El mito del subsidio: Los migrantes el motor gigante que aporta millones de dólares en impuestosa EU

DANIEL LEE

Por: Daniel Lee

Se ha vuelto costumbre en la retórica política estadounidense presentar al migrante mexicano como un costo, una carga fiscal o un competidor ilegítimo por los servicios públicos. Nada más alejado de la realidad contable. Si se analiza la economía real sin los sesgos del discurso electoral, la conclusión es contundente: la prosperidad, el consumo y la infraestructura pública de Estados Unidos dependen de manera estructural del trabajo y del bolsillo de los mexicanos.
tan solo la población de trabajadores indocumentados en EE. UU. (donde los mexicanos constituyen la mayoría) aporta cerca de 100,000 millones de dólares al año en impuestos federales, estatales y locales, de acuerdo con el Institute on Taxation and Economic Policy (ITEP)
Los números no apelan a la empatía, responden a la balanza fiscal. Sí, hablamos de aquella fracción de trabajadores indocumentados —aquellos a quienes se pretende negar el derecho a existir en la formalidad—
Pagan impuesto sobre la renta (mediante números ITIN), impuestos sobre la propiedad y cada gravamen al consumo cuando compran un galón de leche o gasolina.
A esta ecuación se suma un contraste financiero: los migrantes mexicanos alimentan sistemas de protección social como el Seguro Social con más de 25,000 millones de dólares anuales, fondos que jamás podrán reclamar en forma de pensión mientras no regularicen su estatus. Cada mexicano en Estados Unidos tributa significativamente más de lo que recibe en retribución o gasto público, subvencionando eficazmente los servicios de los que disfrutan los propios ciudadanos estadounidenses.
Esta masa crítica tributaria no se genera en el aire; se produce en los sectores primarios y estratégicos del país. La fuerza laboral mexicana es la columna vertebral que sostiene la cadena agroalimentaria, representando a la inmensa mayoría de los trabajadores en el campo.
Son la mano de obra imprescindible en la construcción de infraestructura, en los sectores de hotelería, gastronomía y servicios de limpieza, en las plantas procesadoras de alimentos, el transporte de carga y las líneas de manufactura. Sin ellos, los supermercados no tendrían inventario, las obras se paralizarían y la industria turística colapsaría.
Más allá de la mano de obra asalariada, existe un músculo emprendedor en constante crecimiento. Cerca del 20% de los negocios de inmigrantes en Estados Unidos son impulsados por mexicanos, generando empleos locales adicionales y movilizando la economía de barrio que mantiene vivas a cientos de ciudades.
Existe un equívoco recurrente al asumir que el beneficio económico del mexicano se limita a las remesas que envía a su país. La realidad estadística demuestra que más del 80% del ingreso generado por los mexicanos se queda en Estados Unidos. Se gasta en vivienda, servicios, educación, pequeños negocios y consumo interno. El valor total de su aportación al Producto Interno Bruto estadounidense equivale al tamaño de la economía de potencias globales.
No se trata de caridad ni de un favor humanitario. Los trabajadores mexicanos no le deben nada al sistema económico estadounidense; es el sistema estadounidense el que tiene una deuda histórica de infraestructura y competitividad con ellos. Mientras la política insista en criminalizar la presencia de quien trabaja, la economía estadounidense seguirá alimentándose del esfuerzo de una comunidad que paga la cuenta completa sin recibir asiento a la mesa.
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