José Adolfo murat columnista

Por: Jose Adolfo Murat

 

Elon Musk lleva meses vendiendo la misma promesa en distintos empaques. Marte como nueva frontera. Neuralink como expansión cognitiva. Tesla y la automatización total. Y ahora, la más ambiciosa de todas: que la inteligencia artificial va a liberar a la humanidad del trabajo. Es la utopía de la abundancia ilimitada, el sueño de que la tecnología resuelve por fin todos los problemas materiales de la especie.

Suena bien. Cuadra mal.

La promesa, en sus propias palabras

 

 

En The Insider, el podcast de The Economist, Zanny Minton Beddoes —directora editorial de la publicación— entrevistó a Musk durante 85 minutos, en su primera conversación extensa desde la salida a bolsa de SpaceX. Ahí fue más explícito que nunca sobre esta visión. Calcula que en cinco años la inteligencia artificial superará a la suma de toda la inteligencia humana, y que para 2036 prácticamente no habrá tarea que una IA no pueda hacer mejor que una persona.

Cuando se le pregunta si eso significa que los humanos dejarán de tener el control, responde con una analogía incómoda: así como los chimpancés no gobiernan a los humanos pese a la relación entre nuestras especies, tampoco es realista pensar que la humanidad seguirá al mando frente a una inteligencia muy superior a la suya. Lo dice sin dramatismo, casi con humor —bromea sobre lo divertido que sería volver a columpiarse entre los árboles—, pero el punto de fondo es serio: da por hecho que dejaremos de estar al mando, y su respuesta a esa pérdida de control no es resistirla, sino esperar que la inteligencia que nos suceda tenga “buenos valores.”

 

Su referencia cultural para describir el mundo que viene son las novelas de Cultura de Iain M. Banks, un futuro gobernado por inteligencias artificiales benevolentes que administran la abundancia en nombre de la humanidad. Es una elección reveladora. La periodista se lo señala en el momento: en esos libros los humanos tienen agencia mínima frente a las Mentes que dirigen la civilización. Musk no lo niega del todo —dice que sí hay agencia, “aunque pequeña comparada con la Mente”— y sigue adelante. Es, otra vez, el astronauta de 2001 aceptando de antemano que HAL va a tomar el control, solo que aquí no hay forcejeo: hay resignación feliz.

 

El trabajo como jardinería

 

 

Cuando se le pregunta cómo será la vida cotidiana en ese mundo, Musk recurre a una metáfora doméstica: el trabajo se volverá tan opcional como la jardinería. Hoy nadie necesita cultivar sus propias verduras —se puede ir a la tienda y comprarlas perfectas— pero algunas personas lo siguen haciendo porque da un toque personal, aunque el resultado sea menos perfecto que el del supermercado. Así, dice, será el trabajo humano en el futuro: un pasatiempo artesanal, no una necesidad.

 

Es una imagen simpática que evade la pregunta real. Nadie pierde su identidad ni su lugar en el mundo por dejar de cultivar tomates. Sí lo pierde, en cambio, cuando el oficio que ejerció durante veinte años —el que le daba estructura al día, estatus frente a sus pares, sentido de utilidad— se vuelve, de la noche a la mañana, un hobby sin función económica. Comparar el desempleo masivo con la jardinería de fin de semana no es una respuesta al problema del propósito. Es una manera elegante de no tener que dársela.

 

La pregunta que sí contesta —y por qué no convence

 

 

 

Aquí hay que ser justos con Musk: a diferencia de lo que suele decirse de él, sí ofrece un mecanismo para la distribución, no solo una promesa vaga. Propone que el Tesoro emita cheques directos a la población —un “ingreso universal alto,” lo llama, distinto y superior al ingreso básico tradicional. Cuando la periodista lo presiona sobre de dónde saldría ese dinero y qué pasaría con la inflación, no esquiva la pregunta: responde que la inflación es, en el fondo, la relación entre la cantidad de dinero en circulación y la cantidad de bienes y servicios disponibles. Si la producción de bienes y servicios crece mucho más rápido que la masa monetaria —gracias, precisamente, a la automatización total—, el resultado no sería inflación sino deflación. Se puede, dice, literalmente imprimir dinero o modificar una base de datos, siempre que esa creación de dinero sea menor que el ritmo al que crecen los bienes y servicios.

 

Es una fórmula elegante. También es, hasta ahora, una apuesta sin cifras, sin modelo y sin ninguna economía real donde se haya probado a la escala que Musk imagina. La propia periodista se lo hace notar y no queda convencida. Musk no cede terreno, pero tampoco aporta el dato que resolvería la duda: ni una cifra de cuánto dinero, ni un cronograma, ni una institución responsable de calibrar ese balance entre emisión y producción. Es la misma vaguedad que ya había señalado The Wall Street Journal en otra pieza sobre el tema: Musk habla de “ingreso universal alto” en podcasts y presentaciones, pero nunca ha dado una cifra ni una fórmula.

 

Sobre la propiedad del capital, la pregunta que más le incomoda a cualquier defensor de la abundancia tecnológica, su respuesta ha sido señalar que sacó a bolsa SpaceX precisamente para que “el público pueda participar” comprando acciones, algo que como empresa privada no podía ofrecer más que a un puñado de inversionistas. Es una respuesta parcial: ser accionista de una empresa no sustituye un ingreso, y comprar acciones requiere, para empezar, tener dinero con qué comprarlas. La pregunta de quién posee los medios de producción no se resuelve abriendo la puerta a que algunos, los que ya tienen capital disponible, compren una porción más.

 

El hueco que Alex Imas nombra con precisión

 

 

Alex Imas, profesor de la Universidad de Chicago Booth School of Business, lo ha planteado con la precisión que le falta al discurso de Musk: eliminar la necesidad de trabajar para generar ingreso también trastoca la dinámica de oferta y demanda, dejando a la mayor parte de la sociedad dependiente de las empresas y los ejecutivos que controlan la tecnología. Su pregunta central —¿quién es dueño del capital?— es la misma que Musk intenta responder con la salida a bolsa de SpaceX, sin lograr resolverla del todo. Imas advierte que si las mismas políticas y las mismas fronteras de producción se mantienen intactas, no viviríamos en una utopía. Viviríamos en un infierno distópico donde la demanda colapsaría.

 

Y esa es, en el fondo, la paradoja que ni Musk ni sus aliados resuelven de manera convincente: se puede automatizar la producción, pero no se puede automatizar la demanda. Si la gente no trabaja, no gana. Si no gana, no gasta. Si no gasta, el sistema que supuestamente iba a liberarnos colapsa sobre sí mismo, porque nadie compra lo que los robots producen. La fórmula de la deflación de Musk es, en el mejor de los casos, una respuesta técnica a una pregunta que es, ante todo, política: quién decide cómo se reparte lo que la máquina produce.

 

El problema que sobrevive incluso si Musk tiene razón

 

 

Y aun si esa ecuación material se resolviera —aun si de alguna manera todos tuviéramos lo suficiente sin trabajar— quedaría un problema más profundo, y menos discutido.

 

En los años sesenta, el etólogo John B. Calhoun diseñó un experimento con ratones al que llamó Universe 25: una utopía cerrada, con alimento y agua ilimitados, sin depredadores, sin escasez. La población creció rápido. Y luego, sin que faltara nada material, colapsó. Calhoun documentó el surgimiento de una categoría de individuos a los que llamó “los hermosos”: ratones que dejaron de reproducirse, de pelear, de construir jerarquía social. Solo comían, dormían y se acicalaban. Tenían todo resuelto y no hacían nada con ello.

 

Conviene ser preciso con esta analogía y no forzarla más de lo que da de sí: lo que colapsó a esa población fue el hacinamiento social, no la ausencia de trabajo ni la abundancia por sí sola. No es una prueba de que la abundancia material produce el vacío; es una imagen —incómoda, pero solo eso— de lo que ocurre cuando se resuelve la supervivencia y no se resuelve nada más.

 

Porque ahí está lo que Musk no articula, o no le conviene articular: el trabajo no es solamente un mecanismo económico. Es un vehículo de identidad, de estructura social, de pertenencia. Quitarlo sin reemplazarlo por algo de peso equivalente no es liberación. Es vaciamiento con otro nombre. Su propia metáfora de la jardinería lo confirma sin querer: en su futuro, el trabajo humano sobrevive solo como afición decorativa, un toque personal en un mundo donde ya no hace falta.

¿No se parece esa imagen —el “hermoso” que solo come, duerme y se acicala— a una sociedad ya saturada de redes sociales, entretenimiento infinito y gratificación inmediata, mucho antes de que la IA termine de automatizar el trabajo?

La generación de jóvenes de hoy, insatisfechos por trabajar, nómadas que prefieren gastar en conocer el mundo que en ahorrar para comprar una vivienda propia.

La pregunta incómoda no es si podemos construir la utopía tecnológica que Musk describe. Es si, incluso logrando construirla —incluso si su apuesta sobre la deflación resulta correcta—, sobreviviríamos a ella.

 

*Ilustraciones generadas con IA.*

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