Las cartas que ya no escribimos y las que aún nos delatan

José Adolfo murat columnista

Los malos siempre son los otros

Por: José Adolfo Murat

Existe una razón por la que los historiadores, los biógrafos y los psicoanalistas del poder han dedicado siglos a estudiar la correspondencia privada de los grandes protagonistas de la historia. No es nostalgia por el papel ni fetichismo por la tinta. Es algo más preciso: la carta es el único género donde el autor cree que controla el mensaje — y precisamente por eso, se delata.

Napoleón Bonaparte escribía a Josefina con una urgencia que revelaba no al estratega militar que derrotó a Europa, sino a un hombre inseguro, celoso, profundamente dependiente. Abraham Lincoln redactó una carta a la madre de cinco hijos muertos en la guerra civil que sigue siendo, siglo y medio después, el documento más honesto sobre la culpa que puede sentir un hombre de Estado. Karl Marx escribía a Engels con una franqueza ideológica que sus manifiestos públicos nunca se permitieron — y en esa correspondencia se ven las dudas, las contradicciones y las pasiones que el pensamiento sistemático ocultaba.

La carta, a diferencia del discurso, no tiene público visible. A diferencia del tweet, no tiene límite de caracteres que obligue a la síntesis. A diferencia del chat, no desaparece. La carta queda. Y en lo que queda, queda también el carácter de quien la escribió.

En la era de los mensajes efímeros, de las conversaciones que se borran, de la comunicación que privilegia la velocidad sobre la profundidad y el impacto sobre la verdad, hemos perdido ese género. Ya no nos escribimos cartas. Y con ellas hemos perdido también uno de los instrumentos más precisos que tenía la historia para entender a sus protagonistas.

Por eso, cuando llega una, vale la pena leerla con cuidado.

El 3 de junio de 2026, desde Quinta La Chingada en Palenque, Chiapas, Andrés Manuel López Obrador firmó un documento de cinco cuartillas que tituló con la solemnidad que siempre le ha dado a sus gestos públicos: *”Mi apoyo sin condiciones a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y una respetuosa reflexión sobre el presidente Donald Trump.”*

La carta circuló de inmediato. Fue leída, comentada, aplaudida por unos y criticada por otros. Se debatió su oportunidad política, su tono, su timing respecto al segundo aniversario del triunfo electoral de Sheinbaum. Se especuló sobre si la presidenta la conoció antes de su publicación o si fue una sorpresa también para ella.

Pero pocas lecturas se detuvieron en lo más importante: lo que la carta revela sobre quien la escribió.

El argumento central del documento es sencillo y puede resumirse en una línea: el Trump que yo conocí era bueno. Los que lo rodean ahora son los malos.

Es una estructura narrativa que cualquier analista político reconoce de inmediato, porque no es nueva ni exclusiva de López Obrador. Es, de hecho, uno de los patrones más antiguos y más recurrentes del pensamiento populista en cualquier latitud: la pureza del líder preservada intacta frente a la corrupción de su entorno. El jefe no se equivoca. El jefe fue traicionado. Los malos son los que lo rodean.

Lo que hace extraordinariamente revelador este documento es que López Obrador aplica ese mismo patrón — con el que durante años interpretó su propia trayectoria política y la de su movimiento — a un mandatario extranjero. Donald Trump no es el problema, escribe AMLO. El problema son sus “falsos amigos y consejeros internos y del exterior que lo han estado embarcando en viles y siniestras aventuras.”

La simetría es perfecta. Y la simetría es la confesión.

Porque el hombre que durante décadas construyó un relato político basado en la idea de que él era el único actor honesto en un sistema corrupto, que los problemas de México eran siempre resultado de quienes lo rodeaban — la mafia del poder, la élite rapaz, los conservadores, los neoliberales, los traidores — ese mismo hombre aplica hoy, con sorprendente naturalidad, exactamente la misma lógica a la figura de su contraparte en Washington.

No es cinismo. Es algo más profundo y más difícil de corregir: es una forma de razonar. Una estructura mental que no distingue entre el análisis político y la autoprotección narrativa, porque ambas cosas son, para quien así piensa, la misma operación.

Hay un momento en la carta que merece detenerse más que cualquier otro.

López Obrador recuerda, con evidente nostalgia, los años en que gobernó en paralelo al primer mandato de Trump. Enumera los logros de esa relación: el T-MEC, el manejo migratorio, el episodio del general Cienfuegos, la consulta sobre calificar a los cárteles como organizaciones terroristas. En todos los casos, la narrativa es la misma: Trump escuchó, Trump cedió, Trump comprendió.

Y tiene razón en los hechos. Muchos de esos acuerdos existieron. Muchos de esos momentos ocurrieron tal como los describe.

Pero hay algo que la carta omite con una precisión que no puede ser accidental: la mayoría de los hechos que hoy condicionan la relación bilateral — los que generaron la desconfianza, los que abrieron las investigaciones, los que provocaron la escalada — ocurrieron durante esos mismos años. Durante su sexenio.

Cinco cuartillas. Cero referencias a esa realidad.

En el análisis de Antonio Navalón, columnista de El Financiero, la carta se lee como “la de antiguos amantes”: un intento de recuperar los momentos tiernos, cerrando con una súplica, “casi como un grito desgarrador”, para que regrese el Trump de los buenos tiempos. Es una lectura literariamente precisa. Pero hay una dimensión adicional que esa metáfora no captura completamente.

La carta no es solo nostalgia. Es también, y quizás sobre todo, una operación de exculpación retroactiva. Al construir la narrativa de un Trump original que era razonable, dialogante y respetuoso de la soberanía mexicana, López Obrador está construyendo simultáneamente la narrativa de un sexenio que no tiene responsabilidad en lo que vino después. Si Trump cambió porque lo rodearon de malos consejeros, entonces la relación que existió antes era sana. Y si era sana, lo que ocurrió durante esos años fue correcto.

Los malos siempre son los otros. También en la política exterior. También en la historia que uno mismo escribe sobre sí mismo.

Existe una diferencia fundamental entre un error y un patrón.

Un error es un juicio equivocado, una decisión mal tomada, una lectura incorrecta de la realidad. Los errores son universales, inevitables y, cuando se reconocen, pueden corregirse. Un patrón es otra cosa: es la repetición sistemática de una misma operación mental, aplicada a contextos distintos, produciendo siempre el mismo resultado.

Lo que la carta del 3 de junio revela no es un error de López Obrador. Revela un patrón. Y los patrones, a diferencia de los errores, no se corrigen porque quien los ejecuta no los percibe como tales. Son, simplemente, la forma en que esa persona entiende el mundo.

En ese sentido, la carta es un documento histórico de primer orden. No porque cambie la relación bilateral — no la cambiará. No porque defina el futuro político de Morena — eso está por verse. Sino porque, en cinco cuartillas escritas desde Palenque por un hombre que creyó controlar el mensaje, queda registrado con una claridad que ningún biógrafo futuro necesitará interpretar: cómo razona, cómo se protege y cómo entiende el poder el personaje más importante de la política mexicana de las últimas tres décadas.

Las cartas que ya no escribimos nos han robado ese espejo.

Esta llegó a tiempo.


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