Órale Politics! – Memorias del 9-11

La semana pasada se cumplieron 20 años del terrible acto de terrorismo contra las Torres Gemelas en la ciudad de Nueva York. En este artículo narro lo que a mí me tocó vivir en Nueva York en la fatídica fecha como estudiante de doctorado de Ciencia Política en la Universidad de Columbia.

Esa mañana yo estaba preparando todo para irme a la universidad. Prendo la tele y veo una torre gemela en llamas y el impacto del segundo avión. Creí que era una película. Luego vi el recuadro del Pentágono explotando. En ese momento me entró el mello. Me pregunté: ¿Qué sigue? ¿Al país más poderoso del planeta le están partiendo su mandarina en gajos y no puede defenderse? ¿En realidad lo que sigue es un hongo radioactivo en Manhattan o en Los Ángeles? Mientras yo seguía viendo petrificado los reportes televisivos.

Luego se cae la primera torre y los compañeros con los que compartía un departamento, un ruso y un griego, estaban muertos de la risa…  Ahí entendí que los USA ya debían varias, además de que el 9-11 era el aniversario #18 del artero asesinato de Salvador Allende del Chile de mis amores (sin albur). Luego se derrumba la segunda torre. Tiempo después una maravillosa psicóloga de Columbia me explicó que, ante eventos difíciles de comprender y asimilar, las reacciones de los seres humanos son muy variadas. Algunos se ponen a llorar, otros se paralizan, otros lo internalizan todo y sólo hablan del asunto después de varios años, otros se deprimen ipso facto, a otros les da una risa medio histérica… y así por el estilo.

Más tarde ese día, cuando decido ir a la Universidad de Columbia y atravieso Broadway a la altura de la calle 118, veo una cantidad impresionante de gente sin saco y sin corbata, y algunos cargando sus zapatos, caminando cansados y con la mirada perdida en un éxodo lento, silencioso y triste hacia el norte de Manhattan, el Metro había suspendido el servicio en su totalidad. La calle prácticamente sin carros, el cielo azul, hermoso. En ese momento, comprendí que el mundo había cambiado para siempre. You don´t mess with the best, dicen los gringos. La mayor parte del día me la pasé en silencio, al igual que la mayor parte de los estudiantes de Columbia. Cuando se hablaba, se hablaba poco.

Las noticias seguían fluyendo: no fue accidente, fue un acto terrorista; que ya no es necesario ir a donar sangre; que murieron muchos bomberos; que hubo gente que prefirió aventarse desde las alturas a morir quemada allá arriba… El Consulado Mexicano estaba completamente perdido, manejaba números apocalípticos de mexicanos muertos y desperdiciaba mucho tiempo tratando de contestar satisfactoriamente los telefonazos de los jefazos influyentes desde México, mismos que preguntaban por sus familias, seres queridos y hasta por sus queridas. En la Asociación Tepeyac, una asociación que ayudaba a los migrantes mexicanos en Nueva York en muchos aspectos, la historia era completamente distinta. Ellos manejaban cifras más realistas e iban 24 horas adelantados al Consulado en cuestión de actualizaciones certeras de información. La Asociación coordinó la búsqueda y localización de un buen de mexicanos y otros latinos indocumentados que trabajaban en el World Trade Center.

La Asociación, antes que el Consulado, se encargaba de dar las malas o buenas noticias a los familiares de los desaparecidos allá en México. Era muy angustioso hacer la llamada para confirmar la muerte de alguien. Y también hubo historias chuscas. Recuerdo que había un cuate que ya lo habían dado por muerto, pero no hallaban su cuerpo. Como a los cuatro días aparece el individuo, con una borrachera marca morirás y quejándose de que le habían robado su bicicleta. De hecho él se enteró que las Torres Gemelas se habían caído hasta que entró en el proceso de desintoxicación alcohólica.

Ese semestre yo daba clases también en la Universidad de Nueva York (NYU). El Departamento de Ciencia Política de NYU era muy peculiar en ese entonces. Demasiado blanco, si se me permite. En NYU me tocó de todo: un profesor senior que le molestaba en extremo que yo sacase copias fotostáticas antes que él y me enviaba a la secretaria del Departamento para que me sacara del cuarto de copias; una odiosa jefa de Departamento que como que alguna vez me confundió con el repartidor de pizzas; un estudiante que me calificó de idiota por no querer modificar mi sistema de calificar el curso y una estudiante de origen indio que de plano me aventó lo siguiente a la cara: “mis padres no pagan la colegiatura de NYU para que usted me ponga un nueve en la materia”. La jefa de Departamento le cambió la calificación que yo le había dado porque no quería mamás indias gritando en su oficina. En algún momento de mi estadía en NYU, Jorge Castañeda y yo fuimos los únicos miembros mexicanos en las áreas de Política y Relaciones Internacionales en la universidad.

Bueno, el caso es que ese semestre yo di la clase de Opinión Pública Estadounidense en NYU, a nivel licenciatura. Estuvo mucho loco, si se me permite. La universidad cerró sus puertas durante algunos días, mientras que la ciudad de Nueva York limpiaba la capa de polvo gris que cubría toda la zona. Tuve que ser en extremo cuidadoso con lo que decía. Semanas después del terrible suceso empezaban a circular las noticias de profesores que perdían su trabajo en universidades estadounidenses por decir una que otra verdad en relación a los acontecimientos del 9-11.

Mi salón de clases tenía una ventana muy pequeña, que servía de escaparate para ver las hermosas Torres Gemelas. Después del 9-11, la ventana seguía ahí, pero ya sin torres, lo cual fue impresionante. Recuerdo que la primera clase que tuve después del 9-11 la iniciamos con un minuto de silencio en honor de los fallecidos y dedicamos toda la clase para que los estudiantes platicaran sobre el suceso. Hubo de todo: miedo, coraje, odio, perdón, deseos educados de venganza, sollozos… pero lo que más hubo fueron preguntas, muchas preguntas sin respuestas.

Mientras, en México, además del asombro sobre lo duro del atentado, también empezaron a circular los chistes sobre el terrible suceso. El mexicano tiene integrados algunos chips que horrorizan a otras culturas: un día al año nos sentamos a comer y beber con nuestros muertos; acostumbramos inventar chistes sobre nosotros mismos y los demás, sin importar lo terrible de la situación; nuestras expresiones surrealistas por definición las manejamos cotidianamente sin empacho alguno: ahorita, awiwi, aguántame tantito, órale, híjole, ándale, ¡pus qué pues!, ¡quihúbole!, ¡reatas!; el que no transa no avanza; se sigue hablando de implementación de justicia cuando más del 95% de los crímenes no se aclaran, ni se persigue a los responsables… (¿y entonces qué diablos hacen las fiscalías de los estados y la federal?)

Los primeros días después del 9-11 me dieron muchas ganas de caminar. En una de esas largas caminatas llegué por la noche, si no mal recuerdo, al Union Square Park. Los pasillos del parque estaban tapizados de fotografías de desaparecidos que trabajaban en las torres. El terrible “Have you seen…?” estaba por todos lados y las fotos eran iluminadas por veladoras. Escenas muy parecidas a las de ciertos parques de Santiago de Chile, en otoño del 1973. El resto del semestre estuvimos analizando esporádicamente con mis alumnos las portadas del New York Times y distinguiendo entre información objetiva y propaganda de guerra. Afganistán se desmoronó rápidamente, dos años después fue el turno de Saddam Husein y el petróleo iraquí.

También recuerdo que las primeras semanas había un debate informal entre la facultad de Columbia sobre quién estaba detrás y/o había organizado los atentados terroristas del 9-11. Algunos decían que había una potencia media detrás de todo esto o al menos existía el financiamiento y apoyo logístico de dicha potencia a un grupo extremista. Yo era de los que decía que había sido una operación magistralmente planeada desde algún lugar en la mitad de la nada. Era obvio que la operación había pasado debajo del radar de espionaje estadounidense y ni Irán, ni Iraq se iban a aventar el boleto de tumbar las Torres Gemelas, mucho menos China o Rusia. La lógica del ataque era novedosa, desafiante, paciente e ingeniosa. Poco a poco se fueron aclarando las cosas y la imagen de Osama Bin Laden fue creciendo y creciendo. Lo que me llamó la atención fue que ¿cómo fue posible que los 20 integrantes del escuadrón terrorista que llevó a cabo las operaciones del 9-11 hayan sido de nacionalidad saudita y los USA no hicieran nada contra Arabia Saudita y en su lugar se hayan lanzado contra Iraq? Luego saldrían a la luz las conexiones de la elite republicana texana con el reino de Arabia Saudita y a la mitad de la danza, el canijo petróleo, para variar.

Después de 20 años las cifras son contundentes: Guerra con Iraq, 2003-2011: más de 250 mil muertes entre los iraquíes; 4,431 estadounidenses muertos. Guerra con Afganistán 2001-2021: más de 46 mil muertes entre los afganos; 2,455 estadounidenses muertos. De acuerdo a Biden, los Estados Unidos gastaron un promedio de 300 millones de dólares diarios durante 20 años en la guerra con Afganistán. En la guerra con Iraq las grandes ganadoras fueron las compañías petroleras estadounidenses y británicas.

20 años después, los US Military salen con la cola entre las patas de Kabul y el Talibán resurge más fuerte que nunca en Afganistán. En términos geopolíticos, los ganadores con la retirada estadounidense son China, Rusia e Irán. Los paquistaníes también se consideran ganadores, pero cada vez que estos cuates creen que tienen todo bajo control, las cosas truenan por todos lados. Los paquistaníes le han dado the kiss of death a la nueva Afganistán y eso no son buenas noticias para las potencias medias en la región, incluyendo la India.

Y luego Trump tiene un buen de posibilidades de reelegirse en 2024…