifras o acelerando procesos sin sanar heridas, sino con la valentía de ver el dolor de frente, sin negar su profundidad. Su llamado fue directo: “no habrá paz verdadera mientras no se reconozca la dignidad herida de las víctimas”.

Uno de los consensos más claros de este Segundo Diálogo Nacional para la Paz fue fortalecer procesos locales con impacto nacional, porque la violencia se expresa de formas distintas en Sierra Tarahumara, en el Bajío o en la frontera. De ahí que el encuentro subrayara la necesidad de reforzar nuevas formas de colaboración entre sociedad civil, autoridades y comunidades religiosas.

El académico Mauricio Merino sostuvo que no habrá paz mientras el Estado no retome su papel como garante de cohesión social e institucionalidad, indispensable para contrarrestar las causas estructurales de la violencia.

Pero fue la presencia de las víctimas lo que marcó el ritmo y el tono del Diálogo. Las mantas con los rostros de personas desaparecidas y la participación activa de madres buscadoras recordaron que no hay paz posible sin verdad, justicia, reparación y memoria.

Lejos de tratarlas como un sector más, el encuentro dejó claro que la paz comienza por escuchar a quienes han sido más vulnerados, reconocer su dignidad, restituir sus derechos y apostar por una justicia restaurativa capaz de sanar lo que el sistema tradicional no ha podido o no ha querido reparar.

Entre las propuestas destacan: Integrar a jóvenes atrapados por la violencia en proyectos de desarrollo, fortalecer las policías municipales, impulsar la justicia cívica desde lo local e Incorporar a los medios de comunicación como actores estratégicos en la construcción de paz.

Se presentaron acciones y modelos con resultados tangibles que ya están dando frutos: Proyecto VIVA y Centros Manresa, con más de 8,000 personas atendidas en salud mental en la Sierra Tarahumara; experiencias replicables de Consejos de Paz y Justicia Cívica, diseñados en colaboración con diversos niveles de gobierno; un plan interreligioso firmado por comunidades budistas, musulmanas, indígenas, cristianas y católicas, comprometidas a caminar juntas frente a la violencia. Estas experiencias reafirman que sí hay caminos de paz y que muchos ya están en marcha.

El Segundo Diálogo Nacional por la Paz deja una conclusión ineludible: la salida a la violencia no será inmediata ni sencilla, pero existe una ciudadanía vasta, plural y articulada que ya trabaja en alternativas reales, dispuestas a colaborar, tender puentes, escuchar y sanar. No se trata de esperar al gobierno ni de delegar responsabilidades, se trata de construir, desde cada comunidad y con cada actor disponible, las condiciones de posibilidad para un país reconciliado.

En el mensaje de clausura del celebrado del 30 de enero al 1 de febrero de 2026 en el ITESO, reunió a más de 1,200

En la clausura, Mons. Ramón Castro, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, afirmó que “la paz no es una utopía, sino una tarea creativa y generativa que México está llamado a asumir hoy, una tarea urgente”. Llamó a “escuchar con honestidad, poner a las víctimas al centro y pasar de los discursosa compromisos verificables. Recordó que “la paz se construye desde los territorios, con procesos de largo plazo, corresponsabilidad ética de todos los actores y una esperanza organizada que no se rinde. La paz no se improvisa: se construye juntos y nos corresponde a todos”, dijo.
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Don Ramón insistió en que las víctimas son “el lugar teológico”, la paz no se construye ignorando el sufrimiento, maquillando las cifras o acelerando procesos sin sanar heridas, sino con la valentía de ver el dolor de frente, sin negar su profundidad. Su llamado fue directo: “no habrá paz verdadera mientrasno se reconozca la dignidad herida de las víctimas”.

Uno de los consensos más claros fue fortalecer procesos locales con impacto nacional, porque la violencia se expresa de formas distintas en Sierra Tarahumara, en el Bajío o en la frontera. De ahí que el encuentro subrayara la necesidad de reforzar nuevas formas de colaboración entre sociedad civil, autoridades y comunidades religiosas.

El académico Mauricio Merino sostuvo que no habrá paz mientras el Estado no retome su papel como garante de cohesión social e institucionalidad, indispensable para contrarrestar las causas estructurales de la violencia.

Pero fue la presencia de las víctimas lo que marcó el ritmo y el tono del Diálogo. Las mantas con los rostros de personas desaparecidas y la participación activa de madres buscadoras recordaron que no hay paz posible sin verdad, justicia, reparación y memoria.

Lejos de tratarlas como un sector más, el encuentro dejó claro que la paz comienza por escuchar a quienes han sido más vulnerados, reconocer su dignidad, restituir sus derechos y apostar por una justicia restaurativa capaz de sanar lo que el sistema tradicional no ha podido o no ha querido reparar.

Entre las propuestas destacan: Integrar a jóvenes atrapados por la violencia en proyectos de desarrollo, fortalecer las policías municipales, impulsar la justicia cívica desde lo local e Incorporar a los medios de comunicación como actores estratégicos en la construcción de paz.

Se presentaron acciones y modelos con resultados tangibles que ya están dando frutos: Proyecto VIVA y Centros Manresa, con más de 8,000 personas atendidas en salud mental en la Sierra Tarahumara; experiencias replicables de Consejos de Paz y Justicia Cívica, diseñados en colaboración con diversos niveles de gobierno; un plan interreligioso firmado por comunidades budistas, musulmanas, indígenas, cristianas y católicas, comprometidas a caminar juntas frente a la violencia. Estas experiencias reafirman que sí hay caminos de paz y que muchos ya están en marcha.

El Segundo Diálogo Nacional por la Paz deja una conclusión inevitable: la salida a la violencia no será inmediata ni sencilla, pero existe una ciudadanía vasta, plural y articulada que ya trabaja en alternativas reales, dispuestas a colaborar, tender puentes, escuchar y sanar. No se trata de esperar al gobierno ni de delegar responsabilidades, se trata de construir, desde cada comunidad y con cada actor disponible, las condiciones de posibilidad para un país reconciliado.


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