Antonio López

Por: Antonio López

Por: Antonio López

En 2016 el Diccionario Oxford aceptó incluir entre sus páginas el término posverdad. En ese momento, la coyuntura política internacional tenía como protagonista la salida del Reino Unido de la Unión Europea, el famoso Brexit y a Donald Trump, que todavía contendía por la nominación del Partido Republicano. Ambos acontecimientos políticos cobraron relevancia por el tipo de discursos que se presentaron ante los electores, en donde emociones como el miedo y el odio fueron protagonistas.

Quiero enfocarme en el presidente de los Estados Unidos, un individuo que parecía marginal en el sistema político norteamericano; un empresario que se presentó como la alternativa a las élites políticas que denominó corruptas y el único capaz de regresarle una supuesta grandeza perdida a su país. Al principio nadie creyó que pudiera hacerse con la nominación republicana, sin embargo, creció con un discurso incendiario, plagado de mentiras, ofensas, supremacismo y xenofobia. Es difícil aceptarlo, pero lo que Trump decía en las primarias y reforzó durante su campaña contra Hillary Clinton no era nuevo, era un pensamiento arraigado en la cultura norteamericana que, sin embargo, había permanecido oculto y su salto hacia lo público ya anunciaba un cambio cultural peligroso: el consenso por la defensa de los derechos humanos surgido en la posguerra estaba llegando a su fin.

En este contexto, es necesario pensar hasta dónde la posverdad está ocupando un espacio cada vez más amplio en la esfera pública; al principio, las voces de los medios de comunicación, intelectuales, académicos y activistas servía como freno para la desinformación, las redes sociales servían para plantear un debate informado respecto a las mentiras que los políticos y sus seguidores arengaban y defendían, sin embargo, hoy eso está quedando atrás, el algoritmo, al menos de la red social “X”, antes Twitter, está privilegiando medios y noticias que tergiversan los acontecimientos, aunque Elon Musk, dueño de la red diga que existe una defensa de la libertad de expresión lo que en realidad vemos es que el algoritmo censura, porque permitir que se silencien las cuentas que defienden al pueblo palestino y señalan al estado de Israel de genocidio es eso, censura, lo mismo pasa cuando se defiende a una activista por los derechos humanos de los migrantes que es asesinada frente a las cámaras por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos, o ICE, como se conoce coloquialmente.

Una de las consecuencias perversas de la posverdad es que estamos deshumanizándonos, la derecha se ha encargado de mentir a tal grado de convertir algo que podríamos llamar como un crimen de Estado en justicia o legalidad. Ya lo decía el filósofo Albert Camus, “la filosofía puede servir para todo, hasta para transformar a los criminales en jueces”, y es que la derecha se ha encargado de posicionar a charlatanes con acceso a micrófonos en “pensadores”, sus ideólogos se venden como filósofos, aunque su sistema de pensamiento gire en torno a una sola idea: el odio a una izquierda que no conocen, porque jamás han leído a los teóricos de esa corriente.

Sólo para ejemplificar lo que señalo, uno de los medios de comunicación que tiene más impactos en los últimos meses en Twitter, “La derecha diario”, encabezó una de sus notas así: “Renee Good formaba parte de un grupo terrorista doméstico anti-ICE. Se trata de “ICE Watch”, una red de violentos militantes de extrema izquierda que opera en Minneapolis”. Es la posverdad en marcha, lo que busca es justificar el asesinato de una mujer, activista y madre de tres hijos. No sólo deshumaniza al convertir a la víctima en una supuesta terrorista, sino que justifica su asesinato; en ese sentido, hemos alcanzado el peor absurdo posible: estamos viendo la justificación de un asesinato en nombre de una ideología política. Lo que viene para el futuro, si es que todavía podemos rescatarlo, es retomar nuestra defensa irrestricta por los derechos humanos y alcanzar un consenso en torno a la idea de que todavía podemos vivir juntos.

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