Órale Politics – Mascarilla feliz

Actualmente existe cada vez un mayor consenso en la comunidad médica occidental de que el uso de la mascarilla es una de las herramientas más eficaces para lidiar con el COVID 19. Aunque el uso de la mascarilla tiene connotaciones que definitivamente van más allá de su eficacia médica: connotaciones políticas y económicas.

En Corea del Sur, China, Hong Kong, Taiwán y Japón, por ejemplo, una de las primeras medidas que se tomaron en la actual pandemia fue el uso de la mascarilla. La empatía es un valor muy apreciado por la cultura oriental. A los habitantes de estos países les resulta relativamente sencillo ponerse en los zapatos de los demás cuando se trata de resolver problemas en conjunto. Al usar yo una mascarilla le envío un mensaje claro al vecino: No me quiero contagiar y no quiero contagiarte, por lo que uso la mascarilla.

En México las cosas se complican más de lo necesario a este respecto. La sociedad occidental es más individualista y la lógica es diferente: “¿Para qué usar mascarilla si me causa molestias usarla? ¿Para qué usar la mascarilla si me siento bien y no estoy enfermo? ¡Uy! ¿Ya viste al mamón aquél que anda por la calle con una mascarilla y además usa una careta?” En realidad lo que sucede es que los que usan mascarilla protegen más a los que no la usan y no al revés. Y al mexicano promedio le cuesta mucho procesar que el uso de la mascarilla es por el bien de todos: Uso la mascarilla y poco a poco se van reduciendo los contagios, y las muertes también. Pero eso sólo funciona si el vecino usa una mascarilla… Y al vecino le vale chetos usar una mascarilla y agarra la jarra en grupo todos los fines de semana. Aunque, en honor a la verdad, parece que la proporción de ciudadanos que usan mascarilla en México va en aumento.

¿De qué sirven actualmente las mascarillas?  De acuerdo al Dr. Alejandro Macías (FB), la mascarilla es esencial para disminuir la probabilidad de contagio. El uso de la mascarilla contribuye en buena medida a evitar la diseminación del virus en dos de sus principales formas de contagio: transmisión por aerosol y transmisión por gotas. La idea central es que el uso de mascarillas limita la diseminación de las partículas en las que viaja el virus cuando los humanos hablamos, estornudamos, tosemos, cantamos, gritamos, rezamos, chiflamos o simplemente respiramos. Para que funcione esto, no basta con que yo use una mascarilla en lugares públicos abiertos o cerrados, también el de enfrente o la de junto deben usarla.

El uso de la mascarilla no anula la probabilidad de contagio, sino que facilita el uso eficaz de los servicios médicos de emergencia, evita una saturación continua de ellos. Esto es, el uso de la mascarilla  es una herramienta más para que la humanidad pueda lidiar con el problema de una forma racional, canalizando recursos escasos a necesidades de salud urgentes y crecientes.

Todo esto suena soft y nice cuando así se plantea. La realidad en los países del tercer mundo es diferente y hasta cruel a ese respecto. En México, el sistema de salud ya era un desastre incluso antes de la llegada de la 4T y del COVID 19. Un desastre que tomó más de 36 años construir. En México, si no hay un buen nivel de ingreso, las probabilidades de morir por el COVID se elevan. Los centros de salud que atienden a los contagiados con síntomas se convierten poco a poco en focos de infección. El personal médico en algunos lugares ha sido diezmado por la enfermedad, producto directo de falta de equipo de protección que cumpla con los mínimos requisitos necesarios de funcionalidad.

Y si a eso agregamos que las mascarillas no son de la calidad deseable, que luego las usan en la barbilla de la cara, de bigote, de cubre papadas, de ojo de pirata y hasta de gorro, además de que la gente se la pasa todo el tiempo tocando con las manos la mascarilla, los ojos y la boca… No nada más hay que usar la mascarilla, sino hay que usarla bien y hay que irse acostumbrando a usarla por periodos relativamente largos de tiempo durante el día. Poco a poco el mexicano va aprendiendo a usar la mascarilla y a apreciar su valor en términos de disminuir la probabilidad de contagio.

La mascarilla y la economía. Aparentemente, la mejor forma de volver a echar a andar la economía es reduciendo el número de contagiados y el número de muertes… el uso de la mascarilla contribuye a ambos fines. Esto se relaciona en buena medida con una aplicación conjunta de usar mascarilla y aplicar la sana distancia cuando uno salga de la casa por motivos estrictamente necesarios: comprar alimentos, ir al médico, ir a trabajar.

Actualmente el número de desempleados en el mundo se ha disparado en todos los países, con honrosas excepciones, como Alemania. El principal problema del desempleo no son tanto sus números, sino cómo recuperar los empleos perdidos. Este proceso puede tomar meses o años, bajo el supuesto de que la pandemia disminuya su efecto de manera paulatina, lo cual nadie sabe cuándo pueda llegar a suceder o si va a suceder, al menos no por el momento. El regreso al trabajo será muy diferente a lo que era el ambiente laboral antes de la pandemia. El uso de la mascarilla, el respeto a la sana distancia y la ventilación adecuada del recinto laboral serán componentes esenciales de la nueva realidad. Si esto no se da, la curva de aprendizaje será dolorosa y los rebrotes constantes. La economía irá de mal en peor…

Con el uso constante de la mascarilla, la economía recuperaría paulatinamente su ritmo de trabajo. La gente puede salir a comprar cosas (o comprarlas en línea, lo cual está ya creciendo de forma exponencial) y, quizá lo más importante, puede salir a trabajar y generar un ingreso periódico para la unidad familiar en la que habita. Estas dos actividades son impensables si no se guarda la sana distancia (en la medida de lo posible, por supuesto) y si no se usa la mascarilla de manera automática cada vez que uno salga de casita.

La mascarilla y la política. Aquí la palabra clave es “liderazgo”.  Mientras ciertos líderes se nieguen sistemáticamente, sobre todo en los hechos, a usar la mascarilla, pues algunos de sus gobernados tenderán a imitar su conducta. Y así está muy difícil disminuir el impacto generalizado de la pandemia sobre la población.

El asunto se complica cuando surgen contradicciones sobre la política de usar o no la mascarilla entre las autoridades sanitarias y el comportamiento del líder a este respecto. México, Brasil y los Estados Unidos son típicos ejemplos sobre esta contradicción. En México, el subsecretario de Salud, el buen López-Gatell, se la pasa diciéndole a la población que es recomendable usar la mascarilla, mientras que el presidente dice que la usará una vez que en México se acabe la corrupción… La reticencia del presidente mexicano a no usar la mascarilla, parece que va perdiendo fuerza, conforme se le ve usando la mascarilla en encuentros oficiales. Otra contradicción se da cuando López-Gatell le dice a los mexicanos que no salgan de casita, que salgan sólo para lo más indispensable. Entonces el presidente se la pasa brincando del tingo al tango en la República.  Estas contradicciones provocan confusión de probables consecuencias fatales para ciertos sectores de la población.

La actitud proyectada de Mucho Macho El Presidente que no usa mascarilla, definitivamente alarga la recuperación económica del país, además de contribuir a que la crisis sanitaria siga desenvolviéndose y afectando directamente a la población más vulnerable: los pobres, los adultos mayores y los adultos con precondiciones médicas de enfermedades crónicas. Una sociedad difícilmente va a ver la luz al final del túnel de este problemón con una actitud de Mucho Macho a mí me hace lo que el viento a Juárez el COVID 19. Bolsonaro y Trump caen como anillo al dedo en esta actitud de liderazgo…

También se ubica en la categoría de lo político el ejercicio o no de la facultad gubernamental para determinar el uso de la mascarilla en un contexto de Estado-nación. El gobierno mexicano a la fecha le tiembla la mano para hacer obligatorio el uso de la mascarilla a nivel nacional. El paquete se lo pasó a los estados de la República y la mayor parte de ellos, si decidieron hacer algo al respecto, les pasaron el paquete a las autoridades locales. Algunas autoridades municipales aplican jugosas multas a los que no usan mascarilla en lugares públicos o se los llevan un rato a la cárcel, generalmente no más de 36 horas.

Aunque esto es muy relativo, ya que sin apoyo de la sociedad, no existe gobierno local o estatal que pueda estar patrullando todas las calles de la ciudad para multar o encarcelar a todos los infractores sin mascarilla. De ahí la importancia de las señoras o señores regañones, la iglesia, los centros de enseñanza (virtual o presencial), los centros laborales y los medios de comunicación. La única manera de salir de todo esto es todos juntos. No hay de otra.

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