Ir a Zona MACO no te hace culto (y otras verdades incómodas)
Ana Karina fernández
Por: Ana Karina Fernández
No me gusta Zona MACO. Me explico querido lector: No porque no me guste el arte contemporáneo, ni porque me fastidie la multitud, ni porque me falte mundo. No me gusta porque, con los años, se ha convertido en el tianguis más grande del país, donde casi cualquier cosa que pague un espacio puede colgarse de la palabra “arte” sin mayor pudor ni rigor. Un mercado diseñado para villamelones culturales, aspiracionistas con legitimidad fingida y compradores de foto, no de obra. (Si, esos mirones que fingen saber y fingen interesarse en las “obras”). Pero solo van a sacarse la foto!
Lo digo desde un lugar ligeramente embarazoso para muchos: el de quien estudia arte, lo aprecia, lo entiende y, sobre todo, lo respeta con mucha pasión. Y cuando uno respeta algo, le duele verlo banalizado. Zona MACO ya no es una feria que invite a la contemplación ni al diálogo informado; es un escenario de performance social donde la obra es, muchas veces, el pretexto y no el centro. Como debería ser !
El shock no proviene de la diversidad de propuestas… que en teoría debería ser una virtud… sino de la desinformación rampante que permea entre los asistentes neófitos. Gente que no distingue una pieza sólida de una ocurrencia inflada, pero camina con aire docto entre los pasillos. Otros que confunden precio con valor, tamaño con relevancia, estridencia con discurso. Y muchos, muchísimos, que no van a comprar nada. La mayoría de hecho! Solo… van a verse ahí. A confirmar pertenencia simbólica. A sacarse la foto. A pasar lista…
Existe una fantasía peligrosa: creer que recorrer pasillos y tomar fotos equivale a cultivarse. Que el simple roce con el objeto artístico, sin contexto, sin lectura, sin historia, produce conocimiento por ósmosis. No. El arte no funciona así. Nunca ha funcionado así. El arte exige tiempo, estudio, incomodidad, silencio y, en ocasiones, aceptar que no se entiende todo a la primera. Pero eso no vende boletos ni likes.
Zona MACO se ha vuelto un espacio donde muchos creen que mirar es suficiente, cuando en realidad solo están consumiendo superficie. Ven obras como quien ve vitrinas: rápido, con juicio instantáneo, sin herramientas críticas. Se toman selfies frente a piezas que no podrían explicar en dos frases coherentes. Y luego salen convencidos de haberse “nutrido culturalmente”. Ese autoengaño colectivo es, quizá, lo más preocupante.
No se trata de elitismo, ese comodín tan usado cuando alguien se atreve a exigir rigor, sino de responsabilidad cultural. El arte no es un accesorio de estatus ni una postal de fin de semana. Es lenguaje, es archivo, es postura política, es herida histórica, es técnica, es oficio. Convertirlo en un festival de apariencias le hace un daño profundo, sobre todo en un país donde la educación artística ya es frágil.
Tom Hoving, exdirector del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, lo decía con una claridad brutal: una de las formas más evidentes de demostrar ignorancia frente al arte es hablar demasiado y mirar muy poco. O, dicho de otro modo, aparentar entendimiento sin haber hecho el trabajo previo. Esa frase, incómoda pero precisa, describe a la perfección buena parte del ambiente que hoy se respira en estas ferias.
No todo es desechable, por supuesto. Hay galerías serias, artistas valiosos, propuestas que resisten el ruido. Pero están atrapados en un ecosistema que privilegia la espectacularidad sobre la sustancia, el volumen sobre la curaduría, el evento sobre el proceso. Y eso termina por diluir incluso lo bueno.
A quienes de verdad les interesa el arte, mi consejo es sencillo y poco glamoroso: estudien. Lean. Visiten museos con calma. Hablen con curadores, restauradores, historiadores. Compren menos, pero mejor. No confundan presencia social con formación cultural. Y, sobre todo, no crean que el arte se valida porque mucha gente se toma fotos frente a él.
El arte no necesita multitudes distraídas; necesita miradas entrenadas. No necesita ferias convertidas en pasarelas sociales; necesita espacios de pensamiento. Y mientras Zona MACO siga celebrando más la apariencia que el conocimiento, seguirá siendo, para muchos de nosotros, no una feria de arte, sino un gran tianguis aspiracional con iluminación bonita y discursos huecos.
Just saying…
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