El inicio caótico del Mundial
Por: Raúl Contreras Bustamante
No existe en el planeta un fenómeno social más poderoso que el futbol ni una justa que despierte tantas pasiones colectivas como el Mundial. Los países se preparan y hacen muchos esfuerzos para lograr ser la sede de este evento deportivo, porque es una oportunidad magnífica para promoverse dentro de la esfera internacional.
Gracias a las credenciales históricas que dejaron la impecable organización de los Juegos Olímpicos de 1968 y los inolvidables Mundiales de 1970 y 1986, México consolidó el honor de ser elegido de nuevo como sede mundialista; aunque esta vez junto con nuestros principales socios norteamericanos: Estados Unidos y Canadá.
Sin embargo, ignorando este compromiso internacional, se tomó la decisión de suspender la construcción del Aeropuerto de Texcoco, que eliminó la posibilidad de contar con una terminal de vanguardia que hubiese permitido un flujo cómodo, ágil y moderno para turistas y deportistas.
En cambio, se tuvieron que llevar a cabo obras de última hora al viejo Aeropuerto Benito Juárez —que ascienden a más 10 mil millones de pesos— que han entorpecido la operación diaria de la terminal y se pusieron en marcha de manera inacabada e insuficiente.
De igual manera, se frenó el proyecto original de remodelación del Estadio Azteca que contemplaba una ambiciosa intervención urbana, debido a las presiones vecinales y a la falta de mediación por parte del gobierno capitalino.
La falta de políticas públicas y financiamiento para preparar con la debida anticipación a las tres sedes de los partidos mundialistas —Guadalajara, Monterrey y la propia Ciudad de México— ha provocado que las vialidades de acceso a los estadios, los sistemas de transporte colectivo y las campañas de promoción turística dejen mucho que desear.
En el caso de la capital de la República, por apatía e incapacidad se perdió una oportunidad de oro para regular al comercio informal y el ambulantaje; embellecer las áreas verdes; diseñar rutas de acceso al Estadio con monumentos y elementos distintivos del evento; incentivar a la ciudadanía a pintar sus fachadas y limpiar los grafitis que inundan el entorno urbano.
No se sabe bien cuál es el emblema oficial ni el logotipo del Mundial; y la ausencia de una campaña publicitaria de impacto —de carácter internacional ni nacional— resulta incomprensible. Se dejó de capitalizar que los ojos de millones de personas en el mundo están fijos en nuestra tierra, porque aquí se celebró la inauguración de este evento global.
En contraste con este silencio promocional, las crónicas de la prensa internacional han sido testigo del boicot de la CNTE que reclama el incumplimiento de las promesas de campaña y llevan muchos días generando marchas y acciones violentas que han producido un severo caos vial en la metrópoli e impedido que los turistas puedan visitar el Centro Histórico, acceder con libertad al Zócalo y al propio Estadio.
Y en las horas previas a la inauguración, se sumaron manifestaciones de los colectivos de madres buscadoras; de padres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa; y hasta de aficionados inconformes impedidos a utilizar de la manera acostumbrada los palcos del recinto deportivo.
En fin, la justa mundialista se convirtió en un escenario de alta vulnerabilidad, catalizador de pasiones colectivas. Y en un escaparate que exhibe a nivel global nuestras profundas crisis internas; una infraestructura insuficiente; así como la desorganización y falta de capacidad de gestión social de parte del gobierno.
Es decir, el anfitrión fue superado por la magnitud del desafío. Estamos ante la crónica de un colapso anunciado.
Como Corolario, la frase de Sun Tzu: “La desorganización es el peor de los sabotajes”.
