El Verde no rompe: factura
Gildardo López Hernández
Cada vez que en México se anuncia una reforma de fondo, el Partido Verde aparece incómodo. No por principios súbitos ni por vocación democrática tardía, sino porque alguien tocó algo que le importa de verdad: su lugar en la mesa y las reglas que lo mantienen vivo.
Esta vez fue la reforma electoral. El argumento público del PVEM es que no acepta ser tratado como subordinado. El argumento real es más llano: nadie quiere perder plurinominales, prerrogativas ni control sobre las listas. Y ahora ya ni siquiera lo disimulan.
Primero fue Luis Armando Melgar. Luego se sumó Jorge Carlos Ramírez Marín. Ambos, por separado, pero con el mismo mensaje: el Verde no va a acompañar ninguna reforma que reduzca los escaños plurinominales. No cuando, dicho sin rodeos, “va en contra de nosotros”. Más claro, imposible.
El Verde lleva décadas jugando el mismo partido. No gobierna grandes mayorías nacionales, no compite con estructura territorial robusta en todo el país, no encabeza causas incómodas. Su especialidad es otra: acompañar al que manda, asegurar posiciones y sobrevivir al siguiente ciclo. Así fue con el PRI, luego con el PAN, luego otra vez con el PRI y ahora con Morena. No es traición: es método.
Por eso el reclamo actual no sorprende. El Verde no está discutiendo el diseño fino del sistema electoral ni defendiendo una abstracción democrática. Está defendiendo el mecanismo que le permitió existir cuando no podía ganar distritos, y que hoy sigue siendo el corazón de su poder legislativo.
El episodio con Adán Augusto López es revelador. No es personal. Es simbólico. El mensaje es claro: no queremos intermediarios, queremos hablar directo con Palacio. Traducido al español político: queremos que se nos reconozca peso propio, aunque sepamos que sin la coalición ese peso se reduce dramáticamente.
No es menor quién pone la voz. Melgar, con vínculos empresariales bien conocidos, y Ramírez Marín, viejo operador parlamentario, no están improvisando. Ambos subrayan lo mismo: las reglas actuales “son buenas”, con ellas ganó Morena en 2018 y en 2024, y tocarlas, especialmente en lo que respecta a plurinominales, no fortalece la democracia, sino que afecta a las minorías… y al Verde.
Y aquí entra otro elemento que el PVEM nunca pierde oportunidad de recordar: gobierna. No mucho, no siempre bien, pero gobierna. Dos estados. Y cuando gobierna, ejerce poder sin demasiados complejos. El episodio reciente de la llamada “ley esposa” en San Luis Potosí es un buen ejemplo. Más allá del juicio que merezca esa iniciativa, el mensaje político es evidente: el Verde no solo vota, también manda. Y usa ese dato como credencial en la negociación nacional.
Por eso el tono. Por eso la advertencia. Por eso la frase que lo dice todo: “yo no voy a votar por eso”. El Verde no amenaza con irse de la coalición. Hace algo más efectivo: retira la idea del voto automático.
Luego, como siempre, baja el volumen. Manuel Velasco reafirma su respaldo a la Presidenta. El partido habla de diálogo. Nadie rompe. Porque el Verde nunca rompe. Presiona para negociar. Se indigna para sobrevivir.
Morena lo sabe. Gobernación lo sabe. Y la Presidenta también. Esto no es una fractura ideológica ni una crisis de la 4T. Es una escena conocida de la política mexicana: el aliado que recuerda que su apoyo cuesta, que las reformas tienen consecuencias y que, cuando se mueven las reglas del juego, los primeros en levantar la mano son los que viven de ellas.
Nada nuevo.
Solo el Verde siendo el Verde.
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