Freddy Serrano

Por: Freddy Serrano

Votar, un acto que para muchos parece irrelevante, es como otros; un ejercicio emocional en el que el cerebro usa sentimientos: miedo, orgullo, enojo o ilusión.

Los electores evaluamos riesgo y confianza sin procesar los programas, usamos dinámicas de asociación simple, contrastamos intereses propios para tomar distancia frente a los demás.

Es tal el sesgo que buscamos lo que ya creemos, la información optativa es limitada por el tiempo reducido y el exceso de datos, la intuición emocional pesa más que el análisis técnico y ahí es donde mañana aparecen los dolores de cabeza acompañados de arrepentimiento.

Las alzas, la ausencia de oportunidades, la inseguridad, las fallas en los sistemas de salud y educación, el retraso, la tramitología, los escándalos, la insensatez y la corrupcion, deberían
ser variables suficientes para despertar la rabia que motiva castigar a los que están y empujar a salir a votar, sin embargo a veces puede más la emoción que la memoria.

Del otro lado están el amor y la gratitud que sostienen el voto por identificación con un líder, comunidad o proyecto que da esperanza, orgullo o pertenencia; esto es más estable y menos explosivo, lo dicho: en una elección está representada la puja entre el odio y el amor.

Asi las cosas en cada campaña, la rabia prende la chispa y el amor mantiene la llama: el entusiasmo hacia una opción, enfrentará a los que frenan, los que se perciben como lo peor y los que se ufanan de ser mejores sin tener cómo demostrarlo.

En democracia el rechazo es más fácil de activar que la adhesión y por eso a veces gana quien concentra el “anti-voto”, no quien genera más ilusión, sin embargo al no haber capacidad de aglutinar, el riesgo está en la limitación de ser solo deseo.

Por FREDDY SERRANO DÍAZ
Estratega Político


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