Trenes, macroeconomía y el costo ambiental del aplauso fácil

Ana Karina fernández

Por: Ana Karina Fernández

Hablar de vías de tren en México es tocar una fibra que mezcla nostalgia por el progreso prometido, frustración histórica y una obsesión casi romántica con la idea de que el riel, por sí mismo, genera desarrollo. Como si el acero tuviera poderes mágicos. Y que creen? : no los tiene. Las vías férreas no son buenas ni malas per se; son herramientas. Y como toda herramienta macroeconómica, su viabilidad depende de contexto, diseño, integración productiva y, hoy más que nunca, de su coherencia ambiental y su potencial financiero en mercados como el de bonos de carbono.

Desde un enfoque macroeconómico, el tren sí puede ser una palanca de desarrollo, pero solo cuando responde a una lógica de productividad real y no a una pulsión política. El ferrocarril reduce costos logísticos, mejora la eficiencia energética por tonelada transportada y, bien articulado, puede detonar corredores industriales completos. Eso funciona cuando hay volumen, continuidad, demanda clara y encadenamientos productivos. Cuando no los hay, el tren se vuelve una escultura carísima atravesando selvas, ejidos o zonas improductivas, sostenida por subsidios eternos y discursos grandilocuentes.

El problema estructural en México no ha sido la falta de rieles, sino la desconexión entre infraestructura y modelo económico. Construimos donde se ve bonito en el mapa, no donde el mercado lo exige. Un proyecto ferroviario viable debe partir de una pregunta incómoda pero básica: ¿qué se va a mover por ahí durante los próximos treinta años y quién va a pagar por moverlo? Si la respuesta es vaga, emocional o ideológica, el proyecto ya nació cojo.

Ahora bien, en términos de sustentabilidad, el tren tiene ventajas indiscutibles frente al transporte carretero y aéreo. Menor emisión de CO₂ por unidad transportada, menor huella energética, menor saturación vial y, en teoría, menor impacto ambiental a largo plazo. El “en teoría” es clave. Porque una vía férrea mal planeada puede fragmentar ecosistemas, afectar acuíferos, desplazar comunidades y generar un daño ecológico que ni cien campañas de reforestación compensan. La sustentabilidad no está en el discurso, está en la ingeniería, en la trazabilidad ambiental y en el respeto real al territorio.

Aquí es donde entra el elefante verde en la sala: los bonos de carbono. En un mundo que ya monetiza la reducción de emisiones, un sistema ferroviario bien diseñado podría convertirse en un activo ambiental financiable. Menos camiones diésel circulando equivale a menos emisiones. Menos emisiones equivalen a créditos de carbono. Créditos que pueden venderse en mercados internacionales, atraer inversión privada y reducir la carga fiscal del Estado. Pero… y este pero es del tamaño de China!… eso solo ocurre si el proyecto cumple estándares internacionales de medición, reporte y verificación.

No basta con decir “es ecológico”. Hay que demostrar cuánto CO₂ se evita, durante cuánto tiempo, con qué metodología y bajo qué certificación. El tren como proyecto verde improvisado no genera bonos; el tren como sistema logístico inteligente, sí. Eso implica sensores, data, auditorías, gobernanza ambiental y una transparencia que, seamos honestos, no siempre ha sido el fuerte del sector público mexicano.

Además, la viabilidad de vincular trenes con bonos de carbono exige una integración multimodal real. El tren no puede ser una isla. Debe conectar puertos, parques industriales, centros de consumo y nodos logísticos de última milla. Si al bajar del tren la carga vuelve al camión ineficiente, el beneficio ambiental se diluye. El bono de carbono no perdona simulaciones.

Desde una perspectiva económica más amplia, los proyectos ferroviarios solo justifican su costo cuando elevan la competitividad regional. No cuando “llevan desarrollo”, frase favorita de todo político sin KPI. El desarrollo no se lleva, se detona. Y se detona cuando la infraestructura baja costos, atrae inversión, genera empleo productivo y se sostiene sola en el tiempo. Lo demás es maquillaje territorial.

También hay un punto incómodo que pocos quieren decir: no todas las regiones necesitan trenes. Algunas necesitan carreteras bien hechas, puertos eficientes, digitalización o educación técnica. El tren no es la respuesta universal. Insistir en imponerlo donde no hay densidad económica suficiente no es sustentabilidad, es terquedad presupuestal con aroma a pino.

Ahora, si el país lograra articular proyectos ferroviarios con vocación industrial, energética o agroexportadora clara, el panorama cambia. Ahí sí el tren se vuelve una columna vertebral del crecimiento bajo en carbono. Ahí sí se puede hablar de financiamiento mixto, de fondos verdes, de banca de desarrollo internacional y de bonos de carbono como ingreso recurrente. Ahí sí el discurso ecológico se convierte en modelo de negocio, que es la única forma real de que la sustentabilidad sobreviva.

Me explico, las vías de tren en México no son inviables, pero tampoco son automáticamente virtuosas. Su éxito económico depende de su integración al modelo productivo, y su legitimidad ambiental depende de una planeación seria, medible y certificable. Vincularlas a bonos de carbono es posible, pero solo si dejamos de tratar la ecología como narrativa y empezamos a tratarla como contabilidad. Porque al final, el planeta no necesita promesas: necesita números que cuadren (luego le preguntamos a Fátima a Montiel el como si ). Y rieles que lleven a algún lado.

 

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