Hiperconectados, pero desconectados de la naturaleza

Por; María Bethzabe Wendy Ortiz Mendoza
Vivimos en una era donde lo digital lo domina todo: trabajo, comunicación, entretenimiento e incluso las relaciones personales. Sin embargo, esta hiperconexión ha generado una desconexión profunda con algo esencial para nuestra salud física, emocional y colectiva: la naturaleza.
Las ciudades crecen, las pantallas se multiplican, y los espacios verdes se reducen o se vuelven inseguros. La urbanización desordenada, el abandono de parques y la inseguridad han expulsado a las familias de los espacios naturales. Hace no tanto, era común ver casetas de vigilancia activas en parques; hoy, la presencia policiaca en esos lugares es casi nula. Y sin seguridad, no hay acceso equitativo ni libre a la naturaleza.
Qué hemos perdido?
El profesor Miles Richardson, de la Universidad de Derby, advierte sobre un fenómeno que él llama la “extinción de la experiencia”, que no es otra cosa que la pérdida de nuestro vínculo con la naturaleza. Según su estudio, revela que nuestra conexión con el entorno natural ha disminuido en un 60%. Lo que antes era cotidiano —oler flores, tocar la tierra, escuchar los pájaros o ver correr un río— hoy parece ajeno o incluso exótico para las nuevas generaciones.
En México, los datos de la ENDUTIH 2024 revelan que los jóvenes entre 18 y 24 años pasan en promedio 5.7 horas al día conectados a internet. Incluso los niños de entre 6 y 11 años usan dispositivos más de dos horas diarias. El resultado: ansiedad, insomnio, depresión, aislamiento, y una generación que crece sin sentir que pertenece a la tierra que pisa.
Las mujeres, las más afectadas
Desde una perspectiva femenina y comunitaria, esta desconexión tiene consecuencias aún más severas. Las mujeres, especialmente madres de familia, somos quienes más sufrimos la inseguridad en espacios públicos. Muchas veces evitamos llevar a nuestras hijas e hijos a parques por miedo, perdiendo la oportunidad de criar en contacto con el entorno natural. Los espacios verdes deberían ser refugios, no lugares de riesgo.
¿Cómo pretendemos criar niños emocionalmente sanos, si no pueden correr entre árboles, ensuciarse de tierra, pisar los charcos de agua formados por la lluvia o escuchar el viento en libertad?
La solución está en nuestras manos. Reconectar con la naturaleza no es un lujo, es una necesidad urgente. Y no basta con plantar árboles en campañas de un día. En mi opinión se requiere una estrategia profunda por parte de las autoridades y la ciudadanía:
- Parques seguros y con presencia policial real. Las casetas deben volver a estar activas, con personal capacitado en control de multitudes, emergencias, con conocimiento del ecosistema y normas ambientales y registros de visitantes para mayor control, protocolos de reacción y preservación del entorno.
- Infraestructura digna. Iluminación, limpieza, baños públicos y mantenimiento constante. Un parque sucio y oscuro no invita, repele.
- Perspectiva de género. Crear espacios donde las mujeres no se sientan vulnerables. Esto incluye combatir el consumo de sustancias y la violencia en zonas verdes.
- Programas comunitarios. Actividades guiadas de contacto con la naturaleza: senderismo, observación de aves, talleres infantiles, “baños de bosque”, como se hace en Japón con el Shinrin-Yoku.
Además, debemos reeducar desde el hogar. Volver a enseñar a nuestras hijas e hijos a mirar una flor, a entender de dónde viene el agua que beben, a respetar a los animales. La naturaleza no es un recurso a explotar; es un sistema del que dependemos para vivir.
Recuperar el vínculo perdido
La psicología ambiental ya lo ha demostrado: estar en contacto con la naturaleza mejora la salud cardiovascular, reduce el estrés, y estimula la liberación de serotonina y vitamina D. La naturaleza nos sana. Pero también nos educa. Nos enseña paciencia, resiliencia, belleza, equilibrio.
Y, sobre todo, nos recuerda que no somos superiores, sino parte de un todo.
Conclusión
Hemos vivido de espaldas a la naturaleza por demasiado tiempo. Y lo estamos pagando con nuestra salud, nuestra seguridad y nuestro sentido de pertenencia. No podemos seguir hablando de desarrollo si implica desconectarnos de la tierra que nos da vida.
Hoy, más que nunca, necesitamos una revolución cultural que nos haga sentir parte de un ecosistema, no sus dueños.
Porque reconectar con la naturaleza no es mirar un atardecer en Instagram, es salir a caminar, sentir el viento, mojarse con la lluvia y escuchar cómo late la vida más allá de las pantallas.
Como dijo la bióloga mexicana doctora Julia Carabias:
“Necesitamos un cambio de cultura que genere nuevas actitudes frente a la naturaleza”.
Ese cambio comienza hoy. Y comienza contigo
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