Por: Fernando Ávila García

“Es tanta la fuerza de la repetición

que todos creen que algo pasó.

Pero que lo crean todos no significa que exista o haya ocurrido.

En un tiempo todos creían que la tierra era plana”.

Fernando de la Rúa.

 

Ironía que, en el tiempo en que tenemos el mayor acceso a la información en la historia de la humanidad -literalmente, al alcance de la mano-, tal parece que lo menos importante, o menos relevante, al momento de tomar decisiones o partido, es la verdad.

Hoy parece que lo más sencillo es sencillamente negar -o ignorar, pues-, cualquier evidencia o referencia probada, si es que la misma se opone al argumento o convicción preestablecida o previamente presentada.

Un ejemplo: De acuerdo con la consultora política SPIN, que se ha encargado de monitorear y comprobar -con datos- toda la información proporcionada por el presidente Andrés Manuel López Obrador durante sus “mañaneras”, al 1 de septiembre de 2021 y luego de casi tres años de gobierno, AMLO ha expresado, en dichos ejercicios de comunicación matutinos, más de 61,000 declaraciones falsas o engañosas.

Sin embargo, de poco sirve que se presente “evidencia” de ello -de esas imprecisiones-. La verdad es que la verdad ya no importa. Solo cuenta lo que cada uno cree o quiere creer -a partir de sus simpatías o fobias-, anticipadamente. Lo que cada uno de nosotros establece como la verdad -SU verdad- sin que sea necesario confirmarla o contrastarla, mucho menos, validarla.

Otro ejemplo: Los “fieros debates” en la recién inaugurada LXV legislatura en los cuales, sin importar argumentos, cifras o referencias legales, al final, el voto -tanto en la Cámara de Senadores, como en la Cámara de Diputados- se efectúa conforme a los acuerdos partidarios previos y nada más. E igual, pueden soltarse en tribuna -sí, en la tribuna más alta del país- no solo insulto personales -siempre reprobables– sino también falsas e inexistentes referencias “históricas” -cuya comprobación se encuentra únicamente en la percepción de quien las emite- con las que se pretende, vía la repetición constante, construir una nueva realidad, una realidad irreal.

Vale la pena recordar las preocupaciones que ya externaba George Orwell, respecto a su impresión de que el concepto de verdad objetiva estaba desapareciendo del mundo y que, en la práctica, la mentira se podía volver verdad, situación que le motivó a reflexionar sobre los mecanismos del sistema totalitario.

En su ensayo “Recuerdos de la guerra de España”, Orwell escribe que “El objetivo tácito de este modo de pensar es un mundo de pesadilla en el que el líder máximo, o bien la camarilla dirigente, controle no solo el futuro, sino incluso el pasado. Si sobre tal o cual acontecimiento el líder dictamina que «jamás tuvo lugar»… pues bien: no tuvo lugar jamás. Si dice que dos más dos son cinco, así tendrá que ser. Esta posibilidad me atemoriza mucho más que las bombas”.

Considero que el novelista británico no estaba errado. La construcción de una neo-verdad -o la destrucción de la verdad objetiva- representa un serio riesgo para cualquier sistema democrático del mundo. Y México desde luego, no está exento de ello.

Desde luego que es fundamental que cada individuo defienda sus particulares opiniones y puntos de vista, que lo señale y exprese con contundencia. Lo que me parece grave es que esta defensa hoy se fundamente, en buena parte de los casos, en meras suposiciones, simples creencias, sin otorgar siquiera “el beneficio de la duda” a la posición opuesta o los datos en contrario. Una especie de “yo así lo creo, así me parece, entonces así es”, desechando de antemano cualquier otra idea e, incluso, prueba o evidencia que pudiera presentarse. Hemos llegado -o regresado- al punto en que nada es verdad o nada vale si yo mismo no lo creo así, el punto donde la verdad, no importa.

Hoy, ya no es necesario -así pareciera- que el intercambio de opiniones fortalezca las tesis de cada una de las partes y, eventualmente, con la nueva información que se aporta, alguna de ellas pudiera modificar su punto de vista. La discusión hoy -si puede seguir llamándose “discusión”- estriba en la sordera en los puntos de vista del interlocutor y se centra únicamente en la posibilidad de expresar “mi propia” convicción. “Escuchamos -o leemos- no para entender, sino para saber qué responder”.

Irónico sin duda -reitero-, que en la era de la humanidad donde más información tenemos y donde es más sencillo que nunca acceder a ella, sencillamente la ignoremos y nos conformemos con un debate de “ideas” centrado en monólogos alternados y que, ante la falta o la negación de los datos concretos, se recurra a la descalificación a través del insulto, de la ofensa personal.

Parece que, en esta nueva era de la “opiniología” basta con que “yo lo crea” o “a mí me parezca”, para que cualquier idea en contrario sea invalidada, sin que medie ningún otro argumento o soporte documental y es suficiente un simple “estás pend….” para dar por terminada la discusión. Así, sin más.

No es necesario aportar datos, presentar información valida, exponer pruebas científicas o antecedentes históricos. Nada. Solo es necesario no estar de acuerdo -en ocasiones sin siquiera detenerse a revisar con detalle la posición con la cual no se concuerda o las explicaciones que se presentan para defender el punto-, para menoscabar lo expuesto y desautorizar al “adversario”, vía el insulto personal.

Así, el rechazo a la información concreta, especifica, solida; la cerrazón para escuchar y deliberar ideas diferentes así como la oposición a debatir con respeto y apertura, nos coloca en ese borde, donde la burda repetición de una ”nueva verdad” o de una “verdad no verdadera” -magnificada, además, por las redes sociales- e impulsada desde los montículos de poder, nos acerca al absurdo de revivir y recrear, cotidianamente, la escena donde, ante la evidencia presentada por Galileo -hace apenas casi 500 años- respecto a la teoría de la rotación solar, con la cual desechaba la idea de que el universo giraba en torno a la tierra, sus detractores le responden -o responderían hoy- simplemente: “estás pend…”.

Lo menos importante pues, parece la verdad. Y la verdad, se amerita otro café.