Coahuila: cuando la gobernabilidad local desafía la lógica nacional del voto

Enrique Jacob Rocha columnista

Por: Enrique Jacob Rocha

Tema de conversación obligado de esta semana ha sido el resultado electoral de Coahuila. Los programas de opinión le han dedicado espacio, tratando de entender las razones detrás del triunfo de la coalición encabezada por el PRI: para algunos, una señal de que el PRI está de regreso; para otros, una anomalía local sin proyección al resto del país. Me parece que ambas lecturas se quedan cortas.

Lo ocurrido en Coahuila es el resultado de una combinación poco frecuente en la política mexicana actual: un gobierno estatal bien evaluado, una estructura local disciplinada, una narrativa de orden y seguridad respaldada por resultados y una oposición, particularmente el PAN, que leyó mal el comportamiento probable de su propio electorado.

La gobernabilidad como activo electoral

Buena parte de la explicación pasa por la evaluación del gobernador Manolo Jiménez y por la fortaleza de un priismo coahuilense que históricamente ha operado con coordenadas distintas al PRI nacional. Pero intentar reducirlo todo a una maquinaria local eficiente sería insuficiente: el punto central es la capacidad del gobierno estatal de ofrecer una narrativa verosímil de desempeño.

Coahuila lleva más de una década construyendo una identidad política asociada al control territorial, la contención de la violencia y la coordinación institucional en materia de seguridad. A diferencia de otros gobiernos estatales que optaron por desentenderse y trasladar el problema casi por completo a la Federación, en Coahuila hace 15 años se tomó la decisión política de asumir el combate a la inseguridad como responsabilidad propia. Esa definición estratégica importó entonces y sigue importando ahora.

Especialistas que suelen abordar el tema de la inseguridad coinciden en señalar que, en términos electorales, combatirla no siempre produce beneficios tangibles, pero sí genera algo indispensable: credibilidad. Además, cuando esa credibilidad se acompaña de indicadores económicos relativamente favorables —empleo formal, percepción de estabilidad y buen gobierno—, el electorado tiende a premiar al partido en el poder. Eso fue Coahuila: no sólo un voto por partido, sino un voto por un arreglo local que buena parte de la ciudadanía considera útil para preservar el orden.

El error estratégico del PAN

La segunda historia de esta elección no fue el triunfo del bloque gobernante, sino la mala lectura estratégica del PAN.

En la elección de gobernador de 2023, el PAN participó dentro de una coalición ganadora. En esta ocasión decidió competir por separado, en línea con la narrativa de su dirigencia nacional de afirmación identitaria y autonomía electoral, esto a pesar de los intentos del panismo local de convencer a su dirigencia de ir en coalición.

Los resultados sugieren que una parte importante del electorado que en otro momento acompañó al PAN dentro de una alianza opositora no estuvo dispuesto a repetir ese voto cuando percibió que competir en solitario reducía drásticamente su capacidad real de incidir en el resultado final. Ese votante no permaneció leal a la marca: optó por respaldar a quien veía con mayor probabilidad de triunfo o con mejores condiciones para preservar la estabilidad local. El resultado para el PAN no fue solo la pérdida de un número significativo de votos: fue la pérdida de utilidad ante los ojos de buena parte de su base.

Ahí está la clave. En sistemas locales donde existe un gobierno bien evaluado y una fuerza dominante con capacidad de ordenar la competencia, los partidos medianos enfrentan un riesgo concreto: ser percibidos no como alternativa, sino como testimonio de participación, y cuando eso ocurre, el voto útil juega un rol definitorio.

Confirmándose los resultados electorales, el golpe para el PAN será doble: una disminución severa de su participación en el espectro electoral y una erosión de su viabilidad institucional local, incluida la eventual pérdida de registro estatal y acceso a prerrogativas locales.

Lo que Coahuila demuestra —y lo que no

A partir de estos resultados, la recomendación es actuar con prudencia. Coahuila no significa, por sí mismo, una recuperación nacional del PRI ni constituye un cambio de tendencia en la crisis estructural del partido en el resto del país. Lo que sí demuestra es que el desempeño local importa, y mucho. Incluso más de lo que tradicionalmente imaginamos.

En un momento en que el análisis electoral mexicano tiende a migrar hacia la dimensión nacional, Coahuila recuerda que existen contextos subnacionales donde los gobiernos estatales aún pueden moldear de forma decisiva el comportamiento electoral. Cuando eso ocurre, la marca nacional pesa menos que la experiencia cotidiana de gobierno. Por tanto, no estamos ante una simple victoria de un aparato electoral eficiente, sino ante la validación de un modelo local de gobernabilidad que, con todas sus limitaciones, logró construir legitimidad. Además, cabe señalar que esa legitimidad se tradujo en una mayor participación ciudadana respecto a la registrada tres años antes.

Dos implicaciones para la oposición

La primera, y la más relevante, es estratégica. Si se extrapola con cuidado lo ocurrido en Coahuila, aparece una oportunidad: en los estados donde Morena gobierna mal —con problemas visibles de corrupción, incapacidad o deterioro institucional— sí puede abrirse una ventana para que una fuerza opositora competitiva capte el voto útil. Pero eso exige tres condiciones: buen perfil, mensaje correcto y percepción real de viabilidad en un gobierno eficaz. Sin esta última, el voto no se concentra bajo el principio de utilidad electoral.

La segunda es organizativa. Si el PAN y Movimiento Ciudadano mantienen la decisión de competir por separado a nivel federal, sus dirigencias nacionales deberían al menos permitir mayor autonomía táctica en los estados. La política subnacional mexicana no admite recetas uniformes: hay territorios donde la pureza identitaria puede servir para crecer, y hay otros donde competir sin alianzas equivale a regalar la plaza. Coahuila pertenece, con claridad, al segundo grupo, y el PAN acaba de pagar el precio de ignorarlo.

La lección de fondo

La enseñanza más importante de esta elección no es que el PRI haya vuelto ni que Coahuila sea una rareza incomprensible. Es algo más simple y más serio: cuando un gobierno local ofrece resultados que la ciudadanía percibe como tangibles —sobre todo en seguridad y estabilidad—, el electorado puede comportarse de manera pragmática y concentrar su apoyo en quien percibe como garante de continuidad.

Eso fue, al final, lo que castigó al PAN: no una mala campaña ni una decisión táctica equivocada, sino una falla más profunda. En política subnacional, competir solo no siempre es afirmar una identidad. A veces es, simplemente, renunciar a la utilidad.


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