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Por: Antonio López López

 

Semblanza: Sociólogo, analista político con experiencia en el sector público; interesado por la forma en la que se organiza el espacio público la lectura, el cine y la música.

 

Desde hace algunos años, el Zócalo de la Ciudad de México se ha convertido en el espacio político por antonomasia; ahí coronaron los zapatistas “La marcha del color de la tierra”; ahí se establecieron los maestros para hablar de la lucha sindical y las consecuencias de una Reforma Educativa; la manifestación feminista más importante que ha visto este país también tuvo como espacio de llegada el Zócalo. No sólo eso, las manifestaciones opositoras terminan ahí y, en consecuencia, el oficialismo responde con mítines que eclipsen cualquier indicio de crítica al gobierno.

 

Si bien nos hemos acostumbrado a estas marchas que tienen como escenario final ese espacio, también valdría la pena recordar que durante el siglo pasado el Zócalo de la Ciudad de México estuvo reservado para dos grandes eventos de carácter político: El Grito de Independencia y el desfile conmemorativo por el aniversario de la Revolución Mexicana, para la sociedad civil ese espacio estuvo vedado, ni siquiera en el movimiento estudiantil de 1968 cobró tanta relevancia.

 

Este viraje anuncia una nueva forma de disputar el poder, ahora desde los espacios simbólicos, y resulta de la mayor relevancia para la sociología política, primero, nos habla de una sociedad mexicana que ya no espera a las elecciones para involucrarse en los asuntos públicos, una sociedad cada vez más politizada, lo cual es benéfico para la democracia, porque no hay nada más peligroso para la organización del espacio público que el consenso; por otro lado, las manifestaciones, celebraciones, conmemoraciones, mítines y protestas están acompañadas por símbolos en particular, banderas, cetros, símbolos y discursos, que permiten al observador entender desde dónde están enunciando los involucrados. Vale lo mismo para los conciertos organizados desde la administración pública, porque en ellos también aparecen símbolos y disputas por el espacio; aunque en esencia hablamos de una fiesta, debemos tener claro que los conciertos organizados desde el poder también son políticos.

 

Sin embargo, en la disputa por el poder desde un espacio simbólico como lo son las plazas públicas en general y el Zócalo capitalino en particular, lo simbólico y discursivo queda relegado del debate público y nos centramos sólo en la cantidad de asistentes que tuvo la manifestación, ya sea opositora, ciudadana u oficialista.

 

Y esto sí es peligroso para la calidad de la democracia, porque si bien la ciudadanía está saliendo a las calles y desde ahí participa, lo que sigue es un análisis vacío de las manifestaciones, no se debaten sus causas, ni los argumentos que se esgrimen en los templetes, no se analizan las consignas ni mucho menos se evalúa la propuesta de los actores políticos, lo que ocurre en los medios de comunicación y en las redes sociales no es una evaluación del contenido, sino sólo la descalificación del movimiento a partir de la cantidad de asistentes.

 

Y claro que nuestra clase política es responsable de ello, porque sus discursos sólo sirven para alimentar una cámara de eco en donde los cercanos a cada uno de los espectros políticos alimentan sus prejuicios, en tanto, el Zócalo como espacio simbólico de la disputa por el poder sigue esperando que un movimiento opositor logre articular una propuesta de futuro para el país o que el oficialismo sea capaz de reconocer sus deficiencias y también nos presente un proyecto viable y coherente para el futuro, mientras eso suceda, tendremos un gran teatro sin actores para hacerle honor a su historia, tendremos un gran ring de lucha en donde todo se reduce al circo, maroma y teatro.

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