AI vs generación Z: cuando la inteligencia artificial no amenaza con dominarnos, sino con moldearnos
Ana Karina fernández
Por: Ana Karina Fernández
Durante años nos vendieron que el gran temor sobre la inteligencia artificial era que las máquinas adquirieran conciencia y nos sometieran. Una fantasía útil para el cine, pero limitada para entender el verdadero riesgo. La tesis perturbadora de Scary Smart es otra: la amenaza no es que la inteligencia artificial nos conquiste, sino que aprenda demasiado bien de nosotros.
Y si eso inquieta para cualquier sociedad, para la generación Z debería alarmar doblemente. Como siempre, esta autora, querido lector, culto y conocedor, quiere hablar sobre el bonito elefante en la sala!
Porque es la primera generación no solo nacida en ecosistemas digitales, sino psicológicamente modelada dentro de ellos.
Ese matiz importa porque no crecieron usando tecnología pero crecieron siendo observados por ella. Ese es otro nivel de relación.
Mo Gawdat plantea que la inteligencia artificial funciona como un niño brillante criado por una civilización contradictoria. Aprende de nuestras recompensas, nuestras obsesiones, nuestros sesgos. Si premiamos polarización, amplificará polarización y vamos, si premiamos ansiedad, monetizará ansiedad. Y así…
Y nadie ha vivido más expuesto a esa arquitectura de recompensa que la generación Z.
No es casual que muchos de sus síntomas culturales se parezcan tanto a la lógica algorítmica: la aceleración, la comparación constante, la estética por encima de la esencia, la dopamina fragmentada, la dificultad para sostener atención, la identidad convertida en performance… y seamos honestos querido lector, no todo es culpa de la tecnología, desde luego. Pero pensar que no la moldea sería naíf.
Aquí el libro se vuelve más inquietante de lo que parece. Porque la crítica de Gawdat no es contra robots autónomos, sino contra sistemas invisibles que ya editan percepción. Y eso toca directamente a Gen Z.
Un adolescente hoy no solo forma autoestima frente a sus pares. La forma frente a métricas, likes, views, engagement. Validación cuantificada, eso es brutal para una psique en formación.
La inteligencia artificial, cruzada con plataformas, no solo recomienda contenido. Recomienda estados emocionales. Te empuja más de lo que parece, y tal vez no estabas consciente de ello.
No es menor que debates sobre depresión, ansiedad, trastornos alimentarios, dismorfia corporal o radicalización política entre jóvenes estén atravesados por diseño algorítmico. Y ojo que eso apenas empieza.
Porque la siguiente capa es más compleja. Cuando Gawdat advierte que la IA puede amplificar nuestros defectos, uno de ellos es la manipulación. Y a eso suma que la generación Z vive en un entorno donde lo real y lo sintético empiezan a confundirse.
Deepfakes, influencers virtuales que generan emociones, cariño, vínculos. Relaciones parasociales. Contenido generado por máquinas. Novios hechos con IA. Amistades mediadas por bots. Esto no es ciencia ficción, es mercado.
La pregunta deja de ser si la tecnología piensa.
Empieza a ser quién está pensando por nosotros.
Hay algo especialmente delicado en una generación cuya construcción identitaria coincide con la era del algoritmo persuasivo. Porque una cosa es usar herramientas. Otra es ser entrenado por ellas.
Y aquí aparece una crítica que el libro sugiere, aunque quizá no lleva hasta el final: la IA no solo puede heredar defectos humanos, puede exacerbar vulnerabilidades generacionales.
En Gen Z eso podría traducirse en hiper dependencia cognitiva, el delegar memoria o escritura, o peor… delegar criterio. Lo mismo delegar deseo, intimidad incluso! Y sé que te suena exagerado hasta que uno ve estudiantes usando IA para pensar por ellos, no con ellos. Allí hay un punto abrumador. La automatización del esfuerzo intelectual no necesariamente libera.
A veces atrofia.
Y eso sí tiene implicaciones civilizatorias, porque una generación brillante, creativa y políticamente despierta podría terminar más condicionada por sistemas predictivos de lo que imagina. No por coerción, sino por comodidad.
Ese es el riesgo sofisticado, no la tiranía visible.
La dependencia voluntaria.
Ahora bien, sería un error leer Scary Smart como un panfleto apocalíptico porque no lo es.
Su propuesta es casi ética: educar a la inteligencia artificial como si importara lo que aprende.
Pero eso supone que primero entendamos qué está aprendiendo de nosotros y qué estamos enseñando a nuestros jóvenes mientras tanto.
Porque si el algoritmo premia furia, simplificación y tribalismo, no es raro ver ecos de eso en ciertas dinámicas digitales de Gen Z.
Cancelación como deporte moral, opinión convertida en identidad, disenso leído como amenaza. Todo acelerado, perforado… observado!
Hay un costo psíquico y cultural ahí.
Sin embargo, sería re tonto reducir a Gen Z a víctima pasiva.
También es una generación que ha usado plataformas para activismo, denuncia, organización y pedagogía política como ninguna otra.
Ahí está la tensión.
La misma infraestructura que puede erosionar autonomía puede potenciar ciudadanía.
Eso hace más interesante la discusión.
No es tecnología buena o mala.
Es, más bien, qué incentivos gobiernan su diseño, y quién paga el costo cuando esos incentivos fallan.
Yo añadiría algo que el libro apenas roza y que me parece crucial, la gran amenaza para la generación Z quizá no sea que la inteligencia artificial les quite trabajos, sino que les colonice imaginación, y que acabe moldeando no solo cómo trabajan sino qué desean, qué admiran, qué consideran verdad.
Y eso es más profundo. Porque una sociedad puede sobrevivir automatización, pero difícilmente sobrevive a la erosión del juicio. Quizá por eso la gran advertencia de Scary Smart no es tecnológica, es moral.
Nos dice que si criamos máquinas con una cultura enferma, nos devolverán esa enfermedad amplificada.
Pero también sugiere algo esperanzador, que aún puede corregirse.
Y tal vez ahí la generación Z no sea solo la más vulnerable sino que puede ser la decisiva.
Porque si alguna generación puede exigir diseño ético, regulación seria y soberanía sobre su atención, es la que nació dentro del experimento.
Lo verdaderamente aterrador no sería una inteligencia artificial demasiado inteligente sino una generación demasiado acostumbrada a no cuestionarla.
Mo Gawdat no es un ludita asustado por máquinas, es alguien que ayudó a construir parte del futuro y luego empezó a cuestionarlo. Hagan caso!
Just saying…
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