Uno de los efectos inesperados de la pandemia de Covid-19 fue la reducción casi total del tráfico automovilistico en las ciudades y un descenso muy acusado en los niveles de contaminación, que en muchas grandes urbes superaban reiteradamente los umbrales de riesgo que marca la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Se estima que unas siete millones de personas en el mundo mueren derivado de la contaminación. Según la OMS, 9 de cada 10 personas respiran aire contaminado, un hecho que ocasiona graves problemas de salud entre los que destacan neumonías, infecciones respiratorias o cáncer de pulmón.

Si a esto le sumamos que el transporte público se está retomando con aforo limitado y que muchas personas pueden sentir cierto miedo – razonable- al utilizar el metro o el autobús para desplazarse, parece lógico esperar que se esté produciendo un aumento en el uso del coche privado. Sin embargo, la vuelta al uso masivo de coches entraña muchos problemas: atascos en las entradas a las grandes ciudades, contaminación y emisiones de gases con efecto invernadero que contribuyen a esa otra gran crisis con la que tenemos que lidiar: el cambio climático.

Ante este problema, muchas grandes ciudades están optando por la promoción del uso de la bicicleta como solución de movilidad barata, saludable y no contaminante. Ciudades como Milán, Ginebra, Bruselas y Londres han decidido invertir en carriles bici flexibles que animen a más personas a desplazarse en bicicleta.

En Naciones Unidas se ha creado un grupo de trabajo para analizar soluciones que contribuyan a que la movilidad en la era post-COVID-19 sea más ecológica, saludable y sostenible. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), satisfacer las necesidades de estos ciclistas y peatones es crucial para solucionar los problemas de movilidad de las ciudades, para mitigar el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero debido al crecimiento de la población y para mejorar la calidad del aire y la seguridad vial.

Además de fomentar el cuidado del medio ambiente, la bicicleta también mejora la salud de los ciudadanos: no solo se mejora la calidad del aire y se reduce la contaminación acústica, sino que, según la OMS, las personas que se desplazan en bicicleta tienen menor riesgo de padecer enfermedades cardiacas, derrames cerebrales, diabetes e incluso algunos tipos de cáncer. Y, actualmente y en el contexto de la pandemia, garantizan la movilidad manteniendo la distancia física y evitando contagios.