¿Y si crecen los enanos?
Por: Ricardo Peralta
En el 2027 podría presentarse un fenómeno que muchos consideran improbable pero que la historia electoral mexicana advierte con terquedad: la emergencia silenciosa de ciertos referentes opositores en diversas alcaldías de la Ciudad de México, en al menos dieciocho capitales estatales, en municipios de vocación política intensa y, en un escenario más complejo, en un par de entidades federativas donde la disputa territorial se ha convertido en un ajedrez de traiciones, inercias y desconciertos. No es una profecía: es una posibilidad tangible, alimentada por errores propios antes que por virtudes ajenas.
La expresión “que no crezcan los enanos” no proviene del desprecio, y toda persona de talla baja merece absoluta dignidad. La frase es una advertencia clásica: cuidado con minimizar al adversario que parece pequeño, porque la política —con su ironía inagotable— suele coronar al que menos se espera. Su sentido profundo es estratégico, no antropométrico: no hay enemigo pequeño; la soberbia es la antesala de la derrota y las encuestas no son una coraza contra las malas decisiones.
Y en eso reside el talón de Aquiles de Morena: la tentación de imponer candidaturas sin arraigo, sin biografía territorial, sin empatía con la comunidad; perfiles pesados, desconectados, producto de laboratorios de mercadotecnia digital y de un oportunismo que no conoce vergüenza ni historia. La victoria del movimiento no está garantizada por los números, sino por la calidad política de quienes se postulan para encarnar el proyecto. Y, últimamente, la selección de cuadros se parece más a un trámite de burocracia interna que a un ejercicio de responsabilidad histórica.
Mientras tanto, la oposición sigue encapsulada en su frivolidad. Sus líderes nacionales viven en un espejismo donde la propaganda es inteligencia y la repetición es estrategia. Importan manuales de ultraderecha como quien compra oráculos baratos: fake news, guerra psicológica, manipulación digital, dramatizaciones mediáticas; pero ni así logran conectar con jóvenes, universitarios, campesinos, obreros o la clase trabajadora. Morena domina esa geografía social, pero su hegemonía puede erosionarse desde dentro, no desde afuera.
Porque aceptemos, sin conceder, un escenario adverso: que crecieran los enanos y conquistaran alcaldías clave, municipios de peso o incluso la capital del país. El retroceso sería quirúrgico. Las libertades ganadas en décadas —la pluralidad sexual, los programas sociales constitucionalizados, la libertad de reunión, el subsidio al transporte, el derecho a una ciudad progresista— serían desmanteladas con fervor restaurador. La derecha no gobierna: reinstala, reimpone, resucita lo que la sociedad ya había enterrado.
Ese triunfo tendría un efecto metástasis sobre el país. Un conservadurismo repotenciado invitaría asesorías extranjeras, injerencias permanentes y tutelajes ideológicos que disfrazarían de “cooperación” una intervención abierta en los asuntos internos. El viejo entreguismo regresaría, con su afán de convertir los recursos naturales en mercancía y la fuerza pública en instrumento de intimidación. Volverían a coquetear con la pena de muerte, con el castigo exacerbado, con la violencia institucionalizada como método de gobierno.
Pero la amenaza no está en ellos. Está en nosotros. Morena enfrenta un riesgo que ninguna encuesta revela: el sectarismo. Una enfermedad silenciosa que convierte la política en un club cerrado, que premia la lealtad ciega sobre la capacidad, que anula la crítica interna, que confunde disciplina con sumisión. Cuando un movimiento de corte popular empieza a asfixiar su diversidad interna, la ideología deja de ser brújula y se convierte en ornamento.
Por eso es imprescindible recordar que un proyecto histórico como este no se sostiene sobre exclusiones, sino sobre convicciones compartidas.
Morena no puede darse el lujo de prescindir de quienes han demostrado lealtad, disciplina, formación, compromiso territorial y una trayectoria coherente con las causas sociales que dieron origen al movimiento.
Si algo debe impedir que crezcan los enanos, es precisamente eso: la capacidad de unir, no de fragmentar; de sumar, no de descartar; de consolidar un proyecto que requiere de todos sus cuadros para enfrentar un 2027 donde nada está escrito y donde ningún gigante es invencible si se deja devorar por su propio silencio.
