El verdadero muro de Trump no es de concreto, es económico

Ana Karina fernández

Ana Karina fernández

Ana Karina Fernández

Trump no inventó el desprecio elegante hacia México. Solo lo volvió slogan, merchandising y política pública. Y nosotros, honestamente, llevamos décadas ayudándole con la narrativa.

Porque mientras en México seguimos indignándonos cuando un presidente estadounidense nos habla “feo”, al mismo tiempo tenemos carreteras tomadas, aduanas infiltradas, combustible robado, trenes detenidos por crimen organizado y gobiernos locales que a veces parecen franquicias administrativas del caos. Entonces llega Washington, ve eso y concluye algo brutal: “si ellos no ponen orden en su casa, nosotros pondremos condiciones desde la nuestra”. Es el problema de ser su back yard!

Y ahí es donde empieza el verdadero tema macroeconómico.

Muchos mexicanos siguen creyendo que la relación bilateral es romántica. No lo es. Es contable. Estados Unidos no tiene amigos querido lector, tiene intereses estratégicos con el mejor marketing.

Trump ya había demostrado en su presidencia pasada que podía castigar económicamente a México sin necesidad de tanques ni invasiones (tal como lo decía Kissinger). El famoso “Plan Marshall mexicano” que nunca se llamó oficialmente así, pero que en la práctica consistía en usar integración económica, nearshoring, cadenas de suministro y facilidades comerciales como mecanismo de estabilidad regional, empezó a fracturarse con él.

Porque Trump convirtió la cooperación en condicionamiento.

Amenazó aranceles escalonados a todas las exportaciones mexicanas si México no endurecía política migratoria. Y funcionó. México terminó haciendo tareas migratorias que históricamente eran responsabilidad estadounidense. La Guardia Nacional acabó persiguiendo migrantes para proteger la frontera de otro país mientras aquí seguimos sin poder proteger muchas veces nuestras propias carreteras.

Luego vino la presión sobre el T-MEC. Trump renegoció el tratado para endurecer reglas de origen automotriz, elevar salarios manufactureros y limitar ventajas competitivas mexicanas basadas en mano de obra barata. Impacto? Más presión sobre costos industriales, incertidumbre para inversión y menor margen competitivo frente a Asia.

También eliminó o redujo incentivos indirectos de confianza. Y de eso no se habla suficiente.

Porque el capital no solo mira impuestos. Mira percepción de estabilidad.

Cuando Trump empezó a hablar de México como amenaza de seguridad, como fábrica de fentanilo, como plataforma migratoria descontrolada, afectó percepción país. Y percepción país significa costo financiero. Significa primas de riesgo. Significa cautela para inversión institucional. Significa empresas posponiendo expansión mientras deciden si México será plataforma industrial o problema geopolítico.

Y ahora el escenario podría ponerse todavía más duro.

Me explico: hoy Trump ya no habla solo de migración. Habla de terrorismo, narcotráfico y seguridad nacional. Y esa diferencia semántica es gigantesca. Porque cuando Washington cambia el lenguaje… cambia la arquitectura de presión.

Si en su regreso decide etiquetar formalmente a ciertos cárteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras con dientes operativos reales, podría justificar sanciones financieras más agresivas, vigilancia bancaria extrema, restricciones comerciales indirectas y presiones diplomáticas que afectarían desde remesas hasta cadenas logísticas completas.

Y cuidado con algo: el golpe no necesariamente vendría en forma de muro. Vendría en forma de compliance.

Porque hoy una auditoría internacional mata más negocios que una bala.

Un banco extranjero que considere riesgoso operar con ciertas zonas mexicanas puede congelar crédito. Un fondo institucional puede salir del país. Una empresa global puede mover plantas a Texas o Vietnam simplemente porque el “riesgo reputacional México” se volvió demasiado caro para explicarle a su consejo de administración. Querido lector: yo sé cosas!

Ese es el verdadero peligro macro.

No el discurso. El costo financiero del discurso.

Y aquí viene la parte jodida que pocos quieren admitir: Trump creció políticamente porque México se volvió un símbolo perfecto del desorden para consumo electoral estadounidense. Touché!

Mientras aquí seguimos confundiendo soberanía con susceptibilidad emocional.

Porque soberanía no es gritar “intervencionismo” en televisión. Soberanía es tener puertos controlados, estado de derecho funcional, infraestructura segura y capacidad institucional suficiente para que ningún vecino pueda chantajearte económicamente.

Pero claro… eso requiere algo aburridísimo y poco sexy: gobernar bien.

Y mientras nosotros seguimos atrapados entre propaganda, polarización y conferencias mañaneras eternas… Estados Unidos ya entendió algo que nosotros seguimos negando: el nuevo petróleo global no es el crudo. Es la certidumbre.

Por eso tantas empresas todavía quieren venir a México. Cercanía geográfica, costos competitivos, manufactura, talento técnico. El nearshoring pudo haber sido nuestro mini Plan Marshall contemporáneo.

Pero el nearshoring no aterriza en países donde un contenedor puede tardar más en salir de aduana por corrupción que en cruzar el Pacífico.

Ahí está la tragedia.

México tiene la posición geográfica de una potencia… con la disciplina institucional de alguien que perdió las llaves de su propia casa.

Y Trump lo sabe. Peor aún… Wall Street lo sabe.

Just saying…

 


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