Argentina, el mundial de la reputación
Por: Irene Muñoz
La final de la Copa Mundial de la FIFA 2026 no sólo coronó a un campeón; también dejó al descubierto cómo el mundo percibe hoy a las naciones. La imagen fue tan contundente como reveladora al ver que buena parte de América Latina alentó a España frente a Argentina, la única selección de la región que había logrado instalarse en la final. El dato resulta tan llamativo como incómodo, porque cuando millones de personas celebran la derrota de un país por encima de la victoria de otro, el fenómeno deja de explicarse únicamente desde el deporte y obliga a mirar un terreno mucho más profundo, el de la reputación internacional.
La final enfrentó mucho más que dos estilos de juego. De un lado estaba España, una selección edificada sobre el funcionamiento colectivo, la disciplina táctica y la convicción de que ningún futbolista está por encima del equipo; del otro, Argentina, entonces vigente campeona del mundo y dueña de una identidad competitiva indiscutible, pero acompañada por una narrativa pública que, dentro y fuera de la cancha, se había vuelto cada vez más confrontativa. Una disputaba un título; la otra, además, defendía el prestigio construido en los últimos años. Ninguna representaba únicamente a once futbolistas, ambas cargaban sobre sus hombros la imagen, los valores y la reputación de un país.
Hace más de dos décadas, Simon Anholt, creador del Nation Brands Index, sostuvo que la reputación de una nación no depende exclusivamente de su economía o de sus gobiernos, sino de la percepción que generan su cultura, sus instituciones, su población y la manera en que se relaciona con el mundo, y un Mundial concentra todo ese proceso en apenas unas semanas. Ante la mayor vitrina deportiva del planeta, las audiencias no sólo observan cómo juega una selección; también juzgan cómo celebra, cómo pierde, qué dicen sus periodistas, cómo actúan sus dirigentes y qué valores proyectan sus aficionados. La camiseta deja de ser únicamente un uniforme para convertirse en una representación nacional y el futbol en una poderosa herramienta de diplomacia pública.
Por eso Qatar 2022 y Norteamérica 2026 despertaron emociones tan distintas alrededor de Argentina. Hace cuatro años el mundo acompañaba la última gran misión de Lionel Messi, conquistar el único título que faltaba en una carrera irrepetible. Argentina simbolizaba al héroe que perseguía un sueño pendiente y esa narrativa trascendía cualquier frontera. En 2026 la historia había cambiado, Messi ya había alcanzado la gloria y Argentina dejó de ser el aspirante para convertirse en la potencia que defendía su hegemonía, pero eso explica únicamente la pérdida de cierta simpatía espontánea; no explica por qué tantos aficionados decidieron apoyar activamente a España.El verdadero partido llevaba años disputándose fuera de la cancha.
Joseph Nye definió el soft power como la capacidad de un país para influir mediante la atracción y no por la imposición. La cultura, los valores, el deporte y la diplomacia pública forman parte de ese capital simbólico. Pocas plataformas ofrecen mayor capacidad de influencia que una Copa del Mundo, y España pareció comprenderlo mejor que nadie.
Dentro del terreno de juego proyectó orden, disciplina, renovación y un futbol colectivo que nunca dependió de una sola figura. Fuera de él, reforzó esa imagen mediante gestos institucionales. La visita del rey Felipe VI a México, su encuentro con la presidenta Claudia Sheinbaum y su presencia acompañando a la selección enviaron una señal de reconocimiento al país anfitrión en un momento en que la relación bilateral había atravesado años de tensiones. No resolvieron las diferencias políticas, pero sí proyectaron cercanía, respeto e institucionalidad. En diplomacia, los símbolos también construyen reputación.
Mientras España comunicaba cohesión, desde algunos espacios mediáticos argentinos se alimentaba una narrativa muy distinta. El episodio más visible fue el del periodista Eduardo Feinmann, quien en una transmisión declaró “Detesto a los mexicanos, los detesto con mi alma; El ‘ahorita’ ese se lo pueden meter en el orto. Son detestables estos tipos”, y aunque después intentó contextualizar sus palabras dentro de la rivalidad futbolística, el daño ya estaba hecho. La discusión dejó de girar alrededor del deporte para convertirse en una descalificación hacia toda una nacionalidad.
Ningún periodista representa por sí mismo a un país, tampoco una declaración aislada define a una sociedad. Sin embargo, las figuras públicas transfieren reputación y sus palabras pueden reforzar estereotipos y terminar representando, injustamente, a comunidades mucho más complejas de lo que realmente son. Ese es uno de los grandes desafíos de la era digital, los personajes más estridentes suelen convertirse en el rostro de sociedades enteras.
La relación entre México y Argentina es, desde luego, mucho más rica que cualquier rivalidad futbolística. Existen admiración mutua, intercambio cultural y una larga historia de cercanía que ningún torneo puede borrar. Sin embargo, las percepciones públicas rara vez conservan todos esos matices, cuando las burlas, la confrontación con otras aficiones latinoamericanas y los discursos de superioridad se repiten, dejan de interpretarse como episodios aislados y comienzan a formar parte de una misma imagen. En reputación, la reiteración convierte la excepción en patrón.
Quizá por eso tantos latinoamericanos terminaron alentando a España. No fue una renuncia a la identidad regional ni un acto de afinidad histórica, sino el respaldo a una selección y a un país que, durante el torneo, proyectaron respeto, institucionalidad, juego colectivo y una narrativa incluyente. Frente a ello, la conversación pública alrededor de Argentina llegó marcada por la confrontación y por una idea de superioridad que había trascendido la cancha. La simpatía no se impone por pertenencia geográfica ni se garantiza con títulos, se construye en la forma de competir, de comunicar y de relacionarse con los demás.
Ésa es, quizá, la lección más importante de este Mundial. Los torneos duran unas semanas, pero la reputación de las naciones se construye durante décadas y puede deteriorarse en mucho menos tiempo. Los campeonatos se ganan con goles; el prestigio internacional, con valores, coherencia y respeto. El futbol decide quién levanta la Copa, pero las percepciones determinan quién inspira admiración, quién genera confianza y quién despierta simpatía. Ningún país puede permitirse confundir el orgullo con la arrogancia, porque cuando eso ocurre, el mundo deja de acompañarlo y comienza, simplemente, a querer verlo perder.
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