Morena podría sobrevivir al escándalo… pero no necesariamente al desencanto

Ana Karina fernández

Ana Karina fernández

Por: Ana Karina Fernández

Durante años Morena construyó algo mucho más poderoso que una estructura electoral: construyó superioridad moral. Y no, no hablo de honestidad absoluta porque se y sabes querido lector, que eso jamás ha existido en la política mexicana. Hablo de storytelling. Que en política muchas veces vale más que los expedientes. Morena logró convencer a millones de personas de que, aunque pudiera haber errores, excesos o improvisaciones, “ellos no eran iguales”. Ese fue el verdadero músculo del movimiento y no los espectaculares. No los programas sociales ni las mañaneras. La idea emocional de que el poder por fin había cambiado de manos y que “los corruptos de antes” ya no gobernaban.

Por eso el caso de Rubén Rocha Moya no es cualquier crisis mediática. El problema no es solamente jurídico. Es simbólico. Porque cuando un gobernador morenista empieza a aparecer vinculado en conversaciones internacionales relacionadas con crimen organizado, seguridad nacional o presiones diplomáticas, el golpe no entra solamente al despacho del gobernador. Entra directo al corazón narrativo de la 4T. Cosas de la percepción que le llaman!

Y ahí empiezan los problemas.

Porque la percepción pública funciona como el vidrio polarizado de una camioneta Suburban: desde dentro parece que nadie te ve… hasta que la luz cambia y todos alcanzan a distinguir las siluetas. Me explico?

Hoy Morena todavía mantiene niveles altos de aprobación presidencial. Distintas encuestas nacionales han colocado a la presidenta Claudia Sheinbaum entre 70% y 80% de aprobación durante sus primeros meses de gobierno. Eso significa que no estamos viendo un escenario de colapso inmediato. Quien crea que mañana se desploma Morena no entiende cómo funciona el voto emocional mexicano.

Pero tampoco entienden política quienes creen que estas cosas no dejan cicatrices. Porque sí las dejan. Sobre todo cuando empiezan a repetirse patrones.

Y eso es lo que la ciudadanía detecta muy rápido: patrones. Sobre todo cuando los tenemos ubicados por décadas!

Casas inexplicables, contratos, gobernadores incómodos, operadores locales señalados, secretarios que “no sabían”. Voceros que repiten demasiado la palabra “prudencia”. Todos esos elementos empiezan a generar algo peligrosísimo y sospechosismo para cualquier movimiento político: desgaste de credibilidad acumulativa.

No es una explosión es más como la humedad. Y la humedad siempre termina tirando las paredes aunque el mármol siga viéndose caro.

Ahora, hay un detalle fascinante que muchos opositores pasan por alto: el votante promedio de Morena no necesariamente abandona el movimiento porque aparezca un escándalo. Lo abandona cuando siente traición emocional. Y son cosas bien distintas.

El PRI sobrevivió décadas de corrupción porque la gente asumía que el PRI era eso. El problema de Morena es otro. Morena prometió precisamente no convertirse en eso. Entonces el estándar moral con el que la ciudadanía lo juzga es mucho más alto.

Y ahí las encuestas de las próximas semanas serán fundamentales. No solamente las de intención de voto. Ésas todavía podrían resistir relativamente bien. Las importantes serán las de percepción.

Cree usted que Morena sigue siendo distinto al PRI y PAN?

Cree usted que el gobierno combate realmente la corrupción?

Cree usted que el crimen organizado tiene influencia política?

Ahí está el verdadero termómetro. Porque cuando esos indicadores empiezan a deteriorarse, el problema ya no es Rocha Moya. El problema es la marca. Y las marcas políticas también se devalúan.

Pregúntenle al PRI.

En 2012 Enrique Peña Nieto regresó al poder con más de 38% de los votos. Apenas seis años después el PRI cayó a uno de los peores resultados de su historia presidencial con menos de 17%. Qué pasó? No fue solamente corrupción. Fue agotamiento narrativo. La gente dejó de creerles incluso antes de dejar de votarlos.

Y eso tarda años en construirse… pero puede acelerarse brutalmente cuando interviene Estados Unidos.

Porque aquí hay otro factor bien peculiar: Washington ya no habla del narcotráfico como antes. Hoy el discurso estadounidense mezcla terrorismo, seguridad nacional, precursores químicos, inteligencia financiera y presión logística. Cuando ese lenguaje entra a la conversación pública mexicana, muchos votantes empiezan a sentir algo muy delicado: vulnerabilidad internacional.

Y eso sí altera percepción de estabilidad.

Por eso veremos en próximos días un fenómeno muy interesante en redes: la base dura defenderá con más intensidad mientras el votante moderado empezará a guardar silencio. Y políticamente el silencio vale oro como indicador.

Porque el fanático grita. Pero el desencantado se desconecta. Y cuidado con eso!!

Porque las elecciones no siempre las pierde quien tiene más escándalos. Muchas veces las pierde quien deja de emocionar.

Al final quizá el mayor problema de Morena no sea Rocha Moya… sino que millones de personas empiecen a preguntarse en voz baja algo devastador:

“Y si sí terminaron siendo iguales?”

Just saying…

 

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